Lingua Latina

Vista aérea del Estado Vaticano y la basílica de San Pedro./AFP
Vista aérea del Estado Vaticano y la basílica de San Pedro. / AFP
SALVADOR CALVO MUÑOZ

No hace mucho, en un noticiero de esos de la televisión pública, comunicaron, de forma más sarcástica que irónica, que la Santa Sede autorizaba ya las misas en latín. Los comentarios del vocero disparaban hacia cierto sector de la Iglesia Católica que no ha dejado nunca de celebrar las misas en la lengua de Salustio. Y a la par comentaba con displicencia la inoportunidad de volver «hacia algo que más o menos había quedado en el trastero de los olvidos hacia cuarenta o cincuenta años».

¿Qué les molestará más, la misa o el latín? Me parece que ambos. ¿No le gusta a usted la misa? Pues no vaya. ¿El latín? No me extraña. No tiene usted ni idea. No tiene ni idea ni del idioma que habla, cuanto menos de la madre que lo parió. Precisamente el latín.

Antañazo estudiábamos latín en tercero y en cuarto de bachiller, luego la reválida de cuarto y allí ya nos dividían en ciencias y letras. Por lo menos algunas nociones de la lengua madre prendían en la memoria de los adolescentes bachilleres. Hoy ni por asomo. El ataque contra César, Horacio, Tito Livio y Cicerón fue furibundo. Por más que Rodríguez Adrados y otros doctos de las lenguas clásicas clamaran contra la pérfida manía de borrarnos los orígenes, la tarea de desculturalización avanzó y avanza inexorablemente.

Un soldado de Marco Aurelio, o de Constantino, viajaba por toda la ribera del Mare Nostrum sin necesitar intérprete. Qué suerte, concho. Pero, ay, la evolución es ineludible y aunque la lengua de Ovidio resistió en aulas, claustros y ceremonias religiosas siglos y siglos, en las últimas décadas, la ignominia de los rectores de la cultura ha dado al traste con ella. Hace unos años apareció en los programas de estudios una asignatura que trataba de amortiguar algo la ignorancia de los chicos respecto a las fuentes de la sabiduría: La Cultura clásica. Bueno, pues me parece que ya se la han cargado.

Este tímido balbuceo de la misa de nuevo en latín es ocasión para que los modernazos se tornen híspidos y molestos, y comiencen a rellenar la cartuchera para freírnos a tiros de denostaciones a los que celebramos ese tímido pálpito de la lengua de Séneca.

Vaya por Dios. Vamos a darle ocasión para que nos lapiden a insultos y desprecios. Si por mí fuera el latín se estudiaría desde el primer curso de Primaria hasta el último de Secundaria. Y todos. Latín hasta en la sopa. Si pudiera, obligaría a todos los mandamases de los países 'románicos' a una 'inmersión lingüística latina' de padre y muy señor mío. ¡Macron! Usted sí puede hacerlo ¡Vive la France latine!

Inmersión lingüística. Lo malo se pega pronto. Cada vez que oigo ese sintagma se me eriza el ralo vello. Galestolas, ikastolas y como se llamen las del Franco Condado. Lástima. Detestan a su hermana mayor e ignoran a su madre. Arrieritos somos. Mi patria es mi lengua y mi infancia, he leído por ahí. En efecto. En la penumbra de la sacristía, mientras D. Fausto, el señor cura párroco, apuraba el 'caldo de gallina', nos poníamos la sotana roja y encima el roquete blanco; luego lo ayudábamos con el alba, el cíngulo, la estola y la casulla. Un monaguillo salía delante, luego él y el otro detrás. Nos inclinábamos ante el altar mayor y el páter decía: «Introibo ab altare dei». Lo mismo que Buck Mulligan, el orondo personaje de James Joyce que aparece en el inicio de su famoso 'Ulyses'. Mientras se embadurna la cara con la espuma de afeitar, eleva el cuenco y entona: 'Introibo ad altare Dei'. Qué maravilla.