Feminismo frívolo

Feminismo frívolo
PEDRO DEL PINO

QUE el gobierno de Pedro Sánchez esté formado mayoritariamente por mujeres no significa, ni de lejos, que se trate de un gobierno feminista. El mero hecho de que la presencia de féminas supere al de varones no le otorga tal cualidad, ya que, por esa regla de tres, podríamos decir que los jeques árabes son más feministas que nadie, si tenemos en cuenta que sus familias están formadas por el esposo y veinte o treinta esposas. Y no es el caso, como todos ustedes saben.

El término feminista se debe aplicar a todo aquel que, sea hombre o mujer, trabaja para que se haga efectivo, con carácter universal, el principio de igualdad de derechos entre la mujer y el hombre. Y como en tantos otros aspectos de la vida, para hacerse acreedor de tal adjetivo, es imprescindible que, con carácter previo y de manera sostenida en el tiempo, demostremos con nuestros propios actos cotidianos que merecemos ser tenidos como tales. Vamos, el «predicar con el ejemplo» de siempre.

El Ejecutivo actual viene dando graves muestras de estar muy lejos de de este objetivo, la igualdad entre hombres y mujeres. Unos, por acción, y otros por omisión. A las ya conocidas conversaciones de la ministra de Justicia, Dolores Delgado, con el excomisario Villarejo en las que celebraba el éxito de su sistema de espionaje con meretrices, y las presuntas prácticas delictivas de un grupo de jueces y fiscales con menores en Colombia -hechos que cualquier persona decente, y no digamos una fiscala o una feminista, habría denunciado ipso facto- hay que unir la salida de tono de la ministra al llamar «derecha trifálica» a sus adversarios políticos. No sé que es peor para el feminismo: si aplaudir el uso de las mujeres como objetos, o faltar el respeto a los hombres por el mero hecho de serlo. De todas formas, para llegar a ministro habría que exigir que las candidatas y candidatos supieran que la única forma de ganarse el respeto ajeno es respetando a los demás. Incluso podríamos ir más lejos y pedirles también estar al corriente de que esta última es la fórmula necesaria para conseguir respetarse a uno mismo. La culpa es de la señora ministra, pero también de los que no tienen el pudor de negarse a sentarse junto a ella en el Consejo de Ministros y, sobre todo, del que la mantiene en la silla: el presidente del Gobierno.

Pero no es de extrañar. Este mismo señor ha utilizado como 'negra' a una mujer para que le escriba su famoso libro 'Manual de resistencia'. Ella escribe el texto y él lo firma. Se reproduce con toda claridad un hecho reiteradamente denunciado: ellas hacen el trabajo duro y ellos se llevan el protagonismo. ¿Nadie dice nada desde el feminismo? Y, por otro lado ¿cuánto ha cobrado Irene Lozano por su trabajo? ¿Cobra en metálico o en especie al mantenerla como secretaria de Estado para la España global?

Aunque leído el libro, como el relator (el que refiere los hechos) se autodenomina «Pedro el guapo», podría pensarse que la señora Lozano le ha hecho el trabajo por su cara bonita. Muy de feministas todo, oiga.