La feria del pueblo

JACINTO J. MARABEL

Imagino que el sábado los polacos celebrarían por todo lo alto a su santo patrón Jacinto de Cracovia, predicador dominico que un buen día arrancó la imagen de Nuestra Señora de Kiev de las garras de las mismísimas hordas mongolas. Mis padres, que ignoraban este fervoroso relato y me pusieron el nombre por mi abuelo, que tampoco lo conocía, son de los pocos que suelen felicitarme en tan entrañable onomástica. No culpo al resto porque el santoral es un guirigay de beatos, mártires y confesores en el que nadie queda sin prender el cirio en la hornacina de sus anhelos, pero donde todos acaban más perdidos que el barco del arroz a la hora de felicitar al prójimo.

Yo, que soy cumplidor a más no poder, acudo para estos menesteres al almanaque imantado de la nevera que, al momento me chiva que hoy es el día de San Juan Eudes, misionero fundador de los eudistas, como todo el mundo sabe. El calendario, que en lo suyo tira mejor que San Google Bendito, cita a continuación los patronímicos de Andrés de Cilicia, Bartolomé de Simero, Bertulfo de Bobbio, Calminio de Auvernia, Donato de Sisteron, Magín de Tarragona, Magno de Aviñón, Sebaldo de Nüremberg y Timoteo de Gaza, entre otros justos y virtuosos varones que merecen ser recordados.

Mujeres no constan en el santoral porque la Historia siempre tuvo tendencia a cierta abstención pueril y olvidadiza en cuestiones de género, pero como debieron ser al menos tantas como los hombres, creo que va tocando ya una revisión del asunto. Al menos para que las santas tomen el relevo de sus homónimos en el pandemonio de fiestas populares que plagan Extremadura durante el verano.

Porque de San Fernando a San Miguel no hay lugar en la región que no eclosione en un gozoso universo de colores y algarabía. No hay día sin cofradía en ardua pugna con la de al lado por mostrar florido al radiante patrón, consistorio que no apoquine verbena para jolgorio y desparrame de los vecinos, ni tonto de pueblo sin dejar de tirar su racimo de cohetes. Que levante la mano quien no amase recuerdos felices de una noche de verano sentado al fresco de una terraza de un pueblo en fiestas, del barullo de una tómbola, de unos farolillos con propaganda de Tío Pepe, de dos señoras entradas en carnes bailando juntas un pasodoble o de criaturitas agrestes saltando encima del estaribel de la orquesta.

Un poeta dijo una vez que el paraíso se haya en la infancia. Sin duda, la mía es memoria feliz de una feria de pueblo. Y pienso que si Antonio Machado hubiera nacido en Extremadura, en lugar de patios, huertos claros o limoneros, la suya estaría plagada de recuerdos de banderitas sobrevolando los veladores de una plaza pueblo en fiestas. También que si en lugar de mojar una lánguida magdalena, Marcel Proust hubiera brindado media docena de jeringas al amanecer de una feria de verano, otro gallo nos habría cantado.