Seremos cuanto imaginemos

MARIO QUINTANA

Que salte la chispa. Hace días, el escritor Sergio del Molino ('La España vacía', Ed. Turner) sentenciaba que las recreaciones medievales «son la peste de la España vacía». En España no se honra la valentía, por ello la opinión pública y más que nada política se le ha echado encima. Pienso en la frase de Sergio mientras paseo por las calles de la increíble población de Magacela. Cómo no, se desarrolla un mercado medieval que poco tiene de mercado y medieval, aunque las intenciones son inmejorables. Magacela es una impresionante obra de los dioses en mitad de la nada, ganando terreno al cielo y a la montaña. La pregunta es la siguiente: ¿la promoción turística debe precederse de un triste mercado medieval? Teniendo en cuenta que solo en esta pequeña localidad coexisten un imponente castillo, pinturas rupestres y un dolmen nada despreciable la respuesta es no: por sí sola y al borde de la autovía, Magacela tiene cualidad turística suficiente para sobrevivir. Eso no significa que tenga calidad promocional: ni el marketing ni la cartelería van de la mano de la importancia histórica de un lugar tan mágico.

Es justo decir que dichas poblaciones buscan en sus mercados medievales un obstinado objetivo de promoción, pero no olvidemos que tales festivales se repiten en estética, banderolas, talleres y marroquinería, sin importar los posibles pendones históricos ni la artesanía pura y dura. Aún menos, la presencia de historiadores que guíen al visitante hacia la puerta del ayer. O la figura del artesano, siendo el artesanado una utopía en un mercado medieval, en favor de nómadas vendedores de bisutería más cercano al concepto 'hippie' que al valor histórico. Aplaudo que ciudades como Mérida rechacen los espectáculos circenses que se sirvan de animales, pero la misma doble moral que nos ciega ante los espectáculos taurinos es la que nos divierte ante una decena de aves rapaces previamente encerradas en una furgoneta.

De igual manera -y en favor de tan abandonadas villas- añadiré que la recreación turística suele ser de manual. Hágase un favor y -en su mayoría- huya de los centros de interpretación. Lejos de ser estos centros audiovisuales atractivos, ambientados y bien orquestados como experiencia paralela a la visión del yacimiento, acaban convirtiéndose en una acumulación de cartelería precisa pero reiterativa y de promoción institucional. El niño que fue usted como el que fui yo, ansía contemplar réplicas, recreaciones, batallas o experimentar el pasado a través de cualquiera de sus sentidos. Pero abran la puerta de la fortaleza, la próxima semana visitaré el de Alburquerque y deseo que usted lo haga de igual manera, pues si evita las zonas de barra y alcohol callejero, disfrutará de una auténtica batalla de justas. Y de paso, si sobrevivo, me atreveré a hablar del nuevo virus turístico que corroe a la región extremeña como nueva huida hacia delante de la Extremadura vacía: la creación de festivales de teatro ante cualquier piedra erecta que se tercie.

Amo esta región que supo navegar más lejos que nadie sin mar, pero hemos debido aborrecer tal alcance imaginativo.