Extremadura siempre llega tarde

Extremadura siempre llega tarde
Manuela Martín
MANUELA MARTÍNBadajoz

La semana pasada fue el tren, el eterno tren y sus averías. Esta semana es la Isla de Valdecañas. Dos noticias muy diferentes. Pero con una clara conexión: ambas que Extremadura ha llegado tarde a casi todo. Ha llegado tarde a la construcción de infraestructuras clave para la economía, y por eso tenemos unos trenes que son pura arqueología; y llegó tardísimo (o nunca) a la industrialización, y por eso tenemos una naturaleza preciosa... que no se puede tocar.

Mientras en el resto de España se levantaban fábricas y se construían urbanizaciones turísticas sin tener que cumplir ni una ley ambiental, que entonces no existían, Extremadura se convertía en un paraíso natural. Eso sí, miles de extremeños tuvieron que emigrar en busca de trabajo. Y siguen emigrando porque hay pocas iniciativas que creen empleo y las pocas que se presentan se enfrentan a incontables obstáculos. Ahí está el proyecto polémico y fallido de la refinería como ejemplo más notable. La Isla de Valdecañas es otro caso que ilustra hasta qué punto Extremadura ha llegado tarde al desarrollo. ¿Cuántas urbanizaciones turísticas se han construido en los últimos 50 años en España sin atender a controles medioambientales?

El resort de Valdecañas se aprobó por la Junta deprisa y mal en la última etapa de Ibarra, en 2007. Años después los tribunales dieron la razón a las organizaciones ecologistas que defendieron que la construcción era ilegal. Los jueces dictaron su demolición y después de largos pleitos el informe que acaba de entregar la Estación Biológica de Doñana da argumentos para seguir adelante con el derribo porque considera que las edificaciones dañan la avifauna de la zona, que está especialmente protegida.

Y así estamos, pendientes de que la piqueta se lleve por delante una urbanización que, según los vecinos de los pueblos afectados, aporta actividad económica al entorno. Salvo que los jueces cambien de opinión y tengan en cuenta factores socioeconómicos y no solo las leyes medioambientales la Marina Isla de Valdecañas está abocada al derribo. Que será legal, por descontado, pero catastrófico para unos pueblos a los que no les sobra el empleo. La pregunta que se deberían hacer todos los políticos y la propia sociedad es si a Extremadura le compensa que la mayor parte de su territorio goce de unos niveles de protección ambiental tan altos que coartan la actividad económica, que siempre causa un impacto, no lo olvidemos.

Es probable que si se derriba Valdecañas los milanos reales críen con más libertad y los cormoranes tengan todo el embalse por suyo para ensayar sus hermosos vuelos, pero también que algún que otro paisano de El Gordo o Berrocalejo que ahora tiene empleo en el complejo tenga que buscarse trabajo en Madrid o quién sabe dónde. Lo que es seguro es que el 'hábitat' que va a poder pagarse ese emigrante en el extrarradio madrileño es más estrecho y de peor calidad que el de los cormoranes de Valdecañas.

Los ecologistas cumplen con su función al reclamar que se apliquen las leyes que protegen el medio ambiente. Pero los políticos deberían legislar y gobernar para que la protección de la naturaleza sea compatible con la actividad humana.

Si hay una comunidad en España en la que sobran hectáreas de campo virgen es Extremadura. Las figuras de protección de la naturaleza, que fueron aplaudidas a rabiar hace unas décadas porque pusieron freno a barbaridades urbanísticas en toda España, se pueden convertir en Extremadura en un corsé que limite el desarrollo humano más allá de lo razonable.

Los territorios españoles que tienen unos niveles de renta más altos, empezando por las comunidades del norte, han logrado combinar ambos objetivos: tener empleo bien pagado en industrias y preservar zonas naturales valiosas. Eso demuestra que la naturaleza no es incompatible con un crecimiento ordenado. En Extremadura no se van a cometer la tropelías que se produjeron en los años 60 o 70 del pasado siglo en muchas costas españolas porque las leyes actuales lo impiden. Ya no existe el desarrollismo salvaje de esa época. Valdecañas no es Benidorm.

Pero si convenimos en que aquí no se toque ni una hoja Extremadura seguirá condenada a un futuro incierto. Continuará siendo una región amable y atractiva para el viajero ocasional (y para el extremeño que goza de un buen empleo) y será un madrastra ingrata para quienes no tienen más remedio que marcharse porque no encuentran trabajo aquí. Cada vez más hermosa y cada vez más vacía.

 

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