El dilema de siempre

AGUSTÍN VEGA CORTÉS

HACE poco más de dos siglos que el hombre descubrió que no existía un orden natural por el cual se tenían que regir las naciones y las comunidades. Que no era cierto que un Dios creador hubiera dispuesto que unos hombres nacíeran con la misión de dominar y otros con el destino de ser dominados. Y que aquellos que poseían el don natural de dirigir la vida de los demás podían vivir en medio de la abundancia y el lujo, mientras que la inmensa mayoría sobrevivía en la miseria.

Desde entonces, la tarea de ir ampliando los espacios de libertad, de justicia y de equidad ha protagonizado la historia de la humanidad. Detrás de todas las guerras, de todas las confrontaciones, de todos los conflictos sea cual sean su origen o su motivación aparente, subyace, de una forma o de otra, el afán de los hombres por una vida más plena. Otra cosa es que, con demasiada frecuencia, ese anhelo de superación sea manipulado, pervertido y degenerado por la avaricia y la depravación de las minorías dirigentes y por los caudillismos mesiánicos, que son capaces de hacer aflorar los peores instintos del ser humano impulsado por el odio a los otros.

En nuestros días seguimos atravesados por esa disyuntiva histórica que enfrenta al mundo entre la tendencia a la libertad y la democracia con todos sus significados, y el pensamiento integrista, autoritario, intolerante y dogmatico. Ambos sistemas viven en tensión permanente con sus propias contradicciones. La amenaza fundamental que pesa hoy en día sobre los regímenes despóticos es la fragilidad interna que este pensamiento tiene hoy entre muchos de los pueblos que están bajo su la opresión, y que, además, suelen, en la mayoría de los casos, sufrir las consecuencias del subdesarrollo, de la pobreza y de la corrupción e ineficacia de sus dirigentes. La combinación de la falta de libertad con la falta de medios para una vida digna, son el origen de la permanente precariedad en la que viven esos regímenes políticos. Pero ¿cuáles son las principales amenazas que sobrevuelan las democracias occidentales? La pérdida de credibilidad de sus instituciones, socavadas como están por el descrédito de sus minorías dirigentes, por su ambición de poder y su incapacidad para hacer de los Parlamentos un espacio me búsqueda de consensos y entendimientos y no un campo de batalla para representar la confrontación. Por esa frivolidad espantosa que ha convertido a los ciudadanos en consumidores y ante los cuales las propuestas políticas no buscan persuadir al pueblo por sus contenidos comprensibles y razonables, sino por su capacidad de seducción emocional a partir de estrategias publicitarias no diseñadas desde la política, sino desde el marketing mercantilista.

Es urgente que las sociedades democráticas combatan sus propias deficiencias. Fundamentalmente la demagogia, el populismo, el nacionalismo y la fragmentación por intereses corporativos artificiosamente sobrevalorados por la misma inercia política. Es necesario impulsar una ciudadanía participativa y poner cotos y límites legales que hagan imposible que las instituciones democráticas se conviertan en mecanismos de poder partidistas, desnaturalizando su función representativa.