Extremadura defiende su carne

«La diferencia entre intensivo y extensivo se nota en la calidad de la carne», cuenta el ganadero Antonio Holguín. /Francisco Vázquez
«La diferencia entre intensivo y extensivo se nota en la calidad de la carne», cuenta el ganadero Antonio Holguín. / Francisco Vázquez

Las recomendaciones de la OMS y la ONU por reducir el consumo preocupan a los ganaderos extremeños, que avalan los beneficios de la producción en extensivo

José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

Comer carne no está de moda. Cada año se reduce el consumo por persona en nuestro país y son los mayores de 50 años las que la mantienen en su lista de la compra. El descenso en los últimos cinco años ha sido de más de cinco kilos por habitante. En 2013 cada español consumía más de 53 kilos de carne al año y el pasado 2018 apenas superó los 46 kilos, según el Informe del Consumo Alimentario que publica el Ministerio de Agricultura.

En ese mismo estudio se refleja que si el responsable de las compras en el hogar tiene menos de 35 años el consumo se queda en los 33 kilos por persona al año, pero si quien hace la compra supera los 50 años esa cantidad se eleva por encima de los 56 kilos. «El consumo está cambiando y la gente joven tiene unos hábitos diferentes, pero cuando van cumpliendo años vuelven a la carnicería», detecta José Antonio Bernal, propietario de la carnicería Bernal en Plasencia.

En Extremadura los datos son aun más bajos. En 2018 el consumo superó por muy poco los 38 kilos por persona y año. Los motivos hay que buscarlos en tres líneas diferentes. Por un lado está el poder adquisitivo. La carne, sobre todo si es de calidad, es un producto caro y el panorama laboral de los jóvenes en nuestro país no les permite muchas alegrías en su lista de la compra.

«Dejé de comer carne para no formar parte de una cadena que maltrata a los animales», detalla Raquel García-Hierro, vegetariana.
«Dejé de comer carne para no formar parte de una cadena que maltrata a los animales», detalla Raquel García-Hierro, vegetariana. / Casimiro Moreno.

La salud es otro de los factores que influye. Las advertencias sanitarias sobre la carne roja y la carne procesada han calado en la sociedad. La OMS (Organización Mundial de la Salud) lleva tiempo insistiendo en la necesidad de moderar el consumo de ambas para reducir el riesgo de cáncer. «Por carne roja entendemos la de vacuno mayor y de caza, mientras que el cordero y el cerdo se clasifican en función de su edad», detalla Fidel Enciso, jefe de servicio de Endocrinología en el Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres.

En la actualidad, los extremeños son los españoles que menos carne comen. Aun así, están por encima de lo aconsejable según la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición. «Lo recomendable sería entre tres y cuatro raciones a la semana, en las que debe abundar la carne blanca, dejando la roja para un consumo ocasional de dos o tres veces al mes», añade Enciso, que reivindica una vuelta a la dieta mediterránea, en la que las legumbres y los vegetales deben tener más presencia que la carne.

Nada de carne ni pescado come Raquel García-Hierro. Su motivación está más relacionada con el bienestar animal. «Dejé de comer carne porque no quería formar parte de una cadena en la que se maltrata a los animales, y yo era de jamón ibérico y filetes de ternera muy poco hechos», aporta esta pacense que tiene su propio huerto y produce algunos de los alimentos que llegan a su plato. «Mi pareja ha reducido mucho el consumo de carne y pescado y lo nota positivamente desde el punto de vista de la salud», dice García-Hierro, que no toma ningún tipo de suplemento y que incluye en su dieta leche y huevos siempre que sean ecológicos.

«El consumo está cambiando y los jóvenes tienen unos hábitos diferentes», indica el empresario placentino José Antonio Bernal.
«El consumo está cambiando y los jóvenes tienen unos hábitos diferentes», indica el empresario placentino José Antonio Bernal. / Andy Solé.

Medio ambiente

Por último, las alertas medioambientales acerca de la huella de carbono –el indicador ambiental que refleja los gases de efecto invernadero emitidos– que dejan las explotaciones ganaderas han vuelto a ponerse de actualidad. «No son nuevas, pero ahora se han relacionado con su incidencia en el cambio climático», expone Carlos Garrón, miembro de Ecologistas en Acción, en referencia al informe de la ONU (Organización de Naciones Unidas) que indica que hay que cambiar la dieta para frenar el cambio climático.

En ese sentido, la reducción del consumo de carne también se encuentra entre las recomendaciones para hacer más sostenible la cadena productiva. Una de las personas que sigue este consejo es Isabel García. «Comer carne es necesario, pero no en los niveles en lo que lo hacemos», dice esta joven de Montijo, que intenta llenar su cesta de la compra de productos ecológicos y de cercanía.

En la misma línea se mueve Bernal, cuya empresa tiene un pequeño camión con el que recoge los animales de ganaderos de la zona que luego vende en su carnicería.

Precisamente ese concepto de sostenibilidad es el que también defienden los productores extremeños. «En la región predomina el modelo extensivo frente a las explotaciones superintensivas», en palabras de Ignacio Huertas, secretario general de Upa-Uce en Extremadura, que dirige su mirada hacia otros países, principalmente del centro y norte de Europa, cuando se habla de producciones en intensivo.

«La ganadería tiene un impacto ambiental mínimo comparado con otros sectores», dice el ganadero Gonzalo Llorente.
«La ganadería tiene un impacto ambiental mínimo comparado con otros sectores», dice el ganadero Gonzalo Llorente. / Hoy

«La diferencia entre intensivo y extensivo se nota en el medio ambiente, pero también en la calidad de la carne; nuestro modo de explotar el terreno le hace bien a la naturaleza», indica Antonio Holguín, ganadero de ovino en la comarca de La Serena.

Gonzalo Llorente, por su parte, tiene 150 vacas y 600 cerdos en unas 500 hectáreas de dehesa. Este joven ganadero defiende la labor que realizan los profesionales del campo a la hora de gestionar el territorio y mantener los ecosistemas. «Hago una rotación de pastos eficiente y utilizo el estiércol como abono», afirma. Por eso no comprende las críticas hacia un sector que fija población en el mundo rural y que, entre otras cosas, sirve para evitar la propagación de incendios. «La ganadería puede tener un impacto ambiental, pero es mínimo comparado con otros sectores y, en cualquier caso, aporta más ventajas que inconvenientes al medio ambiente», puntualiza.

El modelo agrario que cita Llorente no presenta diferencias con el que respaldan las asociaciones ecologistas, que centran sus críticas en la generación de residuos que no puede asumir el territorio; las emisiones; la estabulación de animales y las grandes cantidades de cultivos que son necesarios para la elaboración de piensos, así como los suplementos alimenticios y medicamentos que se utilizan en su engorde.

Estas características son propias de la ganadería en intensivo –o industrial– y los productores extremeños no se identifican con ellas. «El ovino en pastoreo absorbe una gran cantidad de carbono; nuestro modelo de producción es casi cien por cien extensivo en la región», afirma Raúl Muñiz, miembro de la cooperativa de ovino Ea Group.

En una situación similar está el vacuno. «Hay 9.850 explotaciones en la región y el 99% de las de carne son extensivas», confirma Huertas, que reconoce que la ganadería avícola sí es mayoritariamente intensiva. «Hay pocos productores en la región, unos 40, y los residuos que generan son asumibles», entiende el dirigente agrario.

En el caso del porcino, de las 13.327 explotaciones extremeñas a las que se refiere Huertas, más de la mitad son intensivas. «Pero no hay una concentración que pueda ser perjudicial y no tenemos esas megaexplotaciones que sí hay en otros lugares», detalla.

«Creo que comer carne es necesario, pero no en los niveles en los que la comemos», opina Isabel García, flexitariana.
«Creo que comer carne es necesario, pero no en los niveles en los que la comemos», opina Isabel García, flexitariana. / Pakopí.

Sin embargo, no es la misma percepción que tienen los ecologistas. «La ganadería extremeña también va hacia el intensivo; no hay día que el DOE no publique autorizaciones para explotaciones porcinas y avícolas en intensivo», apunta Garrón, que no culpabiliza a los productores sino al sistema. «Los ganaderos se ven obligados a tener más animales de los que admiten sus explotaciones y a recurrir a piensos para ser rentables; las ayudas de la PAC van en esa línea e impiden la existencia de pequeñas producciones y pequeñas industrias de transformación que serían una forma de luchar contra la despoblación», apostilla.

Coincide Huertas en la necesidad de que la Política Agraria Comunitaria favorezca las explotaciones extensivas, algo que no hace en la actualidad. «Antes existían ayudas que contribuían al desarrollo del extensivo», recuerda el dirigente agrario.

Los productores consideran que su gestión del territorio es positiva para el ecosistema mientras crece el número de consumidores que rechazan la carne por motivos éticos

Por ello, Garrón ve la solución en la agroecología. «No hay que eliminar la ganadería, en Extremadura hay zonas de pasto que solo puede aprovechar el ganado, pero hay que volver a producir como se hacía en la región en los años 80 y principios de los 90», concluye.

Más allá de la ganadería, Extremadura también nutre de carne de caza a los mercados. En este caso, las asociaciones del sector entienden que los productos obtenidos en acciones cinegéticas «cumplen las recomendaciones de la ONU por su carácter natural y sostenible y generan escaso impacto en el medio», según informan desde Asiccaza, la interprofesional de la carne de caza.