Días oscuros

Me volví a horrorizar porque hubiera gente dispuesta a jugar con los buenos sentimientos de las personas decentes, aireando falsedades que inquietan

JESÚS GALAVÍS

HAY días oscuros, como cualquier oscuridad que uno quiera imaginarse. Días en que se te cruzan un par de circunstancias especialmente tristes o dolorosas y la poca o mucha luz que pudiera tener esa jornada, parece desvanecerse para dejar instalado en tu quehacer como un nubarrón de tormenta, grisáceo con tonos casi negros. Y ya todo se entristece.

A lo mejor piensan que exagero, pero a mí me ocurre a veces. Empezó ya por la mañana temprano, con el mensaje de un amigo que recogía un comunicado de alguien que denunciaba la inminente decapitación pública de una activista árabe, condenada por las autoridades dictatoriales de ese país. Y se quejaba del silencio cómplice de los medios de comunicación occidentales.

En un principio me horroricé por esa nueva muestra de crueldad que el mundo deparaba. Pero algo saltó en mi cerebro avisándome de una posible 'noticia falsa'. Efectivamente, ya en agosto del 2018 se publicó esta misma noticia que luego resultó ser una invención. De nuevo me volví a horrorizar porque hubiera gente dispuesta a jugar con los buenos sentimientos de las personas decentes, aireando estas falsedades que inquietan.

No pretendo aquí denunciar, una vez más, las 'fake news', que bastante se ha dicho y escrito sobre el asunto. Incluso con humor, como en el reciente artículo de Julián Leal aquí en HOY. De lo que quiero escribir es de esos días nefastos, oscuros, que desde la mañana se tuercen con una mala noticia y, luego, van entreverando otras con sucesos personales aciagos.

Tras el horror de la posible decapitación, vienen los 16 muertos de Kabul en atentado y le sigue la mujer acuchillada por su pareja en cualquier rincón de España. Al repunte del paro en agosto, se le superpone el saludo de un joven amigo que te dice que se va a Barcelona a probar suerte. La desolación del patio a medio levantar (el contratista, un sinvergüenza, se fue con el dinero que le dimos por adelantado) muestra la tela asfáltica requemada al sol oliendo a chapapote. Y te lleva a los incendios de la Amazonía a través de la radio de una vecina.

Y justamente ese día el médico te dice que el análisis está bien pero un poquito alta la glucosa. Nada comparado con todas estas tragedias, pero mi almita algo hipocondríaca se desazona aún más.

Días oscuros. Cada vez más abundantes. ¿Es porque el mundo va a peor? ¿Acaso soy yo, hipersensibilizado por la edad, que tiendo a exagerar, a magnificar lo que ya es casi rutinario?

Buscas alguna luz, metáfora obligada frente a la oscuridad, que te reconforte un poco. Y quiere la casualidad que, por la tarde, envíes una columna a una amiga solicitando que se publique.

Esa es la lucecita que buscabas, te dices esperanzado. Te aferras a ella y piensas que a lo mejor aparece, que a lo mejor alguien la lee, que a lo mejor le gusta y que a lo mejor le sirve para algo leerla.