Extravagancia al poder

Extravagancia al poder
ALFONSO CALLEJO

La preocupación por merecer gobiernos justos se remonta a la más lejana antigüedad. Ya Confucio se preguntaba cómo sabrá gobernar a los demás quien no sabe gobernarse a sí mismo. Hasta no hace mucho tiempo yo era de la opinión, por ejemplo, de que el caso de Hitler fue un accidente de la Historia, que lo normal en el mundo moderno era encontrar en los dirigentes aquellas virtudes que les hicieran destacar entre los mejores, los más preparados, moderados y con visión de estado. Puede ser resignadamente aceptable que el presidente de la comunidad de vecinos sea un botarate al que el cargo le toca por turno, con la tranquilidad de que el alcalde, el presidente del gobierno o los máximos dirigentes del planeta posean un elevado concepto de la justicia que les permitan conducirse con moderación, diálogo y ecuanimidad.

Pero quienes así pensábamos comenzamos a caer de la burra con gobernantes como Silvio Berlusconi y sus fiestas con prostitutas, sus excesos y abusos propios de un magnate con escasos escrúpulos. La 'era Trump' ha traído la consolidación de los estilos de gobierno más indecorosos, donde el racismo y el desprecio a los extranjeros se conjuga con el veto a periodistas y otras lindezas. Parecería que el liderazgo de la extravagancia fuera más propio de épocas medievales o de dictaduras en las que se ha accedido al poder mediante la violencia; chiringuitos presidenciales como el de Nicolás Maduro o el de ese coreano que manda ejecutar (o poco menos) al sastre porque no le gusta cómo le ha quedado el traje, deberían ser lamentables excepciones. Pero acceder por sufragio, con el voto de millones de ciudadanos otorgado a esta calaña dirigente que carece de la necesaria excelencia moral es extremadamente preocupante, porque se evidencia que las sociedades han perdido la virtud de encontrar la verdad. Y ahí tenemos a Salvini y al recién estrenado Boris Johnson, cuya ambición de poder se ha nutrido en su carrera de la frivolidad y la más absoluta falta de integridad.

En un mundo donde los extremismos se han dilatado hasta el punto de disputar la primacía a la centralidad, a las masas parecen encandilarle los exabruptos, las salidas de tono y las extravagancias; asistimos a una verdadera subversión de lo «políticamente correcto». Y este fenómeno tiene, a mi juicio, dos orígenes: por un lado, la creencia de que cualquiera vale para líder. Esta es la razón del acceso a la política en tropel con másteres falsos, currículums inflados o tesis plagiadas, con faltas de ortografía.

La 'era Trump' ha traído la consolidación de los estilos de gobierno más indecorosos

Pero también tiene que ver con la forma en que nos es presentada la realidad. Antes el mundo de la información, a través de la cual conocíamos las actuaciones, las opiniones o las decisiones estaba en manos del periodismo profesional con éticas acrisoladas y tratamiento riguroso de fuentes informativas. Ahora prima mucho más lo que vemos en las redes sociales, donde cualquier indocumentado puede exitosamente introducir sesgos, posverdades o falsedades que se propagan como la hiedra creando 'fakes' y tendencias de opinión que son adoptadas por la masa sin rechistar. Algoritmos y otros influencers han hecho, en efecto, que las elecciones y los referéndums los cargue el diablo. Pero feliz verano y olvídense de todo esto.