El guarrino de mi mujer

Bancada secesionista en el Parlament de Cataluña. /:: hoy
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J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Mi mujer ha vivido en muchos sitios porque su padre era jefe de silo y lo trasladaban de un pueblo a otro hasta que consiguió plaza en Brozas y ya no se movió de allí.

Ella nació en Burguillos del Cerro porque en su silo estaba destinado su padre en aquel momento. Después, fue viviendo en la estación de Arroyo-Malpartida, en Quintanilla Sobresierra (Burgos), en Vistahermosa (Ciudad Real), en Mollerusa (Lérida), donde aprendió catalán, pero nunca lo habló en la intimidad, solo en el colegio, y de allí ya se vino a Brozas.

Como buena hija de extremeños, pasaba los veranos con sus abuelos en los pueblos de sus padres: Aldea del Cano y Alcuéscar. Fue durante uno de esos veranos cuando vivió un episodio sin demasiada importancia a simple vista, pero que marcó su vida.

Resulta que le salió un guarrino en el dedo. Sí, uno de esos puntitos negros de sangre coagulada, que a las niñas mayores de Aldea del Cano, donde pasaba aquel mes de agosto, les hizo mucha gracia. Mi mujer, que entonces tenía cinco años, por caer bien a las mayores y que la dejaran ir con ellas, se reventó el guarrino.

Le dolió y no lo pasó bien, pero las mayores se rieron mucho al ver la sangre y ella creyó que ya la aceptarían por mostrarse complaciente. Así que, tras el reventón doloroso del guarrino, las siguió camino de la casa de una de las muchachas, adonde iban a jugar un rato. Cuál no sería su sorpresa y su decepción cuando al llegar a la casa, las mayores le dieron con la puerta en las narices y le dijeron que era muy chica para jugar con ellas.

La anécdota es menor a simple vista, pero a mi mujer la marcó para el resto de su vida. Aprendió que no debía doblegarse ante nada ni ante nadie, juró que jamás se volvería a humillar e hizo de esto una norma que la ha marcado para bien y para mal.

Yo, que no soy así, me enorgullezco de su firmeza para no doblegarse, para no intentar caer bien y para no bailarle el agua a nadie. A veces, mis cuñadas dicen que es una terrorista por su incapacidad para el halago fácil, el peloteo y el tartufismo.

Ella no lo tiene del todo claro y duda a veces: piensa que quizás le hubiera ido mejor en la vida si se hubiera reventado algún guarrino para caer en gracia y conseguir ventajas, aunque al instante lo rechaza y yo me crezco orgulloso y la admiro, quizás porque no me siento muy a gusto conmigo mismo por ser demasiado prudente, demasiado equidistante, demasiado proclive a reventarme de vez en vez algún guarrino.

Cuando vivíamos en Galicia, mi mujer aprendió gallego pues era lo natural y lo necesitaba para su trabajo.

Yo no lo necesitaba, pero también lo aprendí y lo hablaba, creo que más como manera de congraciarme con mis amigos y colegas nacionalistas que por verdadera convicción (ahora, cuando voy por allí, lo hablo por puro placer).

Ella, sin embargo, solo lo hablaba si era necesario, nunca por caer bien ni por parecer enrollada y guay.

Estas semanas, con todo esto de Cataluña, a mi mujer hay algo que la pone mala por incomprensible.

Se trata de esos hijos de extremeños que son independentistas y que, en el fondo, se muestran más secesionistas que los propios catalanes para caerles bien, para sentirse admitidos y acogidos y para que nadie les eche en cara sus orígenes, de los que parecen avergonzarse y renegar, aunque en el fondo, muy en el fondo, quizás, un aguijón de traición, incoherencia y mala conciencia los agobie en los momentos de verdad y soledad.

Se revientan el guarrino para hacerle gracia a una oligarquía catalana que busca la independencia y que, si algún día la consigue, les dará con la puerta en las narices: no eres suficientemente catalana para jugar con nosotras. Esos extremeños independentistas me recuerdan a mi mujer con cinco años. El problema es que ellos tienen 40.