Indecisión patológica

ANA ZAFRA

Los españoles estamos orlados de las más venerables virtudes, como, pongamos, los chinos o los zimbabuenses. Así, podemos alardear de nuestra alegría, nuestro altruismo o nuestra ancestral capacidad de resolver todo en el último momento. Dicha capacidad, esa que siempre tuvimos por un don -el de la improvisación, concretamente-, resulta que ahora se ha convertido en un defecto al que han dado en llamar «procrastinar».

¿Recuerdan, por ejemplo, cuando antes de la Expo del 92 -que fue un éxito- nadie pensaba que las obras fueran a terminarse a tiempo? ¿O cuando Iniesta esperó al minuto 116 para marcar el gol que nos hizo campeones del mundo? Cualquier concienzudo antropólogo pensaría que esta manía de dejarlo todo para mañana se debe a una tendencia natural del español a la relajación, al exceso de confianza o, simplemente, a la vaguería. Sin embargo, nosotros sin necesidad de basarnos en Sapir o Kapuscinski, sabemos que no. Que a los españoles lo que nos pasa es que somos indecisos. Muy indecisos.

Indecisos como individuos. ¿Quién no conoce al típico compañero que, tras media hora pensando si comer carne o pescado, habiéndose decidido por un filete, termina cambiándolo cuando tú pides, pongamos, bacalao? No es envidia. Es la sensación de que quizá se esté perdiendo algo bueno de lo que tú, encima, sí vas a disfrutar. Culo veo, culo quiero.

La libertad es lo que tiene. Que nos pone en la disyuntiva de no saber si al hacerlo descartamos algo mejor

Indecisión colectiva, amparada y acrecentada ahora por los dichosos grupos de WhatsApp. Así, cualquier miércoles, en un intento de ser planificados cual alemanes, lanzamos al móvil la pregunta: ¿Qué hacemos el domingo? Para el jueves hay ya tantas propuestas como integrantes del grupo, o incluso más. El viernes, cada cual empieza a rebatir las bondades de las sugerencias ajenas: «Es que va a hacer calor», «es que ese restaurante es caro», «es que igual vienen mis primos de Cuenca y no sé si apuntarme». El sábado, algún intrépido coge el mando, intenta poner orden y deja solo dos propuestas. A votación. A todos les da igual, pero la que gana, en realidad, no convenía a nadie. Tras cincuenta mensajes más para decidir la hora, el que hizo la sugerencia ganadora empieza a dudar, no sea que salga mal y terminen echándole la culpa. Ha costado tanto quedar un domingo como decidir la invasión de Polonia porque, como buenos indecisos, todo nos parece bien y mal a la vez. De ahí el castizo dicho de la gata Flora, quien con una opción (que no explicaré por obscena) chilla y con la contraria llora.

Indecisos históricos. Como cuando los mismos que gritaron «Viva la Pepa», tras desterrar a Fernando VII y alabar una Constitución popular salida de las Cortes de Cádiz, aclamaron, dos años más tarde, la vuelta del mismo rey al grito de «Vivan las cadenas», después de desenganchar los caballos de su carroza y sustituirlos por personas del pueblo. Somos así. Por eso ¿por qué ese empeño en que votemos y votemos si, total, nuestros elegidos, a poco que puedan, van a seguir dejándonos en el limbo de la incertidumbre?

La libertad es lo que tiene. Que nos pone en la disyuntiva de no saber si al hacerlo descartamos algo mejor. Aunque, en el caso de nuestra política es más aquello de «susto o muerte». O, dicho popularmente, «dame qué elegir y me darás qué sufrir».