Escultores del viento

En estos meses veremos a muchos trileros de baja cama y alto sueldo, pero sin la gracia ni la bondad de El Caracolillo

Escultores del viento
Tomás Martín Tamayo
TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Conocí a uno, el Caracolillo, que vendía frascos, «certificados» por él mismo, con tierra del Monte de los Olivos, donde los soldados del Sanedrín apresaron a Jesucristo. Ponía su tenderete en alguna plaza concurrida y con buen tono teatral, relataba el episodio, como si hubiera estado presente. Para los muy fieles tenía botellitas con agua del mar de Galilea, sobre el que caminó Jesús. Le iba bien porque, cuando la feligresía comenzaba a sospechar -no era posible que quedara monte después de tanta extracción-, cambiaba las etiquetas y la tierra del Monte de los Olivos pasaba a ser del Gólgota y el agua, que salía del mismo grifo, ahora la etiquetaba como del Jordán. Tenía oficio y cuidaba los detalles. Frascos y botellitas estaban ilustrados con dibujos de Jesús caminando sobre las aguas, padeciendo el tormento de la crucifixión o recibiendo el bautismo de las manos de San Juan. Por aquella época yo ganaba 90.000 pesetas al mes y el Caracolillo, que vivía en la misma pensión cordobesa, pasaba de las 200.000, por lo que alguna vez se estiraba y nos invitaba a medios de fino y boquerones en vinagre.

Allí estábamos cinco maestros, que parecíamos economistas, por los cálculos que teníamos que hacer para pagarle a doña Emilia y, cuando se interponía algún imprevisto, tipo pantalón vaquero, juerga extra o zapatos, estaba el Caracolillo para prestarnos las pesetillas que se habían distraído. Era un pícaro bueno y con recursos, que un día se presentó en la pensión con una puerta vieja y carcomida por las termitas. La había recogido entre los escombros de una obra y nos la mostraba como si fuera el Santo Grial: «De aquí saco yo más de cien trozos 'de la cruz de Cristo' y otros tantos de la nao Santa María, en la que navegaba Colón». Para nuestro asombro, trocito a trocito, vendió la puerta entera, pero la mala fortuna hizo que una de aquellas esquirlas acabara en manos de una piadosa señora de Ávila que, por cien pesetas, la llevó a su casa en una urna de cristal, como un trozo del ataúd de Santa Teresa... ¡Y era la madre de un comandante de la Guardia Civil!

El Caracolillo entró en la cárcel y de allí no salió. Ni siquiera nosotros, todos maestros de II.PP, pudimos hacer nada por él, porque en la cárcel hay días de 72 horas y nuestra protección era muy corta. Adaptó su negocio al ámbito penitenciario, con un sistema de apuestas basado en las quinielas y allí dentro los «trinques», por pequeños que sean, tienen un precio muy alto. No es buen sitio para los escultores del viento y el Caracolillo no se pudo levantar cuando llamaron para la cena.

¿Pero cuánto sinvergüenza, sin gracia y sin desparpajo, viven de darnos sablazos, investidos de dignidad, vendiéndonos su falsa mercancía, incluso protegidos por la Guardia Civil? ¿Cuántos usan y abusan de la fe, de los que necesitan creer que una puerta vieja es la cruz de Cristo, la nao de Colón o el ataúd de Santa Teresa y en vez de cárcel pisan moqueta? El Caracolillo vendía tierra de un parque, como del Monte de los Olivos y por unas pesetas entregaba un frasco de ilusión, pero ¿qué nos dan los mercaderes de la palabra que con nuestra buena fe nos apuñalan, nos mienten y nos roban legalmente? En estos meses veremos a muchos trileros de baja cama y alto sueldo, pero sin la gracia ni la bondad de El Caracolillo.