Extremeños que dan a la mar

Extremeños que dan a la mar
MARIO QUINTANA

UNA tormenta impetuosa de granizo castiga Venecia. Una paz solo rota por la sirena de emergencia del transatlántico Costa Deliziosa, al borde de encallar contra una terraza de la ciudad de los canales. La imagen, digna de serial apocalíptico, no es sorpresa para una ciudad que ha visto en apenas un mes a dos de estos buques lanzarse contra la tierra de manera incontrolable. Venecia está de uñas y no es para menos, teniendo en cuenta que el conglomerado del comercio local es insostenible para la vida ciudadana. Hace días, la propia Donna Leon -recordemos que es la creadora de la saga de literatura negra en torno al comisario veneciano Brunetti- renegaba de su vida en la villa 'rara avis' por la imposibilidad de adquirir un mísero botón con el que remendar una camisa, engullido el comercio al uso por el mercado turístico y los baretos 'fast food'. Lo mejor que puede ocurrirle a una ciudad portuaria -véase el caso de Livorno y Civitavecchia- es la lejanía del atraque con las ciudades estrellas: en caso de visitarse Florencia o Roma a más de una hora de trayecto, respectivamente, los cruceristas se ven obligados a causar gasto y no recrearse en el comedor de a bordo; en el caso de evitar el viaje en tren o bus, al conocer las ciudades de desembarque remueven la economía local.

El crucero es la engañosa manera que tiene el ser humano de ambientar su vida en épocas pasadas, siendo además una sutil y efímera estrategia para añadir países a nuestros recuerdos veraniegos. Hace apenas un mes, contemplaba el Tirreno en calma en mitad de la noche -tras cenar vestidos de gala con Félix, un madrileño con padre de Talaván; también con Esther, una valenciana con madre jerezana, y unos navarros hijos de paisanos de Monesterio- cuando meditaba junto a un guardia civil de Peraleda sobre las ventajas y desventajas de tamaña aventura. Cómo cuesta no encontrar un hijo o nieto del terruño en la cubierta. Tiene el mar un sólido argumento para atraer la atención del veraneante extremeño, muy en sintonía con nuestra Historia que es la de la nación, aportando marinos de la talla de Sebastián Vizcaíno, Juan Patiño -camarada de Colón en la primera gran aventura mar mediante- o Hernando Bustamante, marinero emeritense que regreso de la primera vuelta al mundo junto a Elcano.

Personajes lejanos y valientes ante un mismo mar que me aterroriza ante la simple idea de que el bote salvavidas está equipado con agua y comida liofilizada para dos semanas, sin duda no es garantía de plazos en pleno siglo de la comunicación.

Pero la vida a bordo es maravillosa para un extremeño, un señor de provincias, incluso el capitán convoca al pasaje para que puedan disipar dudas del viaje. Todos los presentes se afanan en levantar la mano, especialmente un tipo de Almaraz, al que como al resto le interesa la evacuación de basuras y la gestión del combustible por encima de otras cuestiones marineras. Muy lejos de sentirse cómplices de la polución, el público cuestiona la efectividad vía interna de la extracción de sus males de estómago. Tímido, pienso en levantar la mano, aunque desisto. Me habría gustado saber más sobre el día a día del capitán, un serbio recio con un segundo de a bordo de aspecto nada fiable. Y por supuesto, sobornarlo para que, en caso de estrepitoso choque contra el iceberg de turno o la estatua barcelonesa de Colón, me guarde una bala del supuesto revólver que los capitanes llevan a bordo como máxima autoridad.

Lejos de conseguir un descanso soñado en la vida marina, no tardo en pasar un día en la extremeñizada Punta Umbría para desquitarme del crucero cuando, justo pasando un grandullón de Almendralejo por la orilla al que saludamos mostrando los encantos de la axila, salgo del agua aterrorizado por la cantidad de plástico flotante. Algún día los extremeños tendremos que buscar diversión, lejos muy lejos, del mar.