Ernest Lluch y la Extremadura que le abrió mundo

Ernest no dejaba de repetir en nuestras conversaciones que viajar y conocer realidades tan diversas para un catalán como esa región extremeña de finales de los cincuenta y primerosde los sesenta era la mejor fórmula para abrir la mente

RAFAEL RUBIOPERIODISTA

Hace unos días pude hacerme con la biografía de Ernest Lluch escrita por Joan Esculies y aparecida en marzo de este año. Llevaba un tiempo con ganas de leerla para comprobar si el texto incluía algunas de las reflexiones que Ernest quiso compartir conmigo sobre sus experiencias en Extremadura. Coincidí con él en Santander en 1989 y 1990 cuando era rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y yo dirigí durante aquellos dos años sendos cursos como presidente de la Asociación de Periodistas de Información Económica. Ernest tuvo siempre una magnífica relación con los medios de comunicación, colaborando con no menos de una docena de ellos de forma regular y participando en tertulias de radio. Tal vez, por ello su acercamiento resultó muy natural en aquellos atardeceres magníficos del Palacio de la Magdalena, sede de la Universidad.

Hijo del propietario de un taller de confección textil, cuya máxima aspiración era que lo heredaran sus hijos, a Ernest le tocó asumir responsabilidades en el negocio familiar a muy temprana edad. Con 17 años se hizo viajante de comercio de ligas, tirantes de goma, cinturones y un amplio muestrario de ante y piel de cuanto se confeccionaba en el taller paterno.

Su biógrafo subraya que aquellos viajes le abrieron un mundo a Ernest porque «le permitieron tener un trato de primera mano con personas de condición y origen muy diverso». A mí me contó que el mayor contraste lo encontró en Extremadura y que resultó una experiencia inolvidable que, al cabo de muchos años, no dudó en volver a recordar haciéndole partícipe a una de sus tres hijas con la que viajó por Cáceres y Badajoz. Hablaba mucho de Villanueva de la Serena, aunque recordaba bien Mérida, Badajoz, Zafra, Plasencia y Cáceres. Su biógrafo destaca que «Extremadura fue, sin duda, lo que más le cautivó de su periplo comercial… De su paso por la región le quedó el gusto, de por vida, por el gazpacho extremeño». Le quedó mucho más porque con el paso del tiempo restó importancia a aquellas primeras impresiones de las ciudades y pueblos extremeños, carentes de las más mínimas infraestructuras y de sus fértiles tierras apenas labradas para valorar mucho más el trato con los extremeños y admirar su carácter abierto y noble. Ernest no dejaba de repetir en nuestras conversaciones que viajar y conocer realidades tan diversas para un catalán como esa Extremadura de finales de los cincuenta y primeros de los sesenta era la mejor formula para abrir la mente y abrirse al mundo.

Aquellos primeros viajes le llevaron también a conocer las dos Castillas y más tarde estableció una estrecha relación con el País Vasco, especialmente con San Sebastián, donde pasaba largar temporadas y tenía muchos amigos. Eran, sin duda, actitudes y reflexiones insoportables para quienes no pueden ver más allá de los límites de su comunidad e incluso de su pueblo. Por eso, su destino estaba marcado por los intolerantes, aquellos que acabaron con su vida en noviembre del 2000, el mismo día en el que Extremadura perdió un amigo de sus gentes, sus tierras y pueblos.