Sí, escribo como una mujer

Sí, escribo como una mujer
IRENE SÁNCHEZ CARRÓN

Escribo poesía y he tenido la fortuna de publicar algunos libros. Después de muchos encuentros literarios y lecturas poéticas, ya casi me he acostumbrado a que alguien del público se acerque y me lance la pregunta de rigor: «Y en tu caso, ¿cómo prefieres que te llamen, poeta o poetisa?» Reconozco que la primera vez que me lo preguntaron, no supe qué decir. Jamás me había parado a pensarlo. En realidad, lo único que me había planteado había sido leer mucho, tratar de escribir y buscar vías para publicar mis textos.

Esta y otras preguntas que me hacía la gente en algunos actos literarios me hicieron darme cuenta de que algo no funcionaba con normalidad. Precisamente por las preguntas que nos hacen, muchas artistas nos percatamos de que no estamos siendo tratadas de la misma manera que se trata a nuestros compañeros varones: «¿Consideras que existe una poesía femenina?» «¿Sientes que escribes como una mujer?». Claro que escribo como una mujer. Soy una mujer, por tanto todo lo que hago, para bien o para mal, lo hago desde mi posición de mujer. ¿Alguien tiene algún inconveniente? Es evidente que sí, ya que durante mucho tiempo se ha considerado que hacer cosas como una mujer era hacerlas peor. Imaginen la cara de un hombre al que le preguntaran si escribe como un hombre.

En una de las primeras entrevistas que me realizaron a raíz de la obtención del premio Adonáis, fui consciente de que poco o nada importaba lo que había escrito. El titular de la entrevista fue algo así como esto: «Una mujer escribe un poemario durante su baja por maternidad». Se me ocurrió mencionar ese dato de pasada, al hilo de algo, y ese fue el titular que obtuve. Importaba que fuera mujer y que fuera madre. Lo que era digno de ser resaltado era que, pese a estos dos graves «inconvenientes», había sido capaz de escribir mi poemario y de obtener un premio. Noté que algo iba mal. Algunos compañeros varones estaban en la misma situación, pero nadie se fijaba en esas circunstancias personales.

Muchas escritoras han sabido reflejar en sus textos el desasosiego que provocaba en su entorno su actividad literaria. Lo normal era que la sociedad rechazara sus inclinaciones artísticas. Ante esto, la postura más común de la mujer era sentirse un ser raro y, en el peor de los casos, una persona desequilibrada. Son muchas las escritoras que transmiten la sospecha de no estar completamente cuerdas.

Rosalía de Castro, una de las pocas poetas reconocidas y respetadas por el canon, se denomina a sí misma «loca». «Ahí va la loca, soñando» dice en uno de sus poemas más conocidos.

La extremeña Carolina Coronado ofrece un panorama desolador en un poema titulado «La poetisa en un pueblo». En este texto Coronado refleja el rechazo que genera en una sociedad provinciana que una mujer escriba poesía: «¡Ya viene, mírala! ¿Quién?/ —Ésa que saca las coplas. /—Jesús, qué mujer tan rara. / —Tiene los ojos de loca». El poema es interesantísimo por el retrato minucioso y lleno de plasticidad que realiza del entorno de la artista. Con estilo ágil y gran precisión lingüística, la escritora de Almendralejo compone una pieza memorable en la que la mujer artista es tachada de loca por sus vecinos, e incluso acusada de mentirosa, ya que se duda de que sea ella quien escribe: «Esos versos los compone / otra cualquiera persona, / y ella luego, por lucirse, /sin duda se los apropia». El veredicto de la sociedad deja claro cuál es el papel de la mujer: «Más valía que aprendiera / a barrer que a decir coplas». Y finalmente, los lectores presenciamos cómo es excluida del grupo: «—Vamos a echarla de aquí./—¿Cómo?— Riéndonos todas./—Dile a Paula que se ría./—Y tú a Isabel, y tú a Antonia./Ja ja ja ja ja ja ja./¡Más fuerte, que no lo nota!/Ja ja ja ja ja ja ja./Ya mira, ya se incomoda,/Ya se levanta y se va.../¡Vaya con Dios la gran loca!»s.

No puedo evitar encontrar doloroso cómo algunas grandes poetas reflejan este ambiente hostil hacia su actividad. Gloria Fuertes, que acabó casi convertida en su propio personaje, nos ha legado versos que muestran esta preocupación, que en su poesía se convierte en tema recurrente. En algunos casos la autora no duda en definirse como loca y como vaga: «Ahí va Gloria, la vaga. / Ahí va la loca de los versos, dicen, / la que nunca hace nada». En la misma dirección van estos versos: «Hay quien dice que estoy como una cabra,/ lo dicen, lo repiten, ya lo creo».

Sí, es cierto que, a fuerza de decirlo, algunas escritoras acabaron creyéndolo e incluso adoptando el papel de loca frente a una sociedad que no concedía valor a sus logros artísticos. Hoy parece que avanzamos en el reconocimiento de las obras realizadas por mujeres, pero queda mucho por hacer. Hay muchas injusticias que aguardan el momento de ser corregidas. El canon debe revisarse. Las nóminas generacionales, sobre todo del siglo XX, deben incluir de una vez por todas a las mujeres olvidadas. Ya va siendo hora de dejar de rebajar la literatura escrita por mujeres a una categoría inferior. Escribimos como mujeres. Claro, es que somos mujeres.