Detrás de la playa

Detrás de la playa
EUGENIO FUENTES

Lo bueno de repetir cada verano vacaciones en un mismo lugar de la costa es que el mar te conoce y que las olas, al verte, se acercan a la orilla a saludarte y te preguntan con afecto cómo te encuentras, si ya eres libre y feliz. El mismo sol de siempre te saluda pestañeando sobre la superficie de la ría y los caminos y veredas se abren para que pases dentro.

Así que, con la llegada del verano, el viajero vuelve al rincón más verde de las Españas, a la costa de Galicia que conoce, una de cuyas ventajas es que las vacaciones no terminan en la playa. Cuando no acompaña el buen tiempo, cuando los bueyes del mistral amontonan las nubes en lo alto y el cielo se llena de hierro gris y un sol ausente no permite el baño, detrás de la playa quedan otros atractivos no menos gozosos, que no tienen otras zonas turísticas que concentran su interés únicamente en la primera línea de la arena.

De todas las geografías nacionales, ninguna es tan intrincada como las costas gallegas, en ninguna resulta tan difícil orientarse. El viajero va por una carretera y cuando espera encontrar un prado encuentra una cala, y cuando espera llegar al agua, llega a la montaña. Las rías que entran y salen de mar a tierra, los cabos que van de tierra a mar, llenos de revueltas y recodos, impiden la línea recta. Los cerros y montañas de alturas similares, sin un gran pico que sirva de referencia en cada zona, son menos simples de lo que parecen. La demografía y la configuración de pueblos y de aldeas, de casas repartidas por todas partes, obligan a trazar carreteras por todos lados y en todas direcciones, configurando un laberinto silvestre no siempre bien señalizado en el que es fácil perder la orientación. Por otro lado, cuando se va en coche, uno siempre está rodeado de un arbolado compacto y altísimo que dificulta la visión de cualquier perspectiva.

Una de esas tardes nubladas, este viajero abandona la orilla del mar y se adentra en tierra. En su trayecto, en primer lugar atraviesa Perbes, una de esas pequeñas aldeas gallegas en las que no hay ni un solo escaparte. Deja atrás la invasora casa fortaleza del difunto Manuel Fraga y, junto a una curva, encuentra la pared del cementerio, donde los grillos del atardecer rezan sus oraciones por los muertos. En su opinión, los pequeños cementerios gallegos son los más bellos de España.

Al terminar la aldea, las aceras desaparecen de pronto en mitad del bosque y la calle se convierte en un estrecho camino bien cuidado, resistente al asedio de la vegetación, que se zambulle en el medicinal aroma de los eucaliptos. Por un momento, al internarse por él en soledad y silencio, uno siente un asomo de inquietud, pero no hay motivo: ahora mismo, lo más peligroso en el campo gallego son las avispas velutinas, una especie invasora llegada de Asia que ya ha provocado algunas muertes.

Detrás de los trabajos marinos están los trabajos selvícolas y el bosque alterna con prados llenos de pasto, cebados por su amiga la lluvia. Un hombre siega con guadaña la hierba dócil de un cercado muy limpio, disputado con éxito a los helechos y a los tojos. A uno y otro lado se ven huertos con patatas, con todo tipo de hortalizas, con manzanos donde empiezan a incendiarse las manzanas. Sus hojas, al transpirar humedad, brillan lustrosas bajo la luz del sol, que hace que su verde parezca más claro. En cambio, las hojas de los sembrados del maíz parecen espadas medievales.

Aquí y allá se levantan algunas casas envidiables, con macizos de hortensias azules y rosadas, con rosales cuyas rosas se han pintado los labios y le sacan la lengua al viajero, con césped bien rasurado que alegra la vista y estimula un atávico deseo de revolcarse en su frescura, con paredes cubiertas por la poderosa hiedra, cuya amarga cabellera la brisa sacude suavemente.

Desperdigadas por todo el monte, a veces medio ocultas entre la fronda, se ven casas de todo tipo, modernas y antiguas, pues en Galicia el carácter y la cultura han centrifugado por todo el campo a la población, que huye de las apreturas de los pueblos andaluces y castellanos. En alguna tal vez habite una meiga, si es cierto lo que se dice, que no hay aldea gallega sin una de ellas. La leyenda también cuenta que en muchos de sus huertos se guardan enterradas ollas llenas de billetes.

Cae la tarde. A lo lejos suena de pronto el oscuro grito de un gallo despistado con el cambio climático. Oculto tras algún tronco, un mirlo responde en suajili al canto en japonés de las urracas. En la pedanía de al lado hay una fiesta y algunos cohetes lanzados al cielo estallan como botellas descorchadas que iniciaran el jolgorio y el baile, a los que responden los acordeones de la brisa en las flexibles copas de los pinos.

El viajero llega a la plaza festiva, se sienta ante una mesa de puntapié y una vez más comprueba la conocida idiosincrasia de los gallegos, que beben el café muy caliente en vaso, aunque les queme los dedos, y en taza el vino fresco.