Me gustas cuando callas

El juez Pablo Llarena. / EFE/
El juez Pablo Llarena. / EFE
Tomás Martín Tamayo
TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Me gustan los jueces «cuando callan porque están como ausentes», los que instruyen o juzgan huyendo del estrellato y no se pierden en piruetas impropias. Por todo lo contrario me resultaba detestable la fanfarria permanente de un juez como Garzón, que buscaba, por encima de todo, presencia mediática, pretendiendo ser el más listo del patio. Ahora, el juez Llarena, que investiga en el Supremo la causa de los implicados en el pretendido secesionismo catalán, creo que se ha metido en el mismo túnel de las luminarias, buscando también el perfil del listo entre los listos.

En la lectura de sus argumentaciones para no emitir la euroorden de extradición de Puigdemont, que le pedía la Fiscalía, he visto un sesgo de estrategia política que me ha dejado confuso. Si los jueces caen en diseños extrajurídicos y se adentran en vericuetos políticos, nos lo ponen muy difícil a los que sostenemos que en este asunto hay gente que se ha reído de todo y que lo de «presos políticos» es una falacia.

Sus razonamientos dan razones a los que arguyen que en todo esto del llamado ‘procés’ hay un fondo más político que jurídico, al detenerse en la eficacia de las argucias, para no caer en la presunta trampa de Puigdemont, facilitando su detención en Copenhague. Algo tan poco sostenible para un razonamiento jurídico como «si Puigdemont quiere que lo detenga, me está dando razones para no detenerlo». Creo que eso, aun pudiendo ser cierto, es un juicio de valor y no son esos los juicios que esperamos de los jueces.

El juez Llarena podía haber negado la orden de extradición sin meterse en esos patatales, pero parece que ha querido explicar hasta sus más ocultos pensamientos, incluida su capacidad de anticipación para dejarnos claro su superior inteligencia. ¿Cómo estratega político? Pues él solo se pone en el disparadero y si juega al fútbol, que no se enfade si le llaman futbolista. Pero de los que se meten goles en su propia puerta, que eso fue lo que hizo con su ‘explicatio non petita’.

¿Tiene que ser Llarena el que se encargue de impedir que Puigdemont pueda delegar su voto, como han hecho otros reclusos desde Estremera y Soto del Real, abriendo así la posibilidad de ser investido presidente? La cuestión no es menor, porque si puede votar, puede ser votado. Posiblemente esa era la intención del huido, pero el juez podía haberse ahorrado tantas explicaciones para argumentar su negativa.

Ya se metió en una parcela ajena a su competencia, apuntando la posibilidad de delegación de voto para los encarcelados, a los que negó el voto presencial. Así desarmó el criterio de los juristas del Parlament, de la propia Abogacía del Estado y del Gobierno, que había anunciado recurso al Constitucional si eso se producía. Entre los supuestos que contempla el Estatut para la delegación de voto, no entra el de reclusión, pero bueno... Digamos que, contra lo establecido en la norma, el juez sugirió una interpretación doctrinal diferente, más laxa y acomodaticia, aunque es verdad que lo dejó en manos de la Mesa del Parlament, con mayoría independentista.

Retirar la euroorden de extradición para poder juzgar a Puigdemont por los mismos supuestos que a los demás, puede resultar equitativo para no darle ventaja a los huidos, pero adentrarse en estas argucias de estrategia política, creo que no le corresponde a un juez. Recordemos que la mujer del César, además de ser honesta tiene que parecerlo.