De flatulencias, pedos y otros cambios climáticos

ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

Alguien me comentó que en la ONU –esa inutilidad internacional a la que Charles de Gaulle consideraba un «machin» (artilugio)– andaban últimamente muy preocupados. Y uno, en su obtusa simplicidad, concluyó que era normal teniendo en cuenta cómo está el mundo con un Trump dedicado a meter en el ojo los diez dedos de la mano y alguno del pie a los chinos; con Irán jugando peligrosamente a potencia nuclear; Arabia Saudí a lo de siempre; África, un revoltijo en ebullición buscando atajos; Hispanoamérica del coro al caño bolivariano-poscastrista; las mafias forrándose a costa de la miseria subsahariana y la bobería de alguna ONG; Rusia haciendo rusiadas; India a su bola de miseria emergente… y Europa plácidamente sentada esperando que un nuevo Zeus, en trazas de toro blanco, la rapte. Pero no, resulta que nada de eso importa y que la ONU, de la mano del vegetariano doctor Pachauri, vive sin vivir en ella por los pedos, terribles pedos, del ganado vacuno, fundamentalmente por los de las vacas, ya que los toros son menos, porque ahí también se aplica la discriminación positiva sacrificando a los machos menos sexis.

Pues sí, resulta que ni gasoil, ni aviones, ni motocicletas, ni gaitas, lo realmente pernicioso para el cambio climático es el ganado vacuno, único que, al parecer, se ventosea a placer por ambos orificios llenando nuestro universo próximo de pestilente gas metano y, por tanto, es-de-urgencia-vital-acabar-con-él, convertir los pastos en verdes alamedas y comer frutillas del bosque, espárragos blancos, judías sin chorizo y muchas espinacas. No sé cómo escribir esto pero es que a servidor eso de las espinacas le produce una flatulencia que ni al toro de Osborne, con lo que me convertiré en seguro servidor del calentamiento global. Aunque, por encontrar vergonzante indulgencia a mis males, intento imaginar cómo serán los retruécanos de frau Angela Merkel, de Boris Johnson o del mismísimo Donald Trump que ríanse vuesas mercedes de los toros de Guisando que acabaron de piedra de tanto expandirse. A los de aquí no, que bastantes calamidades tenemos ya con nuestros políticos como para imaginárnoslos pedorreándose aún con mayor desahogo.

Resulta que lo realmente pernicioso es el ganado vacuno, único que, al parecer, se ventosea

Pero ya ven, escribo a media mañana a unos deliciosos 22 grados mientras en las costas del Mediterráneo y aún más arriba se ahogan acariciando los 40. Es claramente el cambio climático, pero de momento a nuestro favor. Igual es que por estas latitudes somos gente más contenida en cuanto al chisporroteo intestinal. En cualquier caso mejor no airear la cosa que está la arpía de Hacienda a la que salta y no sería raro que nos endilgara unos medidores de flatulencias de forma que pague más quien más expela, porque el calentamiento global justifica cualquier impuesto y además es seguro que pagarían más las derechas, siempre contaminantes. En cuanto ponga el punto final me voy a la matiné de La Codosera en donde mis amigos Vito e Inés me han invitado a unos garbanzos con todas sus bendiciones, tocino añejo incluido. Que la ONU nos perdone, o que al menos disimule culpando a las vacas.