El juramento hipocrático

AGAPITO GÓMEZ VILLA

Dentro de pocos días, tendrá lugar uno de los momentos más emotivos del día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, patrona de los médicos: el juramento hipocrático, que como su propio nombre indica, fue creado por Hipócrates de Cos, un sabio griego que vivió por cuando el siglo de Pericles, y que es considerado por muchos como el padre de la medicina. Como es sabido, el juramento recoge un conjunto de normas de carácter ético sobre la práctica médica, así como los especiales respetos que siempre hay que tributar a los maestros y sus familiares: «Tributaré a mi maestro el mismo respeto que a los autores de mis días...»

De antiguo, dicho Juramento lo hacían los discípulos que se incorporaban a la profesión; sin embargo, hoy día, en los colegios de médicos, al menos en el de Cáceres, es declamado unánimemente por una gran parte del personal, chicos y grandes, ya me entienden. A mí, la cosa me gusta, por varias razones: porque me agrada la profunda antigüedad del texto, lo cual me hace sumergirme en el cuerpo místico médico, con sus dioses antiguos, entre los que hay uno, Asclepio, que, sin dejar de ser hombre, por sus quehaceres médicos, fue elevado a la categoría de dios, toma ya; porque su recitado me parece una bella salmodia; y porque, en fin, me transporta de inmediato al aula salmantina donde por primera vez lo escuchase, de la boca del profesor Paniagua (siempre fui un tío raro: era de los pocos que nunca faltó a clase de Historia de la Medicina).

En efecto, del aula salmantina, aparte de los muchos saberes dejados a la posteridad por Hipócrates y sus discípulos, el 'Corpus hippocraticum' y todo eso, lo que se me quedaría grabado para siempre es el trato reverencial con el que habrían de ser tratados los maestros, y por extensión los congéneres (Cela dixit), o sea, los compañeros de profesión. No andaría yo muy desencaminado con mis memorizaciones, pues que en todas las versiones que a lo largo de los tiempos han sido hechas con el fin de darle una pátina de modernidad al texto, permanece indeleble la consideración a los maestros, y a los compañeros de profesión: «Mis colegas serán mis hermanos», recoge la versión de la Convención de Ginebra, 1948.

En esas y otras cogitaciones ha andado uno inmerso las dos semanas y pico que se ha visto obligado, claro es, a permanecer hospitalizado (antes bastaba con decir 'ingresado', pero desde que los futbolistas ingresan en el terreno de juego, hay que especificar). Durante ese tiempo, ha sido uno visitado/tratado por un buen puñado de colegas de diversas especialidades, a cual más experto en lo suyo. O sea, que desde ese punto de vista, ni una palabra más. Muy pronto se supo (era poco menos que inevitable) que el paciente Agapito Gómez Villa era/es médico. Pues bien, habiendo sido tratado con suma profesionalidad, así como con suficientes dosis de afecto, ¿cuántos colegas creen ustedes que me han tratado como a un hermano, según reza el Juramento de Ginebra anteriormente referido? Uno. (Si de mí dependiera, ese médico sería un nuevo Asclepio.)

En fin, queridos colegas/hermanos que dentro de unos días declamaréis solemnemente el hermoso juramento hipocrático: no se os olvide nunca que existe un mañana.