Otro invierno sin nieve en la ciudad

Parque de El Rodeo de Cáceres, durante la gran nevada del invierno de 2010. :: E.R./
Parque de El Rodeo de Cáceres, durante la gran nevada del invierno de 2010. :: E.R.

En los pueblos blancos, se congelaba el agua del grifo y no había colegio ni Reyes Magos

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La nieve que tanto envidiamos por aquí es lo mismo que el sol de invierno que tanto envidian por allá. El primer año que viví en Galicia, empezó a llover en octubre y cuando en noviembre me quejé de tanta lluvia ante unos viejecitos que jugaban al tute en un bar, los ancianos me avisaron de que no dejaría de llover hasta la luna de junio. Los llamé exagerados, pero eran sabios: efectivamente, la lluvia no cesó hasta la segunda semana de junio. No saben el gusto que da saber que la lluvia en Extremadura nunca durará hasta la luna de junio y que tendremos muchos días de sol hasta entonces.

«Igual nieva hoy», se escuchaba por Cáceres el viernes pasado y nos fuimos a casa con la ilusión de sentarnos en la mesa camilla, detrás de los cristales, para ver caer mansamente los copos. Pero la nieve volvió a pasar de largo: en las ciudades extremeñas, cae una nevada por decenio y la que tocaba en este ya cayó en 2010. La última vez que nevó en Cáceres y en Badajoz, mucha gente salió a la calle a hacer fotos, a pesar de que aún no se habían popularizado los smartphones con triple cámara. En la próxima nevada, se colapsarán los satélites de tanto wasap con fotos blancas.

Los extremeños venimos al mundo con antojo de nieve, salvo los que nacen en las estribaciones de Gredos y Sierra Morena. La nieve es una de nuestras ilusiones más acentuadas. Por eso, nos asombran tanto las fotos que nos envían nuestros hijos y nuestros nietos desde Estados Unidos, Alemania o Polonia, donde estudian o trabajan. Y les decimos: Qué bonito, qué suerte, qué envidia...

También en esto valoramos poco lo que tenemos. Porque nuestra gracia climática es el sol de invierno. Cuando vives en un territorio donde a finales de agosto empieza el otoño y la lluvia y el cielo gris te acompañan de continuo, notas una sensación de pesar y de tristeza que te puede y te derrota. Si estaban ustedes un tanto apagados el jueves y el viernes lluviosos de la pasada semana, imagínense cien jueves y cien viernes seguidos.

Me gusta ver a los europeos del norte salir del hotel por las mañanas en Cáceres. Con diez grados, los viandantes nativos vamos abrigados con un gorro, un anorak, unos guantes... Pero los turistas dejan el hotel y miran al cielo, respiran hondo y sonríen, abrigados con una rebequita liviana y felices por disfrutar de unas vacaciones bonitas en una ciudad muy bella bajo un tibio sol de invierno.

A los extremeños, eso del sol de invierno nos parece un aburrimiento y lo que queremos es nieve. Cuando menos, una nevada como la de 2010, que convirtió los parques en bosques noruegos y los castillos medievales en fortalezas de Invernalia. Pero la nieve no llega y otro invierno más acabaremos frustrados y sin nuestro sueño cumplido.

En Cáceres, lo más parecido a la nieve es subir a la Montaña y en la gran curva de la umbría caminar pisando sal: en esa zona, el hielo se acumula fácilmente y todos los días se tratan la acera y el asfalto como si fueran una ruta alpina, previsión muy necesaria porque esa curva es peligrosa en invierno. Pero fuera de ahí, hay que viajar a Piornal o Monesterio para encontrarse algún manto blanco que emocione.

Mi mujer vivió de niña en Quintanilla Sobresierra, al norte de Burgos, y, por culpa de la nieve, no tenía colegio desde Navidad hasta marzo, el agua corriente no salía del grifo porque se congelaba y cuando le decían que si no comía vendría el lobo, era verdad a medias porque, efectivamente, los lobos bajaban desde las sierras de Cantabria en busca de comida a las calles de Quintanilla. Un año se adelantó la nevada, no hubo manera de bajar a Burgos a comprar juguetes y se quedó sin Reyes Magos. Bueno, miento, le regalaron una mandarina. Mi mujer y mi suegra quedaron saciadas de nieve. Parecen noruegas: prefieren el sol de invierno.