Ferlosio se inspiró en Ceclavín

Casa ceclavinera que Ferlosio convierte en vivienda de la abuela de Alfanhuí. :: Pedro Gutiérrez/
Casa ceclavinera que Ferlosio convierte en vivienda de la abuela de Alfanhuí. :: Pedro Gutiérrez

El escritor convirtió la casa de un piconero en la vivienda de la abuela de Alfanhuí

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hace dos veranos, cenando en el restaurante 'Montesol' de Coria, Pedro Gutiérrez preguntó a Rafael Sánchez Ferlosio por la casa de Moraleja en la que se había inspirado el escritor para convertirla en el domicilio de la abuela de Alfanhuí. Pedro Gutiérrez vive en Coria, es aparejador y amigo íntimo de Sánchez Ferlosio y de su familia desde hace muchos años. El domingo antes de morir, comió con el escritor en Madrid y el día antes de su fallecimiento, hablaron por teléfono. Después, Ferlosio vio con su mujer y su nieta una película de caballos y recitó unos versos en italiano a su amigo el filósofo leonés Tomás Poyán. La nieta se iba a un intercambio a Holanda y Rafael prefirió no hablar de su salud. Por la noche, se sintió mal y durante la madrugada murió el escritor a quien sitúan con Unamuno y Ortega en la cúspide de la literatura y el pensamiento españoles del último siglo.

Pero estamos en el restaurante 'Montesol' y hay una pregunta en el aire que Rafael Sánchez Ferlosio responde: «La casa de la abuela que describo en la novela no está en Moraleja, sino en Ceclavín». Y después le cuenta a su amigo Pedro qué casa es y por qué se inspiró en ella.

Resulta que en 1950, Rafael Sánchez Ferlosio, que tenía entonces 22 años, pasaba mucho tiempo en la finca familiar de Montesordo (Portaje): 1.200 hectáreas y una casa donde escribe parte de 'Industrias y andanzas de Alfanhuí'. En Montesordo, trabajaba como encargado un hombre llamado Rogelio y a la finca venía desde Ceclavín un piconero llamado Caldera, que, a cambio de recoger la leña de encina de la finca, les daba picón para el año. Pero ese invierno, Caldera los engañó llevándoles picón de jara de mala calidad, en lugar del de encina.

Rafael y Rogelio decidieron ir a buscar a Ceclavín al tal Caldera para echarle una bronca, pero el escritor, al ver la vivienda del piconero, se olvidó de la riña y se fijó en cada detalle de aquella casa de la calle Granadera, número 27, con salida trasera a la calle Concejo, número 10, que luego describirá en 'Industrias y andanzas de Alfanhuí', convirtiéndola en la casa de la abuela del protagonista.

«La abuela de Alfanhuí vivía en un segundo piso al que se entraba por un patio. El patio estaba separado de la calle por una tapia y una portona y cercado de casas por los tres lados. A la derecha, había una escalera estrecha de piedra». Así describe la casa ceclavinera Rafael Sánchez Ferlosio y así, con algunas mejoras, la encontró y fotografió Pedro Gutiérrez después de la cena en 'Montesol'.

El pasado verano, Ferlosio fue desde Coria con su nieta y con su amigo Pedro a ver el puente de Alcántara. Barajaron parar a ver la casa, pero el escritor estaba cansado y pasaron de largo por Ceclavín.

Pedro Gutiérrez me cuenta todo esto por teléfono mientras pasea por los Canchos de Ramiro, en Cachorrilla. Con visión provinciana y estrecha, le comento que estas historias deberían aparecer en la prensa nacional. «¿Por qué no pueden salir en el HOY? Tenía todo esto, también las fotos de la casa, guardadas para ti. Rafael leía tu página y la comentábamos», me emociona.

He leído mucho a Sánchez Ferlosio, pero solo le vi una vez. Me fijé en un coche americano muy grande que pasaba por la calle Viena, debajo de casa de mis padres. En el asiento de atrás viajaba un señor de presencia imponente. Me sonaba, me sonaba, me sonaba. Caí después en la cuenta de que era el autor de 'El Jarama'.

«Ese coche era de su madre. Ahora tenía un Ford que guardaba en el garaje de mi casa. Allí está todavía y en él fui a su entierro», me comenta Pedro. «¿Es verdad que Rafael tenía tan mal genio?», pregunto con curiosidad cotilla. «Era raro, pero muy cariñoso. No quería entrevistas ni fotos. La que aparece en la portada de 'Carácter y destino' se la hice yo. Decía que le gustaba porque tenía cara de mala leche. Recuerdo que cuando le dieron el premio Extremadura a la Creación, fuimos Poyán, Hidalgo Bayal, Rafael y yo a tomar unas copas al 'Meliá' y cuando vino el camarero a cobrar, Ferlosio le dijo: Esto se lo pasas a Saponi», relata Pedro Gutiérrez, el amigo cauriense del gran escritor.