«Tú y tus huevos»

Una pareja asciende desde el arco de la Estrella, en Cáceres. :: E. R./
Una pareja asciende desde el arco de la Estrella, en Cáceres. :: E. R.

Las mujeres ejercen de madres cuando los hombres somos niños y cuando somos su pareja

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El pasado fin de semana, fue puente en varias comunidades autónomas, y el viernes por la tarde, Cáceres estaba lleno de turistas que visitaban la parte antigua. Yo pasaba por la plaza de San Jorge y me fijé en un matrimonio que parecía discutir. Al acercarme, escuché la disputa.

El marido, pues era un marido clásico de unos 55 años, vestido de viajero informal, pero aseadito, que llega a una ciudad bonita para hacer turismo cultural. El marido, digo, se aventuraba a ascender por unas escaleras y la esposa le reconvenía y le preguntaba: «Pero mira que eres. ¿Por qué subes por ahí si sabes que no te sientan bien los esfuerzos?». Y el hombre estallaba hecho una furia y le gritaba: «Me tienes harto. Subo por aquí porque me sale de los huevos».

La mujer ni se inmutó, ascendió las escaleras a paso ligero, dejando atrás a su hombre, que al llegar a lo alto de la plaza de San Jorge se detuvo a respirar ahogado y agotado. Ella no le regañó ni le echó nada en cara, ni tan siquiera le soltó un consecuente: «Ya te lo decía yo». Simplemente, pronunció una frase lapidaria en la que se resumía la historia de la humanidad en el lado macho: «Tú y tus huevos».

Efectivamente, nosotros y nuestros huevos, entendiendo la palabra como una manera de referirse a lo testarudo, a la cabezonería y a lo que mi madre resumiría con una de sus acusaciones favoritas: «Eres un morrongo». Pues sí, efectivamente, somos unos morrongos y solo la proximidad de una mujer nos salva. No, no me estoy refiriendo a la expresión horrenda de que detrás de un hombre, grande o chico, siempre hay una gran mujer, sino a que detrás de los varones, desde que nacen hasta que fenecen, o hay una mujer controlando o está asegurada la debacle.

El viernes, tras hacer unos encargos por la parte antigua, me senté en una terraza a tomarme algo y a disfrutar del ambiente. A mi lado, otro matrimonio componiendo otra escena de manual. Él, empeñado en comer huevos rotos con chorizo y de segundo, media torta del Casar y ella, avisándolo de que cuando comía queso por la noche, sudaba mucho y se ponía fatal y que la torta unida a dos huevos con patatas y chorizo frito y regado todo ello generosamente con un tinto acabaría con el fin de semana prometedor que iban a pasar en Cáceres.

«Ten cuidado, Manolo», resumió la señora su razonamiento. «Deja de controlarme, por favor, Mari, yo ceno lo que me sale de los huevos», resumió él la hondura filosófica de su pensamiento.

Así que acabaron los huevos rotos y la torta, él; las verduras gratinadas y un pellizquito de torta, ella; y el marido dijo que quería leche frita. Ella solo exclamó un: «¡Manolo!» en el que se condensaba el instinto maternal de media humanidad hacia la otra media, un instinto que sufre cuando sabe que al marido-hijo le espera una noche toledana de ardores y será ella quien lo cuide y será a ella a quien él acuda, contrito, avergonzado y prometiendo que no volverá a cenar fuerte y que, por favor, no deje ella de reñirle y de avisarle de que no debe pegarse esos banquetes antes de acostarse.

Pero eso vendrá después. En el momento de la leche frita y el posterior licor de bellota (para ella, una menta poleo). En ese momento, el machote Pantagruel no atiende a razones, mastica a dos carrillos, disfruta de la cena y todo lo hace porque le sale de los huevos. rotos.

Y así siempre. Desde que somos niños y nuestra madre nos protege, nos prohíbe pasar por donde no debemos, sin que le hagamos caso hasta que nos «esnaframos», y nos avisa de lo que nos sentará mal. Y ya mayores, nuestras mujeres-madres-parejas reconviniéndonos para que no surquemos terrenos inhóspitos, no hagamos escuerzos contraproducentes ni cenemos a lo bestia.

Desde siempre, una mujer es una madre y esa faceta tampoco está recogida como oficio ni actividad laboral. Una actividad de alto riesgo cuyo cometido fundamental es evitar que los hombres empleen los huevos como cerebro.