Escribir con falsa ciática

Montaña de Cáceres, subir andando no es bueno para la ciática. :: E.R./
Montaña de Cáceres, subir andando no es bueno para la ciática. :: E.R.

Pasar horas ante el ordenador provoca dolencias corporales y molestias físicas de todo tipo

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Tengo ciática. Un dolorcino como picante, continuo, que no se puede decir que sea dolor, sino una rabiosa molestia incesante clavada en el inicio de la pierna, que se extiende por las espinillas, las adormece y me vuelve loco. No es una ciática de un rato, sino una ciática perpetua que me acompaña desde hace un mes.

Antes, cada vez que iba a visitar a mis padres, regresaba a casa con molestias, pero era una cosa pasajera, un malestar provocado por unos sillones muy señoriales que compraron mis padres, que son muy elegantes, sí señor, pero que a unos les castigan la espalda, a otros los hombros y a un servidor, las piernas y la cintura.

No sé si mis padres compraron esos rimbombantes sillones, más bien butacas, para que las visitas no se demoraran mucho en el potro de tortura, pero lo cierto es que, a pesar de que ellos ponen la mejor voluntad y colocan cojines y almohadillas, nadie sale de esa casa incólume.

Pero la ciática de ahora no es episódica, sino indefinida y la indefinición dura ya varias semanas. He aprendido a convivir con ella y he aprendido que se agudiza cuanto más tiempo paso sentado. Como vivo en sillas y sillones, veo mala solución para mi dolencia. Además, paso de consejos y prevenciones. Por ejemplo, en el trabajo tengo un reposapiés muy chulo en el que debería apoyarme cuando me siento. Pero no lo hago, me olvido, doblo la pierna, que es lo peor que se puede hacer. También debería levantarme cada cierto tiempo y hacer determinados ejercicios de estiramiento, pero también se me olvida y me pego unas sentadas memorables de varias horas durante las tardes.

Como lo que más me gusta es escribir, no soy capaz de levantarme y aparcar el deleite. Además, escribir me hace olvidar cualquier pena y cualquier dolor. Lo malo viene con el punto y final, que es a la escritura lo que el paroxismo placentero al amor: después, te quedas un poco vacío, como diciendo: ¿Y esto era todo? Pues sí, era todo: acabada la labor, queda el dolor y la nada.

Dicen mis amigas entendidas que, en vez de tanto cuento, debería tomarme una pastilla muy potente que hay para la ciática, pero temo a las pastillas potentes más que a cualquier dolor, así que no les hago caso y he preferido recurrir a mi fisioterapeuta, que se llama Virginia y es una muchacha muy eficiente que engaña: la ves tan sencilla y tan delicada y piensas que no puede tener fuerza para masajear con intensidad y resultados hasta que se pone manos a la obra y es un vendaval de eficacia poderosa e infalible.

Y así es mi vida, de la silla de escribir a la camilla de masajes, del dolorcino al alivio, de la queja al consuelo. Porque eso sí, me quejo mucho. Qué le voy a hacer, soy hombre. Ahí está mi mujer, con su tibia y su peroné recomponiéndose y sin soltar ni un miserable suspiro y aquí estoy yo, protestando, desesperándome, creyendo que seré para siempre un homo ciaticus, un pobre desgraciado, un escriba sentado y dolorido a menos que aprenda a contarle las historias al WhatsApp mientras voy caminando, en modo adolescente.

Porque lo de caminar es la solución, me lo recomiendan mis amigas entendidas y mi fisioterapeuta. Pero cuidado, no puedo subir a la Montaña porque las ascensiones castigan mi dolencia. Y ahí sí que me han 'matao'. Porque lo de llanear es lo más aburrido que existe, es que ni sudo. Pero hago caso y me voy paseando hasta el parque del Príncipe en busca del rodaje de 'Invisibles', la peli de Gracia Querejeta, por curiosear con dolor.

Vivo sin vivir en mí, aunque he encontrado un alivio no demasiado agresivo en el ibuprofeno, que me arregla algunas tardes. También me tranquiliza pensar en lo que ha diagnosticado mi fisio. «Lo tuyo es una falsa ciática fruto del estrés», me ha dicho y yo, encantado, porque pensaba que era fruto de algo tan viejo como la edad y resulta que es fruto de algo tan moderno como la ansiedad. Y así paso mis días, dolorido, pero contento porque todo es falso.