Un europeo, un voto

Un europeo, un voto
JOSÉ M. DE AREILZA

Estas son las elecciones europeas más importantes desde 1979, cuando el Parlamento de Estrasburgo alcanzó la mayoría de edad y comenzó a ser elegido directamente por los ciudadanos. No solo elegimos a nuestros representantes, sino que nos jugamos la misma idea de Europa, amenazada en casi todos los Estados miembros por distintos partidos de signo populista o nacionalista, pero todos ellos contrarios a las identidades compatibles y abiertas y a los valores democráticos que dan sentido a la integración. La Cámara es ya un actor político de primera fila, un auténtico co-legislador con el Consejo, que agrupa a los Estados miembros. Si alguien duda de si el Parlamento Europeo ejerce verdadero poder, basta recordar que diez mil lobistas trabajan a tiempo completo para influir a diario sobre sus miembros. Es cierto que el diseño institucional de la Cámara puede mejorar todavía en algunos aspectos. No tiene sentido alguno que anualmente utilice tres sedes -Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo-, que carezca de iniciativa legislativa o que no disponga de mecanismos para otorgar su confianza a un gobierno de la Unión surgido de la mayoría resultante en cada elección. Pero todas estas reformas serán más posibles si elegimos partidos comprometidos con el futuro de la Unión.

Sin duda, el valor simbólico más importante de la Cámara es que representa al ciudadano de a pie, a partir de la fórmula elemental de un europeo, un voto. Es cierto que las circunscripciones siguen siendo nacionales y que no disponemos de listas paneuropeas, como aspiran a conseguir un día algunas formaciones políticas. Sin embargo, la voz de cada uno de nosotros cuenta al optar por distintas maneras de entender Europa. En la idea original de Jean Monnet y de los demás impulsores de la integración, no era prioritario desarrollar un parlamento con poderes reales. La construcción europea se entendía como una urgencia histórica, guiada por los objetivos de asegurar la paz y compartir la prosperidad. El contexto excepcional de la postguerra y el inicio de la guerra fría justificaba la búsqueda ante todo de resultados políticos y económicos. La institución primordial era la Comisión, dotada de verdaderos poderes legislativos y ejecutivos y configurada como un conjunto de agencias independientes. Su contrapeso estaba en el Consejo, donde se negociaba la legislación europea propuesta a partir de los intereses nacionales.

Solo con el paso del tiempo y el desarrollo de la integración se hizo necesario crear un parlamento con auténticos poderes de control político y legislativos. Los ciudadanos han pasado a a tener voz propia en una organización política imperfecta pero que desarrolla los principios de representación y rendición de cuentas. Las distintas visiones de Europa, en términos de preferencias políticas e ideológicas, compiten en estas elecciones como formulaciones del bien común a escala continental. Depende de cada uno de nosotros dar continuidad la aventura política más interesante y exitosa del siglo XX.