Endiosamiento

Endiosamiento
JOSÉ LUIS GIL SOTO

Tendemos a presuponer cierto endiosamiento en aquellas personas que destacan en cualquier ámbito, una altanería que aumenta en la misma proporción en que el sujeto escala por la ladera de la fama y lo lleva a un punto inalcanzable, no para la vista, pero sí para el acceso al común de los mortales. Es inaccesible, decimos entonces. Y, si lo es, lo demuestra con un gesto de superioridad que a veces genera admiración entre sus seguidores y a veces rechazo. Pasa con deportistas de élite, con actores, músicos de fama, presentadores de televisión y famosos en general.

Cuanta más fama, más distante, y cuanto más distante más crece el deseo de una foto, una firma o un intercambio de palabras. Por eso, cuando de repente aparece una figura de fama universal que demuestra humildad y escaso engreimiento, crece el mito doblemente. Uno de esos ejemplos sería Rafa Nadal.

Pero no siempre se cumple esta regla. Y aún diría más: cada vez se da con menor frecuencia, especialmente cuanta más altura intelectual tiene el sujeto de que se trate. Que me perdonen ciertos famosos, pero me da la impresión de que el crecimiento geométrico del ego se manifiesta con mayor evidencia con la juventud y con la escasez de formación, aunque no sería justo generalizar. Hay, por supuesto, excepciones.

Se suele cumplir al regla en el mundo de las letras. Este fin de semana se han congregado en la Feria del Libro de Madrid la mayor parte de las figuras literarias de este país y parte del extranjero, escritores consagrados por la crítica y por los lectores, laureados muchos de ellos, seguidos por una legión de admiradores que los eleva a las nubes. Y sin embargo, estaban allí, parapetados en una caseta endeble, rodeados de libros, sin guardaespaldas ni seguridad alguna, sin más arma que un bolígrafo con que firmar ejemplares de su obra, regalando sonrisas, besos y fotos.

He tenido la oportunidad de estar con Rosa Montero, que podría anteponer una barrera de hormigón si quisiera y seguiría siendo deseada por los lectores, pero reía las ocurrencias, agradecía cada comentario con la sinceridad de una niña y regalaba el mejor de los semblantes a todo aquel que se le acercaba. Y lo mismo digo de Muñoz Molina, a quien le brota la bonhomía por los ojos cuando sonríen al hablar, o Juan Gómez-Jurado, que terminó firmando en pleno parque de El Retiro detrás de las casetas cuando cerraron sin dejar de bromear, sonreír y fotografiarse con todo el mundo. ¿Y qué decir de Luis Landero? Se siente uno orgulloso de pertenecer al gremio y de ser su paisano cuando lo ve dando sorbos a su Mahou mientras charla con sus admiradores.

No todos son iguales, ya lo sé. Pero a veces unos endiosan a otros en su propia imaginación, mientras quienes asumen las consecuencias de la fama siguen siendo como fueron siempre, personas que bajan la basura, compran en el súper o pasean al perro. A esos me refiero y a esos son a los que más admiro.