Juan no quiere ser el último alfarero de Salvatierra

En los últimos años esta localidad, conocida por su cerámica, ha pasado de tener 100 talleres a solo 20 y calculan que quedarán 7 en una década | El Ayuntamiento ha recuperado las fiestas de Santa Justa y Santa Rufina para apoyar a los profesionales del sector

Juan Vázquez moldea un botijo en el taller que tiene en su casa de Salvatierra.
Natalia Reigadas
NATALIA REIGADASBadajoz

Juan Vázquez coge una pella (un trozo de barro), lo moja y activa el torno. Con sus manos forma rápidamente una vasija, un pincho, una boca y un asa. En solo dos minutos ha creado un auténtico botijo de Salvatierra. Este artesano tiene 44 años y es el alfarero más joven de la localidad. Cuando se jubile, tiene miedo a ser el último.

En la Edad Media se dieron cuenta de que la arcilla que hay en esta zona de Extremadura es idónea para crear cerámica. En concreto, la mezcla de dos materiales: el barro amarillo que aporta dureza y el barro rojo que aporta flexibilidad y su característico color. Ambos se encuentran en las laderas del castillo y han servido para crear piezas que se han vendido en todo el mundo y han grabado el nombre de Salvatierra de los Barros en la historia. El problema es que el futuro no está garantizado.

El Ayuntamiento de Salvatierra indica que, en solo unos años, la localidad ha pasado de tener 100 talleres de alfarería activos a solo unos 20. Juan Vázquez asegura que esta es la obsesión de la asociación de alfareros cada vez que se reúnen. «En los próximos años se jubilan cuatro y luego otros cuatro. Dentro de 10 años puede ser que solo quedemos siete», se lamenta.

Sin relevo generacional

«Creo que hay pocos jóvenes porque hay que meter muchas horas y no es muy rentable», reconoce este alfarero que compara su trabajo con la exigencia de la ganadería. «Esto es como los animales, todos los días hay que venir a verlo. Ya sea hacer piezas, taparlas para que no sequen, cocerlas... Hay tarea todos los días».

 Juliana Vinagre con la recreación del burro de un arriero, cargado de vasijas para vender..
Juliana Vinagre con la recreación del burro de un arriero, cargado de vasijas para vender.. / J.V ARNELAS

En el caso de Juan Vázquez decidió mantener la tradición familiar por vocación. Desde pequeño estaba deseando salir del colegio para colarse en el taller de su padre, instalado dentro de la casa familiar, como es habitual en las fábricas tradicionales. Aprovechaba los ratos que su padre no estaba sentado en el torno y se lanzaba a modelar. Tiene cuatro hermanos, pero solo él se dedica al oficio. Y ha tenido la suerte, según el mismo reconoce, de casarse con la hija de un arriero que también ama la alfarería. Su mujer, Rosi Enríquez, le ayuda, por ejemplo, bruñendo las piezas (sacando brillo) y decorándolas. «Para mí es una tradición, una cultura, una forma de vida», defiende Vázquez.

«Es una lástima que se pierda el oficio». Es el lamento de Andrés Álvarez Vigario, de 88 años. Procede de una familia que lleva muchas generaciones en la alfarería y él mismo ejerció el oficio durante más de 50 años, pero se jubiló y ninguno de sus hijos continúa con la tradición.

«La gente joven prefiere emigrar y le gusta más otro tipo de vida que este trabajo. Con lo bonito que es. Un alfarero, cuando está trabajando, está embelesado con lo que hace, porque le gusta», defiende este artesano.

Andrés Álvarez ha recibido un homenaje esta semana junto a otros 13 alfareros jubilados. Ha sido con motivo de las fiestas de Santa Justa y Santa Rufina, patronas de este oficio. Antiguamente esta jornada era festiva en la localidad, según recuerda el alcalde de Salvatierra de los Barros, Francisco José Saavedra, pero se fue perdiendo la celebración y han decidido rescatarla. Además del homenaje, han organizado una verbena y un concurso de decoración de botijos al que se presentaron medio centenar de diseños.

«La alfarería es un pilar fundamental y un sello de identidad», reivindica el alcalde que añade que también es básica para la económica de la zona junto con la ganadería. Por eso la corporación municipal ha fijado como objetivo impulsar el sector, por ejemplo, con cursos para encontrar jóvenes artesanos.

 Recreación de los depósitos de arcilla en el Museo de la Alfarería.
Recreación de los depósitos de arcilla en el Museo de la Alfarería. / J.V ARNELAS

Así mismo quieren hacer una campaña para promocionar el barro frente al plástico aprovechando que el primer material es más ecológico. Una de las medidas, por ejemplo, será repartir en platos de barro la paellada que celebran todos los años en el pueblo. «Las administraciones deben dar ejemplo de conciencia ecológica».

Amelia Rodríguez Castaño, la primer teniente de alcalde, cree que los próximos años son determinantes para el sector. «Recuperar la alfarería en Salvatierra es muy importante porque era un centro alfarero y queremos que se siga manteniendo».

«La tradición se ha ido perdiendo. El relevo generacional, con el paso de los años, ha ido decayendo. Cada vez hay menos alfareros jóvenes». Hay demanda y ventas, pero la primer teniente de alcalde reconoce que ahora ser alfarero es mucho más difícil, entre otros motivos, porque deben gestionar sus propias ventas, ya sea a tiendas o viajando a ferias de artesanía dentro y fuera de España. Antiguamente existía la figura del arriero, que se encargaba de vender fuera las piezas. Es la imagen emblemática del burro cargado de vasijas que se compraban mucho, por ejemplo, en Mallorca.

En la actualidad, sin embargo, los alfareros son autónomos y deben gestionarlo todo, desde la fabricación a la distribución. «La gente joven preferimos una seguridad que actualmente no da la alfarería, porque no llegan subvenciones suficientes y por otras muchas cosas. Es un trabajo que requiere un gran esfuerzo y a todos nos gusta entrar a trabajar a las ocho y marcharnos a las dos de la tarde. La alfarería no puede ser así. Tiene que tener y apego y unas ayudas que desde el Ayuntamiento estamos dispuestos a mover, a luchar todo lo que haga falta», asegura Rodríguez Castaño.

Esta teniente de alcalde dice con orgullo que es «hija de arriero» y el alcalde «hijo de alfarero». En Salvatierra es motivo de orgullo estar emparentado con este sector. Sus 1.700 habitantes tienen un apego especial al barro. Es su historia.

Rosi Enríquez bruñe un botijo para sacarle brillo
Rosi Enríquez bruñe un botijo para sacarle brillo / J.V ARNELAS

De botijos hasta el techo

Una anécdota pone de manifiesto la importancia de la cerámica en esta localidad. Hace unos años hubo un terremoto y se movió el techo de la iglesia. Cuando fueron a repararlo, se dieron cuenta de que la parte superior del templo estaba rellena con cientos de botijos. Según descubrieron, los colocaron allí en el siglo XVI para mejorar la acústica del templo.

Algunos de estos hallazgos se exponen en el Museo de la Alfarería con el que cuenta el pueblo. Juliana Vinagre, responsable del mismo, sostiene en sus manos uno de los fragmentos y presume: «¿Ves? Es una cerámica muy fina. Un pegote lo hace cualquiera, pero aquí se trabaja muy fino». Su padre fue alfarero. «Se especializó en piezas más finas, cerámica exquisita y fue de los primeros que llegó a exponer sus piezas».

El museo repasa paso a paso cómo funcionaba la alfarería tradicional que, en la actualidad, tampoco ha cambiado tanto. El primer paso era acudir a los barreros, es decir, los depósitos de arcilla, tanto roja como amarilla, que se encuentran en los alrededores del pueblo, por ejemplo, en la ladera del castillo. Aunque hace siglos que esta tierra ha servido para crear miles de botijos, platos, vasos, etc, las reservas no se agotan y actualmente los alfareros siguen usando estos materiales. Dicen que es lo que hace especial sus piezas.

El barro se trasladaba al pueblo en serones cargados por burros. Los que lo llevaban se llamaban 'acarreaores'. Hace solo dos generaciones, toda la localidad vivía del barro. Los alfareros no salían de los talleres y a su alrededor había toda una industria: los que conseguían el barro, los que lo mezclaban, los que cortaban leña de alcornoque para los hornos o los que después vendían las vasijas.

Los talleres tradicionales, como el de Juan Vázquez, están dentro de las casas. Una vez que conseguían las arcillas, mezclaban la roja y la amarilla. Este trabajo lo hacían los 'colaores' y se llama baño. Después de mezclarlo, se extiende el barro en una especie de pared, llamada rafa, y se espera que caiga al secarse. Se llama 'orearlo'. Solo queda 'empellarlo', es decir, amasarlo a mano y crear las pellas, los trozos preparados para darles forma.

Una vez moldeado el botijo, se bruñía con una piedra de canto y saliva y se decoraba con distintos motivos antes de pasar por el horno de leña. En el museo de Salvatierra se recrea una casa-taller tradicional y también se repasan, por ejemplo, los distintos tamaños de botijo. Desde los más pequeños, como el mico o el pistolo, para los niños, a los más grandes, como el tenor o el chingue. También está la pieza más típica del pueblo, la maricona, que es un tipo de vasija.

En la actualidad el proceso de creación de las cerámica cuenta con algunos elementos más modernos, pero la mayor parte del proceso se mantiene igual. Juan Vázquez, por ejemplo, pide permiso una vez al año a la Junta de Extremadura para extraer barro del monte. Lo hace él mismo a pico y pala. Luego en casa mezcla los dos tipos de barro a mano. Solo cuenta con tres máquinas: la amasadora, el torno eléctrico y su horno de gas. El resto del proceso es manual.

Todo su taller está cubierto de polvo rojo y vasijas de distintos tipos secándose. A su hijo de 4 años le permite entrar y ayudarle cuando quiere, a modo de juego. Le gustaría que fuese alfarero, «pero que decida él. Lo que quiera».

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