Javier le saca otra lección a la montaña

Al cuarto intento el joven sordociego placentino coronó al fin el Almanzor este sábado

Javier García Pajares (izda.) el sábado en su subida al Almanzor (2.591 m.), al fondo. ::ANTONIO PÉREZ MUÑOZ/
Javier García Pajares (izda.) el sábado en su subida al Almanzor (2.591 m.), al fondo. ::ANTONIO PÉREZ MUÑOZ
J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

A las cuatro de la mañana del sábado pasado Javier García Pajares, sordociego placentino de 27 años, bajó a desayunar un colacao, una galletas y un pan tostado con mermelada. Se encontraba a unas tres horas de la civilización, en el refugio Laguna Grande, al que se llega por un sendero de piedras lleno de cuestas. Este lugar es escala habitual para reponer fuerzas de camino a los picos más emblemáticos que vigilan el Circo de Gredos.

Cuando en mitad de la noche bajó a tientas el último peldaño Javier se percató de que había decenas de montañeros en sus sacos de dormir repartidos por el comedor. Se habían refugiado ahí porque su idea de pernoctar al raso la frustró una tormenta que descargó durante la noche. Se confirmaba que el tiempo iba a estar inestable.

Finalmente, Javier desayunó acurrucado entre las taquillas de la entrada. A las cinco de la mañana salió del refugio, se puso el arnés, el casco, y enfiló en plena noche el Almanzor, el pico más alto del Sistema Central. Su grupo fue el primero en ponerse en marcha. Eran cuatro. Iban con él los montañeros Antonio Pérez y José Antonio de Mesas, de la Federación Extremeña de Montaña y Escalada que preside José Antonio García Regaña. Este tercer acompañante es psicólogo de la ONCE desde 1997. Con él se aficionó a la montaña, lo que lo sacó de la depresión que le supuso quedarse sin visión ni audición a los quince años de edad. En este tipo de actividades lo lleva prácticamente de la mano.

«No podemos permitir que una nube gris amargue nuestro día», dijo al bajar del pico más alto de Gredos

«Va detrás de mí –explica García Regaña– y otra persona me va diciendo dónde están los hitos que marcan la ruta porque yo tengo que mirar el terreno y buscar siempre la pisada más fácil. Él no ve nada, como mucho alguna sombra. Aunque sus ojos y oídos están sanos su problema es cerebral, de modo que no reconoce lo que tiene delante y a mayor complejidad de estímulos peor. Para avanzar, tantea con el pie y hay que decir que normalmente los ciegos reconocen rápidamente los cambios de terreno, pero es que Javier tiene una inteligencia motora y una memoria bestial. Aprende todo muy rápido. Además, en algunos tramos fáciles usa su bastón. Si coge soltura en la montaña imagínate la libertad que esto le da en la ciudad».

Javier en el refugio Laguna Grande de Gredos con el Almanzor al fondo a su espalda
Javier en el refugio Laguna Grande de Gredos con el Almanzor al fondo a su espalda / : ANTONIO PÉREZ MUÑOZ

El sábado pasado, tras más de tres horas sorteando pedreras y después de trepar –asegurado con una cuerda– un tramo donde cientos de personas se dan la vuelta cada verano y abandonan, Javier consiguió sentarse a 2.591 metros en la cumbre más alta de Gredos.

El lugar no es mucho más grande que la mesa de un comedor. Está rematado con un cilindro de hormigón que marca el punto más elevado y que irrumpe entre dos crestas que quitan el hipo a cualquier vidente. Eran las nueve menos veinte de la mañana y hacía viento, por lo que desistió de ponerse de pie para la foto. Que hacía frío y poco más fueron sus únicas palabras mientras sus tres acompañantes explicaban a Javi por lenguaje dactilológico (usando el índice sobre la palma de su mano) que las vistas no eran en ese momento las mejores porque estaba demasiado nublado. Precisamente por esta razón había que bajar rápido. Se acercaban nubarrones que presagiaban una tormenta. «La bajada es mucho más complicada que la subida, y en menos de media hora nos cayó encima una granizada terrible que hizo que otros que iban hacia la cumbre se dieran la vuelta. Él suele conservar la calma, pero con los rayos y truenos se pone nervioso, como cualquiera». De camino al refugio Javier resbaló y se torció el tobillo dos veces sin mayores consecuencias. Pese a estos contratiempos, estaba pletórico.

Así describió este lunes a este periódico la experiencia: «cuando a mitad de camino empezó a llover y noté la inseguridad en mis compañeros, no quería creer que otra vez se frustraran nuestros planes. Cuando, pese a las condiciones, decidimos intentarlo y finalmente hicimos cima, sentí que la montaña nos había dado una lección de vida más: no podemos permitir que una nube gris amargue nuestro día. Creo que pocas veces experimento tanta felicidad como la que siento en cada cima».

Con el pacense Antonio Pérez Muñoz, que se encargó de la parte más técnica de apoyo a Javier::
Con el pacense Antonio Pérez Muñoz, que se encargó de la parte más técnica de apoyo a Javier:: / HOY

Siguiente reto, el Toubkal

El extremeño Javier García Pajares ya es conocido en toda España, primero por ser el primer sordociego Erasmus que se sacó una carrera de Derecho y Administración de Empresas (ahora trabaja como asesor jurídico en Madrid). Después, por los desafíos que se ha impuesto al elegir la montaña como una metáfora de la vida. Varios lemas guían sus pasos y los recoge en su blog 'Un mundo con sentido'. «Porque seré sordociego, pero puedo, y puedo porque quiero», declaró este verano cuando pisó siete cumbres de los Alpes de más de 4.000 metros en menos de una semana.

Sin embargo, en su plan de demostrar al mundo que la voluntad es una fuerza incontenible el primer pico de su agenda era el Almanzor. Comparado con las montañas de los Alpes y con el Toubkal (4.167 metros), en la cordillera del Atlas marroquí, al que acudirá a finales de año, la cumbre de Gredos, la que se divisa nevada casi todo el año desde la N-V a la altura de Navalmoral de la Mata, parecía sin duda la más accesible. Sin embargo, es la que más le ha costado.

Los dos primeros intentos al Almanzor, el 19 de mayo y el 8 de junio, se abortaron por riesgo severo de tormentas eléctricas cuando tenía prácticamente la mochila hecha. Finalmente eligieron el 1 de julio, pero cuando estaban a 150 metros de la cumbre tuvo que darse la vuelta porque la bota que llevaba era demasiado flexible, el crampón se le salía y la nieve de la última cuesta estaba en un estado que desaconsejaba continuar.

Javier en la cumbre del Almanzor con Antonio Pérez Muñoz el sábado pasado.: HOY
Javier en la cumbre del Almanzor con Antonio Pérez Muñoz el sábado pasado.: HOY

«Cuando tuvimos que retirarnos en julio se fue decepcionado, pero le explicamos que en la montaña no siempre se hace cumbre», le explicó entonces José Antonio García Regaña, su mentor.

El del pasado sábado ha sido por tanto su cuarto intento. «Elegimos el Día de Extremadura por lo que significaba, pero unos días antes nos entró la duda porque en el parte volvían a aparecer tormentas. Sin embargo, parecía que había alguna ventanita de buen tiempo, madrugamos y la aprovechamos. Fue muy emocionante porque pensábamos que no íbamos a conseguirlo».

Por la tarde tocó relajarse en el refugio en el marco de un encuentro de escaladores previsto ese fin de semana. Allí el joven placentino explicó en público sus retos y despertó la admiración de la comunidad montañera. También participó en una experiencia que consiste en llevar de cumbre a cumbre un libro –'Slow Mountain', del vasco Juanjo Garbizu– sobre cómo disfrutar de la montaña. Javier lo está consiguiendo.

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