Por qué fui a la manifestación

MANUELA MARTÍNBadajoz

La mañana del domingo no invitaba a poner un pie en la calle, mucho menos a manifestarse. Pero fui a la manifestación por un tren digno de Cáceres porque quiero un tren decente, eso es obvio y, sobre todo, porque estoy cansada de quejarme y de oír quejas de que a Extremadura se le posterga históricamente y no protestar más allá de las charlas con los amigos.

No soy tan ingenua como para pensar que una manifestación, dos, o cincuenta, vayan a arreglar el mundo, o esta pequeña parte que es Extremadura, y que de la noche a la mañana las obras del tren se completen. Sabiendo eso, el limitado poder que tiene una protesta callejera, me manifesté porque creo que cada gesto mínimo en favor de ese tren que no acaba de llegar suma.

Los extremeños (lo escribía en estas páginas el domingo) no somos mucho de manifestaciones; el gen de la protesta no parece que esté en el ADN regional. Y por eso también me manifesté. Porque la indiferencia o la resignación sí que no ayudan a que Extremadura cuente con una red de ferrocarril moderna, a la altura del siglo XXI.

Me manifesté también por razones egoístas: quiero viajar en tren sin sobresaltos y en un tiempo razonable; justo como nuestros vecinos andaluces, a los que el AVE inaugurado en 1992 ya se les ha quedado hasta viejo. Admito que les tengo envidia. A lo que no me sumo es a la expresión castiza, muy de Badajoz, que ante cualquier imponderable se carga de resignación cristiana y contesta con un ¡A ve!, qué le vamos a hacer!

 

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