La lámpara de la abuela

Una mujer contempla una muestra de lámparas antiguas, con bombillas desenroscables. :: HOY/
Una mujer contempla una muestra de lámparas antiguas, con bombillas desenroscables. :: HOY

La proliferación de bombillas integradas complica la luz doméstica

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Las abuelas tenían unas lámparas tan estupendas que si se fundía una bombilla, se desenroscaba, se compraba otra, se enroscaba y se hacía la luz. Dirán ustedes que tampoco han cambiado tanto las cosas e incluso pensarán que las lámparas de ahora son mucho mejores que las de las abuelas porque iluminan más y mejor, gastan menos energía y son mucho más bonitas que aquellos tristes apliques de luz mortecina de las mesillas de noche, que entrabas en la alcoba de la abuela y parecía que penetrabas en una cripta embrujada.

Pues no, se equivocan, las lámparas antiguas eran magníficas por una simple razón: podías cambiar las bombillas. Las luces led de ahora es verdad que ahorran energía, pero todo lo que economizas por ese lado lo pierdes por el lado de las averías.

Ahora, se te funde una bombilla o se te estropea una conexión de una lámpara moderna y se acabó, tírala a la basura y cómprate una nueva. La otra tarde, la lámpara del cuarto de baño dijo que hasta ahí había llegado y se hizo la oscuridad, situación endemoniada si tratas de ducharte o has de calcular por dónde afeitarte para no llenarte de cicatrices.

Ningún problema, pensamos en casa, cambiamos la bombilla y ya está. ¡Ja, ja! De eso nada. La bombilla estaba integrada en la lámpara, no se podía extraer y su único destino era el chatarrero. Comenzó entonces un peregrinaje por media ciudad buscando una lámpara sencilla con bombilla desenroscable y extraíble, pero fue misión imposible, aunque no hemos desistido y en cuanto acabe de desahogar mi desesperación lumínica, saldremos otra vez a la calle en busca de la lámpara maravillosa, esa que no regala deseos si se la frota, sino algo más difícil: se enrosca una bombilla y luce, se funde y se desenrosca, enroscas una bombilla nueva y vuelve a lucir.

En las tiendas que hemos visitado nos han dicho lo mismo: las lámparas de hoy día vienen con led integrada y si se funden o apagan, es mejor tirarlas y comprar otras porque pedir un repuesto sale muy caro, si es que se encuentran esos repuestos. Ni mi padre, que es un manitas con garantía, ha encontrado solución para estas lámparas modernas.

Mi suegra y mi mujer han empezado a teorizar sobre la frivolidad del consumismo y nos hemos puesto todos en plan retro y vintage, recordando aquellos tiempos tan bonitos y sensatos en que las abuelas y las madres, además de cambiar las bombillas fundidas, tenían un montón de trucos para ahorrar: remendaban los calcetines, daban la vuelta a los cuellos de las camisas y los abrigos, aprovechaban las sobras para elaborar comidas más ricas aún, hacían polos con agua y azúcar y, en una milagrosa máquina de madera, helados de mantecado con hielo industrial.

En aquel tiempo, en que nos duchábamos una vez a la semana y nadie recuerda que oliéramos mal, había unas fresqueras donde los alimentos se conservaban y no perdían el sabor que les arrebata la nevera, el agua del botijo era una delicia y en las tinajas de las abuelas se conservaban tesoros gastronómicos que nunca hemos vuelto a probar. Por no hablar de los techos de las bodegas donde colgaban chorizos y patateras, nada de carne mechada.

Estos discursos de columnista cebolleta quizás provoquen gestos de desprecio y poses de superioridad. «Ya está el abuelo recordando el tiempo en que el gazpacho se hacía en un mortero», ironizarán. De acuerdo, nos pasamos a veces mirando por el retrovisor y mitificando el pasado, pero tengan cuidado cuando enciendan sus lámparas integradas, no vaya a ser que alguna se funda y ya verán cómo me dan la razón.