El gesto de la fragata

El gesto de la fragata
ANTONIO PAPELL

LA historia es conocida: La integración de la fragata española Méndez Núñez, con 215 marineros a bordo, en el séquito del grupo de combate comandado por el portaaviones norteamericano US Abraham Lincoln, un potente navío de guerra con 85 aviones a bordo, se planeó como un ejercicio para mejorar la interoperatividad y el adiestramiento conjunto. Dicho ejercicio, similar a otros muchos del mismo carácter que lleva a cabo la marina americana con navíos de otras nacionalidades amigas, debía durar seis meses, desde finales de abril hasta el 31 de octubre, cuando arribaría al puerto de San Diego (California) tras haber cruzado el Mediterráneo, el mar Rojo, el Océano Índico, el mar de China y el Pacífico. La flotilla naval estaba formada además por un crucero lanzamisiles, tres destructores, un buque logístico y un submarino.

Pues bien: tras la denuncia unilateral por Washington del tratado nuclear firmado por Irán con las grandes potencias, que no ha sido secundada por la Unión Europea, que anima a Irán a respetar el Tratado y no sigue por tanto las directrices marcadas por Trump, dicho despliegue militar, aunque planeado desde hace meses, está siendo utilizado políticamente por la Casa Blanca. Sin ir más lejos, el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, ha asegurado que el objetivo de esta agresiva presencia es «enviar un mensaje claro e inequívoco» a Irán de que «cualquier ataque contra los intereses estadounidenses o de sus aliados se enfrentará con una fuerza implacable». El anuncio ha coincidido, por cierto, con el sabotaje de dos petroleros saudíes en los Emiratos Árabes, en la zona de Ormuz. Y para acabar de recalentar el asunto, el Pentágono ha anunciado el envío a la zona del buque USS Arlington, que transporta una fuerza de desembarco, así como de una batería de misiles antimisil Patriot, lo que se sumaría al despliegue de bombarderos B-52 en Qatar, todo ello en respuesta a «indicios de una mayor disposición de Irán a realizar operaciones ofensivas». En concreto, Washington indica que Irán podría tratar de bloquear el estrecho de Ormuz, por el que transita la quinta parte del petróleo mundial

La posición de la Unión Europea sobre el particular es conocida: Bruselas no ha secundado la denuncia del acuerdo nuclear que ha realizado Washington cuando todos los expertos reconocen que Teherán estaba cumpliendo lo acordado (no almacenaba agua pesada ni uranio enriquecido más allá de ciertos límites). Y el pasado día 10, el Reino Unido, Alemania y Francia y la jefa de la diplomacia europea Federica Mogherini emitieron un comunicado conjunto en el que también rechazaban el ultimátum del presidente iraní, Hasan Rohani, quien dio un plazo de dos meses a los tres socios europeos, Estados Unidos y Rusia antes de que Teherán comenzara a incumplir también algunas disposiciones del acuerdo.

España, como todos los países de la órbita occidental incluidos los de la Unión Europea, está en una situación incómoda ante la actitud de los EEUU. De una parte, rechaza la actitud innecesariamente agresiva de Trump hacia Irán, pero la Administración americana se ha vuelto autista en este mandato. Por el otro lado, tampoco consigue concesiones de Teherán y teme que Rohaní, del ala moderada del país, pierda poder de decisión frente a los más radicales del régimen. En esta coyuntura, el ministro Borrell ha tratado de aclarar cuál es la postura de la UE en el conflicto: «Los europeos tratamos de actuar sobre los dos frentes, procurando que ni unos ni otros vayan más lejos», pese a subrayar que «EEUU ya ha ido muy lejos, lo importante es que Irán no lo siga».

En estas circunstancias, no tenía sentido alguno que España, que pretende evitar la cancelación definitiva y total del Tratado, que incendiaría todavía más Oriente Medio, se mantuviera en un «grupo de combate» que expresamente pretende presionar a Irán. Trump no tiene reparo en devastar el vínculo trasatlántico pero ni la claudicación de Europa serviría de nada ni ese liderazgo tóxico de los Estados Unidos será eterno. España ha hecho lo que debía, cada vez más identificada con la Europa a la que pertenecemos en primer lugar.