El gato de Schrödinger

No hay seguridad de que sea cierto lo que observamos ni de que la herencia genética se cumpla tal como alguien la programa para su vida y su descendencia. En el sistema aparentemente más ordenado hay un germen indomable de desorden

El gato de Schrödinger
EUGENIO FUENTES

Por primera vez, los telescopios han logrado fotografiar un agujero negro, y el insondable misterio de su voracidad caníbal trae al recuerdo a Werner Heisenberg y a Erwin Schrödinger. No fueron una pareja de cómicos ni de deportistas, sino dos grandes científicos a la altura de Eisntein que contribuyeron al avance de la Física en esas primeras décadas prodigiosas del siglo XX, a partir de los cuales ya nada fue igual en la ciencia.

Erwin Schrödinger fue un tipo singular, políglota, músico, autoexiliado –sin ser judío– ante la llegada del nazismo, estudiante de Humanidades antes que de Física. Aunque el título de su libro '¿Qué es la vida?' puede parecer el de un folleto divulgativo o un tratado religioso, es un interesante ensayo donde se anticipó a cuestiones genéticas que hoy siguen siendo de primera actualidad.

Werner Heisenberg –de quien tomó el nombre el traficante de 'Breaking bad'–, en cambio, era muy distinto: coqueteó con el nazismo, aunque parece que finalmente obstruyó la construcción de la bomba atómica.

Si Schrödinger era un extremado amante de la belleza femenina, de Heisenberg se decía, bromeando con su principio de incertidumbre, que era el científico que menos hacía el amor, pues cuando hallaba el momento y la energía, no encontraba la posición, y cuando encontraba la energía y la posición, no encontraba el momento. Algo así.

Pero uno y otro también incursionaron en la filosofía apoyándose en su conocimiento de los misterios más profundos de la naturaleza. En su intento por llegar de la certeza física a la certeza metafísica, cuando salían del laboratorio, agachados sobre los tubos de ensayo, levantaban la cabeza y miraban hacia el universo, como los présbitas, que necesitan alejarse del objeto para comprenderlo mejor, convencidos de que todo está relacionado y de que la última explicación de la vida no hace distinciones entre Ciencias y Letras. En la ciudad del conocimiento, ningún barrio era más importante que otro y para responder al origen la vida era necesario conocer la naturaleza del átomo.

Por distintos caminos, ambos llegaron a una misma y apasionante conclusión. Schrödinger afirmaba que de cualquier ley científica debemos esperar un cierto grado de inexactitud, porque las reacciones físicas y químicas dependen de las condiciones de medición en el espacio y en el tiempo. Las leyes físicas, sostenía, han sido enunciadas a partir de estadísticas establecidas mediante observación, pero siempre hay 'grupos increíblemente pequeños de átomos' que no obedecen ni se ajustan a dichas estadísticas, y aunque esa desobediencia no modifique las conclusiones finales, desempeñan un papel fundamental en el comportamiento de los organismos vivos.

Llevada su afirmación a la herencia genética, el parecido entre padres e hijos también presenta excepciones y, así, la naturaleza provoca mutaciones inesperadas, que se incorporan a la carga genética y son heredadas de la misma forma que se heredan los caracteres originales. Tales mutaciones pueden ser inducidas. De ese modo, Schrödinger dio un paso adelante sobre los estudios de aquel fraile genial llamado Mendel a quien nadie hizo caso hasta algunos años después de su muerte pero que, sin saber de la existencia de genes ni de cromosomas, descubrió las leyes de la herencia en el huerto de su convento agustino combinando unas sencillas plantas de guisantes que le robaba al cocinero.

Para explicar su teoría, Schrödinger enunció la paradoja del gato que lleva su nombre: la mecánica cuántica había detectado a un electrón en dos lugares a la vez, pero cuando el observador intentaba demostrarlo, el propio experimento impedía la demostración.

Schrödinger era coetáneo y colega de Heisenberg, el autor del principio de incertidumbre, la que me parece la más hermosa teoría física desde Newton: no siempre podemos estar seguros de un hecho científico, porque las condiciones de observación modifican el comportamiento de lo observado: un escurridizo electrón actúa de distinta forma en la sombra que cuando lo iluminamos para estudiar su comportamiento. Es, en el fondo, como los humanos, que actuamos en público de distinta manera que como lo hacemos en soledad.

Pido perdón a los lectores por el exceso de teoría, pero es necesaria para poder compartir la importancia de ambos científicos.

Heisenberg y Schrödinger, pues, cuestionaron las seguridades de que venía presumiendo la ciencia desde la Ilustración. Demostraron que las leyes físicas conocidas no eran tan exactas como se anunciaba y que, cuanto más lejos se avanzaba en ellas, más enigmas surgían. No hay seguridad de que sea cierto lo que observamos, ni de que la herencia genética se cumpla tal como alguien la programa para su vida y su descendencia. En el sistema aparentemente más ordenado hay un germen indomable de desorden. Sus conclusiones eran formidables y, al mismo tiempo, inquietantes.

Y a mí me parece que al hablar de Física también estaban hablando de la vida: el hombre sigue siendo un enigma y seguimos necesitando de la filosofía para descifrarlo.