Empanadillas en plato de Duralex

Tazas y platos tradicionales de Duralex de color ámbar. :: HOY/
Tazas y platos tradicionales de Duralex de color ámbar. :: HOY

Cómo se las arreglan las madres para seguir utilizando vajillas de hace medio siglo

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Ayer apareció mi suegra por casa con un plato lleno de empanadillas rellenas de tomate y bonito, calentitas, recién hechas, deliciosas. Pero lo que me llamó la atención no fueron las empanadillas, sino el plato en que las traía: de cristal blanco, con un par de leves pincelada que algún día fueron de color rosa y gastados, muy gastados. Indagué acerca de aquel plato y mi mujer me informó de que formaba parte de una vajilla que mi suegra compró en Andorra hace 50 años, cuando el duralex, que no sé si se escribe con mayúscula o con minúscula por desconocer si es marca o es materia. Pues eso, que hace medio siglo, esas vajillas de platos de duralex de color blanco con motivos florales solo los vendían en Andorra.

El plato en que trajo mi suegra las empanadillas tuvo en su momento una decoración muy florida de rosas y margaritas. Medio siglo después, las flores se han marchitado y lo que queda es la superficie áspera de cristal gastado y blanco. Cuando saqué el plato del lavavajillas, me quedé mirándolo como quien admira un vaso etrusco o un ánfora griega. Aquel plato andorrano había conocido el recio gazpacho de hígado que preparaba hace años mi suegra y las recetas de Arguiñano que cocina hoy, había asistido a telediarios que anunciaban los asesinatos de Kennedy y de Carrero Blanco, la muerte de Franco, la llegada de la democracia y ahora asistía a su enésima campaña electoral desde una mesa familiar.

Pero mi contemplación nostálgica del plato dejó de ser melancólica para teñirse de extrañeza sustanciada en una pregunta capital: «¿Cómo coñe se las arreglan las madres para seguir utilizando los mismos platos a lo largo de medio siglo?». Mi suegra, mi madre. Todas las madres, atesoran vajillas inglesas y de La Bisbal, platos de la 'Waterbach' cacereña y de La Cartuja sevillana, incluso vajillas modernas de Ikea regaladas por sus hijos con el fin de que jubilen de una vez los platos de duralex. Pero ellas no ceden. Prometen tirar los platos viejos, pero supongo que cuando lo van a hacer, se ponen a contemplarlos como quien contempla la foto de su vida y recuerdan el viaje a Andorra lleno de ilusiones, la cena de Nochebuena del 68, con toda la familia reunida estrenando la vajilla de rosas y margaritas, la satisfacción de haber comido en ellos guisos del recetario de Simone Ortega y del programa de Granero. Y nada, les puede la nostalgia y los vuelven a apilar en el estante de la vajilla y la cristalería de más uso.

Las madres son así: no tiran nada. Ahora están de moda los libros de autoayuda que aseguran que la felicidad solo llegará cuando vaciemos nuestros armarios y los dejemos solo con la ropa, la cubertería y la vajilla imprescindibles. Es más, mis hermanas amenazan a mi madre con vaciarle la cocina y dejarla reducida a los platos más modernos y a un par de sartenes y cacerolas. Entonces, mi madre pone el grito en el cielo y avisa de que en su cocina no se tira nada, es más prohíbe el paso a quien critique sus platos de duralex.

«Ya no se hacen platos así», razona mi suegra y al rato, pongo la mesa y saco uno de mis modernos platos partido a la mitad. Inexplicablemente, se había roto él solo, en el estante, sin que nadie lo tocara. Mientras saco la otra mitad y envuelvo las dos partes en papel para tirarlas a la basura, mi suegra no sonríe ni se venga vacilándome. Solo dice muy seria: «¿Ves?».

Pues sí, veo que el duralex se llamaba así con mucha propiedad porque el plato de las empanadillas, si se cae, rebota y mantiene su integridad desde los tiempos de Andorra. Si además llega a la mesa con unas empanadillas, entonces la inyección de nostalgia en vena es completa.

La empanadilla ya no está de moda, es una receta de cocina que no se usa. La han derrotado los volovanes y los brazos de gitano de salmón y queso brie, las empanadas de tres euros del Mercadona, las lasañas, los canelones y las quiches lorraine, pero ninguna de esas recetas tienen la gracia de una empanadilla tradicional rellena de atún y tomate por una suegra y comida en un viejo plato de Duralex (es marca, es con mayúscula).