Del lapsus al dislate

ALFONSO CALLEJO

Hace ya años, durante aquellas farragosas gestiones encaminadas a la búsqueda de vivienda, entramos en una agencia inmobiliaria; mi mujer indicó al comercial que estábamos interesados en viviendas de PVC. Ante la mirada estupefacta del profesional, acaso harto de recibir críticas sobre la calidad constructiva de los pisos, rectificó: «perdón, quería decir de VPO». Y más recientemente, en un viaje a las playas del sur que protegen esos infinitos pinares, manifesté que siendo bellos, yo casi prefería mis encinares y alcornocales, que están libres del problema de la pasionaria, estableciendo sin pretenderlo una metamorfosis cuántica que convertía a Dolores Ibarruri en vulgar oruga.

¿Por qué surgen los 'lapsus linguae'? Algunos psicólogos señalan que vienen dados por semejanzas visuales o acústicas que nos llevan a una expresión errónea, o bien a inhibiciones ('lapsus memoriae'), como cuando no recordamos el nombre de un actor de cine. La explicación más sugerente viene -como siempre- del psicoanálisis. Freud llamaba a este fenómeno 'Fehlleisting' o acto fallido, que desarrolla en su libro 'Psicología de la vida cotidiana'. Los lapsus serían afloramientos de deseos inconscientes, en muchas ocasiones de contenido erótico. Recordemos aquella arenga de Nicolás Maduro en la que dijo que desarrollaría el arte en los colegios como Cristo multiplicó los penes. O cuando Zapatero manifestó que la relación en turismo con Rusia había sido para «estimular, favorecer y follar».

Pero una cosa es ser traicionado involuntariamente por el subconsciente (Rajoy dijo también que la corrupción influye en la confianza de los 'inversobres') y otra muy distinta es el rosario de dislates que suelen aparecer en época electoral. Dejemos a un lado las estupideces derivadas de la sublimación no sexista (miembras, portavozas, etc.). Se supone que en un discurso, que se ha repensado y analizado por asesores, no hay resquicio para inhibiciones o afloramientos inconscientes. Los enredos de Suárez Illana sobre el aborto de los neandertales pueden indicar que para ser buen político tal vez no sea suficiente con heredar un apellido. Y lo de Díaz Ayuso sobre los derechos de los no nacidos, que al ser repreguntada dijo «no le he pensado. no lo tengo claro» sugiere que representar a los ciudadanos es algo más serio que requiere un rodaje y una preparación que actualmente brilla por su ausencia en muchos candidatos. Los partidos han optado por los fichajes estrella y el rebufo mediático con la vista corta de las urnas. ¿Pero después? ¿Podrá un entrenador de baloncesto descender a entresijos políticos para los que no se ha entrenado? ¿Podrá Juan José Cortés mantener un debate profundo que requiere información, argumentación y fondo? ¿Es suficiente para ejercer la acción política haber sido vicepresidente de Coca-Cola? Recuerden aquel fichaje de Manuel Pizarro, que no le aguantó ni un 'round' a Pedro Solbes. Una generación se refugia en Europa (como Borrell) o se jubila (como Margallo). Puede que echemos mucho de menos a actores con experiencia que han sido desplazados por figurantes 'trepas', en una competición absurda para dilucidar quién dice la barbaridad mayor. Me niego a creer que esa política de testosterona proclive al dislate, el insulto y la chabacanería para intentar ganar dando patadas y codazos sea el reflejo de nuestra sociedad, y es triste que nuestros políticos no nos representen adecuadamente.