Lección de literatura con una mandarina

Las mejores novelas que leemos consiguen no tanto que imaginemos a los personajes como reales; las mejores historias consiguen que olvidemos que no lo son, de modo que los sentimos respirar, hablar, reír, llorar o amarse a nuestro lado, provocando en nuestro interior emociones

Lección de literatura con una mandarina
EUGENIO FUENTES

William Faulkner tuvo poca suerte con el cine. Consideraba que era un mundo ajeno a su oficio y confesó que nunca había logrado tomarse en serio lo de escribir guiones, aunque más tarde matizaría esa afirmación. En Hollywood, la mayoría de sus trabajos fueron ingratos: encargos a destajo o arreglos de secuencias en los que su nombre ni siquiera figuraba en los títulos de crédito, por lo que le escribe a su esposa, Estelle: «Hago todo esto para ganar dinero suficiente para marcharme de este maldito lugar y volver a casa y arreglar la habitación de Missy y pintar la casa…». Solo con Howard Hawks mantuvo unas relaciones fructíferas y excelentes y para él trabajó en los guiones de 'Tener y no tener' y 'El sueño eterno', dos pruebas contundentes de todo lo que podría haber aportado al cine y de lo desaprovechado de su inmenso talento. Tampoco de sus novelas habían surgido grandes películas.

Ha sido necesario esperar cincuenta y seis años para que surja, por medio del realizador surcoreano Lee Chang-dong, una obra maestra al nivel de su escritura: 'Burning'. Aunque la película no sigue la trama del relato original, 'Quemar cobertizos', sí bebe en la insondable cantera de Faulkner, que permanece agazapado al fondo, en la imagen de los graneros incendiados, en el juicio al violento padre del protagonista, y mantiene su exigencia, su espíritu y su agudo análisis de las pasiones humanas.

Casi con el mismo título, 'Quemar graneros', el japonés Haruki Murakami escribe otro relato en los años 90 del pasado siglo, como un homenaje al autor estadounidense, pero con un contenido muy distinto. En este cuento, un hombre de treinta y un años conoce a una sencilla y sensible chica de veinte que trabaja como modelo publicitaria, aunque su vocación es el mimo, y a la que no le importan lo más mínimo 'cuestiones como la edad, la familia o el dinero que ganaba'.

'Burning', es una adaptación de este relato, aunque el guion amplía y explicita lo que allí solo estaba sugerido y finalmente se emancipa de su origen literario para consolidar su autonomía cinematográfica.

Puestos a elegir entre las secuencias inolvidables de esta extraordinaria película que habla del amor y de la muerte, del poder y de los celos, premio Fipresci en el Festival de Cannes, me quedaría con la de la mandarina, en la que la protagonista representa con mímica el gesto de mondar una mandarina, separar los gajos y comerlos mientras su interlocutor y los espectadores la miramos hipnotizados y sentimos que la boca se nos llena de zumo y de saliva. Ella dice: «No se trata de pensar que allí hay una mandarina, sino de olvidar que no la hay. Eso es todo».

Contemplando esa secuencia pensé que eso mismo es la literatura. Las mejores novelas que leemos consiguen no tanto que imaginemos a los personajes como reales; las mejores historias consiguen que olvidemos que no lo son, de modo que los sentimos respirar, hablar, reír, llorar o amarse a nuestro lado, provocando en nuestro interior emociones y reacciones físicas, llenándonos los ojos de lágrimas como se nos llena la boca de mandarina viendo esta secuencia de 'Burning'.

Tanto en la literatura como en la mímica, el cine, el teatro o la música, no se trata de hacer contorsiones de acróbatas, ni cabriolas y piruetas de saltimbanquis, ni trucos de magia, ni juegos de manos, sino de crear con palabras, o con gestos, o con acordes una realidad paralela que termina siendo tan sustancial como la terrena y en la que encontramos emoción frente al hastío y la aspereza de la vida, consuelo frente a la explotación y la tiranía, y paz frente a las convulsiones y turbulencias. La buena literatura crea un mundo propio, una burbuja que nos acoge dentro de ella y nos eleva por los aires mientras dura la lectura. Y desde allí arriba logramos ver con mayor claridad la confusa realidad del suelo, distinguimos la salida del laberinto que abajo no podíamos encontrar y, al aterrizar de nuevo tras ese tiempo en lo alto, resulta que comprendemos mejor la vida y a nosotros mismos, desciframos la confusión que nos cegaba, somos un poco menos ignorantes y un poco más felices. Como en un hospital, durante esa estancia en el mundo de la ficción cauterizan nuestras heridas y se recomponen nuestros huesos rotos.

Todo, todo hace de 'Burning' una excelente película, que une el cine negro con el cine de autor, lo que es lo mismo que decir que concilia en un mismo relato el pensamiento cartesiano que cuestiona las apariencias de la realidad y la capacidad de nuestros sentidos para aprehenderla con las emociones más intensas, con una reflexión sobre la delgada línea que en ocasiones separa la justicia de la venganza. Con esa simbiosis, 'Burning' trasciende las dos coordenadas de la pantalla y penetra en una tercera dimensión, en la profundidad de las obras inolvidables. Como digna secuela del padre Faulkner, a quien actualiza al año 2018, esta película no es solo un relato policiaco: es un ensayo sobre la condición humana.