Estupefacciones

Imagen de archivo de tres personas con las banderas de Extemadura, Cataluña y España en la puerta del Ayuntamiento de Barcelona. /J. Armestar
Imagen de archivo de tres personas con las banderas de Extemadura, Cataluña y España en la puerta del Ayuntamiento de Barcelona. / J. Armestar
SALVADOR CALVO MUÑOZ

¿Será posible? Lo será, sin duda; pero vamos a ver, ¿cómo fue que, sentaditos en una mesa de la terraza de la cafetería 'Zurich', en plena plaza de Cataluña, departimos amable y cordialmente con Joaquim Rossell y Carol, abogado de postín en plena Rambla, y luego resulta que una señorita maestra de mente cerril y obtusa increpa y veja a una niña que pintó una bandera rojigualda en su cuaderno?

Pues lo es. Es posible. Porque nuestro amigo Joaquim, catalán de pro, de apellidos y de vida laboral en juzgados y tribunales de Cataluña, de casa hogar y despacho en plena Rambla, es una mente abierta que se enorgullece de conocer Trujillo, Granada, los Picos de Europa y los olivares de Jaén. Tanto en un sitio como en otro, se siente cómodo y en casa. Esto es lo que hay y que nos faltaba decir: amén de abogado de prestigio, Joaquim es cazador, y escopeta, o rifle, al hombro, ha conocido los paisajes y las gentes de la ancha Península, lo cual ha tirado por tierra la negra e insana idea de que los de aquí somos así y mejores que los demás. Obvio: el catetismo, la cerrazón y el nacionalismo exclusivista se curan viajando.

¿Sería posible? Lo era, sin duda. He allí que salíamos algunas noches de bares y vinos por las calles del alma salmantina. A un lado, un chicarrón de Algorta, Juanjo Soria Llodio, y al otro, un mocetón de Munguía, Ramón Arencibia; en medio, un cacereño corriente y moliente. Qué llaneza, qué cordialidad, qué bonhomía la de aquellos dos hombretones estudiantes de medicina en la Salamanca dorada de los años setenta. Y sin embargo acababa de empezar la rutina del tiro en la nuca, las explosiones bárbaras y las manifestaciones de odio cerril, que han durado hasta antes de ayer y que si ya no suenan los estampidos, sí las voces de los que otrora llevaban el 'fierro' en bandolera.

¿Será posible? Pues lo es. Las amigas peregrinas han empezado hogaño el Camino del Norte. De Irún a San Sebastián, de San Sebastián a Zarauz, de Zarauz a Deba, de Deba a Marquina, de Marquina a Guernica, de Guernica a Lezama, de Lezama a Bilbao y de Bilbao a Portugalete. ¿Y qué tal? Maravilloso, precioso, todo lo que diga es poco. ¿Y la gente? Amable, sencilla, cordial, encantadora. ¿Y sin embargo? Sin embargo, pasquines, pintadas, alusiones, odio cerril en las paredes, luego la gente de los hostales, de los bares, con las que tratábamos, todo lo contrario. ¿Cómo se explica?

¿Fue posible? Lo fue. Rafael de Casanova, el que dicen padre de la patria catalana, era un españolazo de tomo y lomo. ¿Qué no? Entérense bien y verán. Blas de Lezo, Elcano, Cristóbal de Mondragón, honra y prez de la patria común, y ahora mirados de refilón y con inquina por los gudaris modernos.

Clamé al cielo y no me oyó. Ante tantas antinomias, calaré el chapeo, miraré al soslayo, dejaré por imposible el eterno orteguiano de la 'España invertebrada' y gobernarán mis días mantequillas y pan tierno. A la postre, los que tuvimos la fortuna de vivir los textos desde San Millán hasta, pongamos por caso, Gabriel Celaya, podemos refugiarnos en la grandeza de las palabras. ¿Por qué no volver y repasar a nuestros viejos maestros como don Miguel, don Pío, don Salvador Espriu o don Josep Pla?

Seguro que a las mentes cetrinas euskaldunas o de la CUP les sienta como un tiro que disfrutemos de aquellos que con muchísimas más razones que ellos se sintieron tal que nosotros hijos de la 'pell de brau', la vieja piel de toro.