Egos y calenturas

Egos y calenturas
TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Me fui en junio adelantando el temor de que en septiembre estaríamos en campaña electoral y quedan días para que se haga realidad. Ojalá, aunque sea por la campana, nos libremos del disparate que supone volver otra vez a las urnas, porque el electorado ya ha hablado. No soy ningún visionario y cada día sé menos de política, pero «por sus obras los conoceréis» y, a estas alturas, los perfiles de los líderes políticos están muy definidos. Pedro Sánchez, un ególatra, enamorado de sí mismo y que se quiere hasta el imposible, tiene una memoria larga para los agravios y es difícil que concilie un acuerdo con quien le negó un flotador cuando se estaba ahogando, pero parece que lo ha intentado. Lo parece.

Pablo Iglesias supo aglutinar en torno a Podemos a la supuesta izquierda de la izquierda, IU, separatistas, anticapitalistas, anarquistas… y se vio como el elegido para dar incluso el «sorpasso» a los socialistas por lo que, tras la negativa de «don Tancredo Cagalera», cuando Pedro Sánchez presentó su alternativa a la presidencia del Gobierno, con un tacticismo electoral vergonzante, le negó los votos de Podemos, garantizando así la continuidad del PP en el Gobierno.

Y, como quien hace un cesto hace ciento, Pablo Iglesias ha vuelto a negarle a Pedro Sánchez el auxilio que necesitaba para superar la investidura, menospreciando una vicepresidencia y varios ministerios, con la falacia de que son «menores». Con un coordinador como Pablo Iglesias, Podemos, o como quieran llamarle, entró en descomposición interna y lleva camino de la insignificancia, disolviéndose en su propio jugo, porque si de las partes surgió el todo de Podemos, ahora, del todo disgregado, resurgen las partes. Incluso los de IU están en fila para sacar billete de vuelta. A Pablo Iglesias se le está poniendo cara de enterrador y aunque sostenido por los carpinteros que hacen las cajas, es un yogur agrio y con la fecha de caducidad en la tapa. Encantado de haberle conocido, usted lo pase bien.

¿Y los otros? La nueva camada de políticos parece haber mamado de la misma teta y todos van sobrados de egos y calenturas. Rivera quiere ocupar tanto espacio que cualquier galaxia se le hace pequeña. Debió leer mal a Ortega y Gasset y donde este escribió «yo soy yo y mis circunstancias», el leyó «yo soy yo y todos los demás mis circunstancias». Está crecida la criatura y, como el otro, también aspira a un sorpasso que acabará poniéndole frente al espejo: «¡Jó, pero qué requetebonito soy!», exclamará cuando se vea. Hoy, aunque él vaya de orquesta sinfónica, es una «guitarra de mesón», que igual suena jota que petenera. Escaño arriba, escaño abajo, seguirá como tercera o cuarta fuerza, aunque se empeñe en ser el que más lejos mea.

¿Y Pablo Casado? Creo está demostrando temple y resistencia porque le ha tocado bailar con un PP feo y cojo, pero parece que se viste despacio y se atrinchera deprisa, aunque con su nuevo look yo no sé si es él o es el rey. Si consigue desprenderse de los lastres del pasado y de los fantasmones de púlpito que le quedan en municipios, provincias y comunidades, puede configurarse como relevo natural, porque después de las cantadas de los renovadores de «Barrio Sésamo», el bipartidismo vuelve como una solución viable. Mal que nos pese.

La política, como la propia vida, tiene más de cambio que de evolución y después de las riadas los ríos recuperan su curso, los murciélagos luchan por sus asentamientos y los elefantes reclaman sus sendas.