De héroes y tormentas

De héroes y tormentas
Juan Domingo Fernández
JUAN DOMINGO FERNÁNDEZCáceres

Ese dogma, tantas veces repetido, de que la economía es un estado de ánimo, puede aplicarse no solo al ámbito económico y financiero sino a muchos otros de la sociedad. En una entrevista en 'La Vanguardia' de Lluís Amiguet a la barcelonesa Mar Ruiz, profesora de emprendedores en Stanford e inversora en Silicon Valley, ella recuerda que Internet nació en Stanford y que allí trabajan juntos estudiantes y profesores de todas las edades, etnias y culturas, potenciando una diversidad enriquecedora. En un momento de la entrevista es la propia Mar Ruiz quien pregunta en relación a su lugar de trabajo: «¿Sabe cuál es nuestra lengua universal?», dice. «El inglés no está mal», sugiere el periodista. «¡El optimismo!» contesta Mar Ruiz. «Es lo que echo de menos cuando vuelvo a Barcelona. En Stanford todos sonríen y dicen estar bien, y al final es que es verdad».

Pero supongo que se refiere al optimismo concebido como una actitud deliberada ante las dificultades del día a día, no como un placebo irresponsable que nos eche en brazos de la temeridad. Ser optimista exige confianza en las propias fuerzas y, sobre todo, voluntad: «No soy optimista, quiero ser optimista», advierte Zola.

Quizás ahora, cuando la OCDE anunció ayer que reduce en ocho décimas la previsión de crecimiento para la eurozona (el recorte más fuerte desde el año 2009, tras la crisis global, con lo que en vez de un crecimiento del 1,8% solo será del 1%), digo que justamente ahora, cuando se acercan esos nubarrones en toda Europa y en el resto del mundo es cuando resulta más indispensable confiar en el futuro y sonreír, más allá de los contratiempos. Porque siempre escampa. En la economía y en esas otras parcelas de la vida que no cotizan en Bolsa porque son valores intangibles que no cabe reducir a una tabla de Excel.

Ocurre que los triunfos en la vida están reservados a quienes, tras la tormenta, avanzan sin perder la sonrisa

Donde menos puertas hay que dejar abiertas al desánimo, al pesimismo paralizante, es en esas parcelas que, -por los motivos que sea- no está en nuestra mano controlar de manera directa, intervenir con voluntad y determinación. Estoy pensando en muchas decisiones políticas, medioambientales, sociales. de las que únicamente somos meros espectadores o invitados de piedra. Aceptar el fatalismo en tales ámbitos equivale a rendirse y dar por hecho que en pleno siglo XXI el ciudadano de Europa tiene perdida la batalla frente al populismo, el nacionalismo o las políticas deshumanizadas.

Como explica muy bien esa catalana afincada en Stanford, quien triunfa no es quien nunca se equivoca, sino quien al tropezar sigue adelante y al que «no se le aparta por meter la pata». Los que, de verdad, no dejan de sonreír.

Decía Montaigne que no hay cosa a la que tuviera tanto miedo como al propio miedo. Supongo que es otra manera de nombrar el pesimismo. Seguir adelante y conquistar el futuro exige no dar oportunidades al derrotismo; exige sumir como propio el popular mantra del batallador: «El no ya lo tienes». Ocurre que los triunfos en la vida están reservados a quienes, tras la tormenta, avanzan sin perder la sonrisa. Como la gloria a los héroes cotidianos.