En Madrid todo es guay

Cucurucho navideño en la plaza Mayor de Madrid. :: E. R./
Cucurucho navideño en la plaza Mayor de Madrid. :: E. R.

La capital se llena de turistas y de pícaros en Navidad

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Cada vez que voy a Madrid tengo la sensación de que regreso al Siglo de Oro y la capital de España es la corte de todos los liantes, mangantes, buscavidas y tramposos del país. Es como si una constante histórica llegara desde 'El Buscón' hasta los personajes con estampitas de Toni Leblanc para acabar sustanciándose en esos bares típicos para turistas donde te llaman chico aunque tengas 90 años y no te dejan sentarte a tomar una cerveza a partir de las siete de la tarde, salvo si vas a cenar, o hacen pasar jamón serrano del malo cortado a máquina por ibérico de bellota criado en dehesa.

«¡Total, qué sabrá el chino!», dicen refiriéndose al cliente coreano, que, por cierto, entiende de jamón y dice que él no paga seis euros por un cacho de baguette descongelada con tres lonchas de serrano salado, reseco, carnoso, estoposo...

Y a todo eso, le añadimos que el espacio en los bares es ya más parisino que en París: tienes sitio para tus piernas y tú, pero la mochila, las bolsas con la compra y el abrigo los debes colocar en tu regazo mientras tomas un café solo por el que te soplan dos euros, que a ti te parece una exageración y un abuso, pero te callas porque la gente de las mesas vecinas parece muy feliz y dice continuamente que todo es guay, todo es una pasada y todo es un amor.

Pero, ¿qué es tantas cosas, el café caro y aguado, la incomodidad o lo de convertir tu regazo en un arcón? Pues todo, macho, todo es guay, que para eso estás en Madrid y es finde y sales a la calle y todo es tan mega cool que entre el Teatro Real y Sol circula una marabunta indescriptible y la gente camina despacio, chocándose y sin poder hablar ni detenerse en los escaparates.

Pero es todo tan chachi que cuando una pareja cierra la calle para hacerse un selfie, todos sonreímos embobados porque ellos se quieren y nosotros los queremos y Madrid nos quiere a todos para ejercer de ciudad nacional de la picardía y nosotros, abducidos turistas de palo de selfie y pincho VOX de huevo amarillo y chistorra colorada, esencia patria con palillo pinchado enarbolando una banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda en el mercado de San Miguel, nosotros, digo, haciendo de carne de pícaros y aprendiendo agorafobia en la plaza Mayor de Madrid, en medio de un gentío que dice que va a ver el mercado navideño, pero lo único que ve son cocorotas y un cucurucho grande de luces de esos tan de moda últimamente, que ahora, ya ven, solo es Navidad en España cuando colocan cucuruchos gigantes en nuestras plazas y los iluminan de plata y oro los concejales lujosos.

También me fascina de Madrid eso de que haya tanta gente quemada, pero nadie lo reconozca. Escuchas las conversaciones al azar en el metro, en la acera o en el bar y todo el mundo habla de proyectos que asume, de proyectos que ejecuta, de proyectos que presenta, prepara o inicia.

En Madrid, todo el mundo está con un proyecto y debe de ser por eso que solo los de provincias, que estamos a lo que estamos, nos damos cuenta de que las calles madrileñas del centro están vacías de coches por las medidas del Carmena Style, pero llenas de personajes dispuestos a liarte con sus tentaciones y de gente quemada con sus proyecciones 'full'.

En estas fechas, Madrid es un enjambre de pícaros y de víctimas. Son millones de personas en la calle esperando que pase algo, desde un poli en una bici con sirena hasta un embaucador que ha dejado sin cartera a una muchacha que grita su desesperación sin que nadie le haga caso porque los espectáculos callejeros son para entretenerse, no para involucrarse.

Los desconfiados de provincias vamos por las calles con la mano en el bolsillo protegiendo la cartera y el alma y los 'espabilaos' nos dicen que somos unos «paletos exageraos», pero de eso nada: lo nuestro es prudencia, mucha novela picaresca y una frase que le dice el gallego Almirante al canalla Falcó en 'Sabotaje', la última de Reverte: «Una precaución de más es una sorpresa de menos».

 

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