La librera que quiso ser pájaro

Inma, en su preciosa librería El pájaro azul. :: Armando Méndez/
Inma, en su preciosa librería El pájaro azul. :: Armando Méndez

Hay lugares como las librerías y los teatros donde entras confuso y sales más confuso aún

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La primera vez que entré en una librería distinta fue en Canterbury (Inglaterra) hace ya de eso 18 años. Habíamos cruzado el canal de la Mancha en un ferry desde Calais y al bajar en Dover y salir del puerto, descubrimos que lo de conducir por la izquierda no era complicado hasta llegar a la primera rotonda, donde tuvimos que hacer un esfuerzo tremendo para controlar los reflejos y la costumbre y no ser arrollados por los automóviles que venían por donde no los esperábamos.

En la casa rural que habíamos reservado, nos encontramos con dos huéspedes varones que lamían las tapas de los yogures y que se rieron de los españoles cuando me preguntaron mi profesión y les dije que era profesor de Lengua Española. Decían que éramos muy raros por enseñar a los niños su propia lengua. Con estos y otros detalles, mi concepto de los ingleses perdió muchos enteros.

Hartos de la estulticia y la grosería de aquellos dos caballeros, a la mañana siguiente nos fuimos a visitar Canterbury y allí nos reconciliamos con la Gran Bretaña gracias no tanto a la belleza del lugar, cuanto a una librería, la primera que veíamos que iba más allá de un lugar donde se almacenan y se venden libros.

Ocupaba cuatro pisos. En todos ellos, había zonas con tresillos de piel, rincones con mesas redondas y sillones chéster, cojines y alfombras para que los niños leyeran tirados en el suelo y un silencio envolvente que se compenetraba con el aroma de los libros y con la belleza de las encuadernaciones.

Al llegar al último piso, descubrimos una cafetería puesta con gusto donde los clientes tomaban té y café sin hacer ruido mientras leían. Era la primera librería cafetería que veíamos, bastante antes de que se popularizaran en España, y era, en fin, la primera tienda de libros que conocía donde entrabas no tanto a comprar cuanto a reconciliarte con la armonía, la estética y la cultura.

Desde entonces, mi mujer tiene un sueño que, como sucede con los buenos sueños, nunca cumplirá: montar una librería donde nada más entrar parezca que estás en otro mundo, en un espacio donde se detiene el tiempo, se espantan los problemas y se recupera el sosiego, un lugar en el que entras confuso y sales más confuso aún porque has descubierto varios caminos para buscar certezas, algo que solo sucede en los teatros y los cines, en los templos acogedores y los cementerios bonitos, en los museos, en los parques recónditos y en las librerías con encanto.

El lunes de Carnaval, dediqué la mañana a recuperar una costumbre que había perdido: no hacer nada, o sea, salir de casa sin destino prefijado y hacer lo que me apeteciera. Así que empecé a caminar sin rumbo ni meta y recordé que en la calle León Leal habían abierto una librería interesante y, al lado, una cafetería luminosa con una carta de cafés exclusiva y espectacular. La calle León Leal es céntrica y no tiene una gracia especial. Además, al llegar al local de la cafetería, vi que estaba vacío y en alquiler (se ha trasladado a Gil Cordero), así que, algo frustrado entré en la librería y la mañana empezó a tener sentido.

Me vino a la memoria aquel paraíso de los libros de Canterbury, aunque en tamaño reducido. La librera saludó con afabilidad y yo me perdí entre libros raros y sorprendentes. Solo había un pequeño estante para novedades, el resto eran obras que no suelen aparecer en los suplementos literarios y que trataban de temas que nunca me han interesado demasiado: fantasmas japoneses, ascensiones a montañas recónditas, cuentos muy raros...

Compré una guía para visitar Florencia en 1490 y un regalo para mi mujer que la librera me envolvió como nunca había visto envolver un libro. Además, me regaló una varita mágica que hace ella con palillos chinos y maderas que se encuentra y me contó que poner aquella librería había sido su sueño. Entraban niñas a hacerse fotos en los rincones más bellos del local y cada libro, cada detalle estimulaban la imaginación y las ansias de perfección. La librería se llama El Pájaro Azul, la librera se llama Inma y mi ciudad se llama Cáceres.