Nos falta Transición

Nos falta Transición
Antonio Tinoco
ANTONIO TINOCO

Me acuso de ser uno de esos que considera que la transición de España a la democracia ha sido una de las operaciones políticas más brillantes de la historia de nuestro país. Me acuso, por eso mismo, de pasar por alto los intereses, tantas veces espurios, tantas veces inconfesables, de muchos de sus protagonistas, sus demagogias, sus falsedades, sus pequeños (o grandes) infiernos. Sus olvidos. Quiero decir, sus conscientes olvidos, la expresa voluntad de no recordar o de sólo recordar a conveniencia... Los absuelvo a todos. Porque, según cantaba Pablo Milanés pensando en otros pagos, todos -unos más que otros es verdad-, «fuimos la semilla y hoy somos esta vida»: un país democrático, una sociedad libre, unos ciudadanos con derechos que, además, han abierto camino a los derechos en otros países. España, la España de la Transición de la que muchos hoy reniegan como de la peste es, si tomamos el último medio siglo, uno de los más decentes espejos en que mirarse del mundo.

Digo todo esto para que se me entienda mejor que la transformación de una dictadura en una democracia -¿qué otra cosa fue la Transición?- se produjo porque aquellos políticos que arrastraban miserias como las de cualquiera en cualquier época consiguieron -de grado o a la fuerza, por convicción o por no tener otro remedio con un pueblo vigilante, en último término qué más da-, que el diálogo se mantuviera a salvo por encima del barro de los días. Que lo hubo hasta decir basta. Ahora no nos acordamos, pero echen un vistazo a lo que ya está en los libros de historia, o a la hemeroteca de este periódico sin ir más lejos, y busquen lo que se decía entonces de Suárez. O de Carrillo. O de Gutiérrez Mellado. Hasta de Fraga le dijeron los próximos cosas que empalidecerían al mismísimo Pablo Casado, ese hombre que hasta ahora ha demostrado ser más suelto de adjetivos que de conceptos. Y, sin embargo, aquellos tan vilipendiados fueron capaces de torcer el destino para el que parecía que España estaba genéticamente predestinada y consiguieron que, por una vez, no fuera una guerra la partera de nuestra historia, sino algo tan exótico como el diálogo, la palabra, el acuerdo.

Ha habido decisiones de Pedro Sánchez que han recordado, en su arrojo, los tiempos de la Transición. Su intento de dialogar con los independentistas catalanes indica la dirección correcta porque una encrucijada política como la que se plantea en Cataluña sólo se podrá superar con el acuerdo entre discrepantes. Pero Sánchez ha cometido el imperdonable error de que ha atado el diálogo con la soga de su permanencia en La Moncloa y esta circunstancia ha convertido su intento de diálogo en un mero asunto de ambición de poder, cuando debería haber sido por la irrenunciable necesidad de convivencia . Ojalá prospere la idea de la convocatoria de elecciones. España necesita superar el drama de este momento representado, de un lado, por quienes sólo ven el diálogo como coartada de supervivencia y, de otro, por quienes sostienen que el acierto está precisamente en renunciar a él. Hay que salir de este pantano, pero no veo a nadie capaz. Nos falta Transición.