Hijos de la ira

Hijos de la ira
Antonio Chacón
ANTONIO CHACÓNBadajoz

Las encuestas vaticinan que el 26-M los partidos de extrema derecha y eurófobos obtendrán un resultado histórico en las elecciones al Parlamento Europeo. Es un síntoma más del auge del nacionalpopulismo, del que, como se vio en las generales del 28-A, ya no está libre España.

Dicho auge es un efecto de la ira de los que se consideran perdedores de la globalización (las clases medias) y se sienten amenazados por los verdaderos perdedores (inmigrantes). Los políticos saben desde siempre que basta con meter miedo a la gente para convertirla en reaccionaria. El miedo despierta nuestro instinto de supervivencia. Es más, hay diferencias muy claras entre los cerebros de las personas conservadoras y progresistas. La ciencia así lo ha confirmado, como explica Darío Pescador en un artículo publicado por eldiario.es y titulado 'Cómo convertir a un conservador en progresista... y viceversa'.

Con un escáner de resonancia magnética se observó que los progresistas poseen más materia gris en el córtex del cíngulo anterior, la parte del cerebro que sirve para detectar errores, controlar los impulsos, evaluar a los demás y cambiar de opinión. En cambio, los conservadores tienen más desarrollada la amígdala, la parte que procesa el miedo y la ansiedad. Así, en una prueba se dijo a los participantes que podrían recibir una descarga eléctrica. Luego no recibían ninguna, pero se comprobó que la simple amenaza provocaba que la amígdala de los más conservadores se volviera mucho más hiperactiva que la de los progresistas.

Por ende, los conservadores sienten más miedo ante las amenazas, sean reales o imaginarias. Y el miedo, como advierte el maestro Yoda, lleva a la ira y la ira lleva al odio, odio a los otros, a cualesquiera que se rebelen contra su «orden divino» y pongan en riesgo su estatus socioeconómico y sus prejuicios.

En consecuencia, en momentos de crisis, los más medrosos y, por tanto, más conservadores se tiran en brazos de aquellos salvapatrias que les prometen protegerlos de sus enemigos reales o ficticios, o sea, seguridad. A cambio están dispuestos a sacrificar libertades y a enrocarse en su Estado-nación, pero, como advierte el papa Francisco, «quien construye muros se convierte en prisionero de los muros que construye».

¿Y cómo se puede paliar el miedo? O dicho de otro modo: ¿cómo se puede convertir a un conservador en progresista? Pescador cuenta un experimento realizado en la universidad estadounidense de Yale en el que se preguntaba a los participantes por el matrimonio gay, el aborto, la inmigración o el feminismo. Antes debían responder a otra pregunta: ¿qué superpoder te gustaría tener: volar o ser totalmente invulnerable? Entre quienes eligieron volar no hubo variaciones, pero los más conservadores que optaron por ser invulnerables se hicieron más progresistas y tolerantes, solo con sentirse más seguros.

Conclusión: el mejor antídoto contra el miedo y la intolerancia es la confianza. Sin embargo, según el eurobarómetro publicado el 25 de abril, la confianza en la Unión Europea está debilitándose: más de la mitad de los europeos creen que las cosas no van en la buena dirección ni en la UE ni en su país, fruto de la sensación de incertidumbre. Con todo, un 68% de los europeos considera que su país se ha beneficiado de pertenecer a la Unión. Eso sí, el 54% estima que el papel de la Eurocámara debería ser mayor. De esto se infiere que la manera de aumentar la confianza en la UE es aumentando el control ciudadano sobre ella, es decir, con más democracia.