(Des)contando las horas

Un restaurador cambia de hora los relojes de su tienda de Londres./
Un restaurador cambia de hora los relojes de su tienda de Londres.
JAVI MORENO

DICEN que pasamos el noventa por ciento de nuestra vida en interiores. 23 años durmiendo. Vivimos dos años haciendo cola y más de 300 días rellenando papeles. Malgastamos tres años esperando una llamada; una respuesta; o el turno en la frutería del barrio. Consumimos siete años consumiendo. Cuatro años al volante, tres meses en un atasco y dos años viajando en tren; catorce si eres extremeño/a.

Dedicamos dos años a hablar por teléfono, y un año y medio -aunque te pueda parecer poco- enviando mensajes de Whatsapp. Gastamos el quince y pico por ciento de nuestra vida fisgando las redes sociales, y aproximadamente una tercera parte asomados a una pantalla: seis años frente al ordenador, siete mirando el 'smartphone' y nueve delante de la tele; dos de ellos viendo anuncios.

Minuto a minuto, hora tras hora. Irremediablemente, las agujas del reloj nos van marcando su implacable paso. El de un tiempo que se nos gasta, y por eso es tan precioso. Justamente por esa trascendencia, no me explico cómo llegamos a hacer tan descuidado reparto. A cambio, nos han quedado apenas 15 minutos diarios para estar con la familia, y sólo destinamos 73 días de nuestra vida a hacer el amor. Seguro que os parecerá exagerado, pero hace unos días leí que, en toda la vida, sólo disfrutamos de 46 horas de completa felicidad. ¡46 horas! O lo que es lo mismo, que pasamos más tiempo a lo largo de nuestra existencia tratando de hacernos el nudo de la corbata, o cepillándonos los dientes, que siendo felices...

Movido -si no desconcertado- por tanto dato he calculado que, si mi vida fuera un partido de fútbol, hoy estaría jugando el minuto 36 del primer tiempo; buen momento para hacer cambios. Así que, además de ponerme las pilas con aquello que dicen del libro -y el hijo, no crean que me había olvidado- en esta hora mal contada que me queda -intentaré que no me expulsen- voy a procurar dedicar el tiempo necesario a romper mis propias estadísticas.

Levantarme de la silla en la que, según mis cálculos, llevo sentado siete años seguidos. Que me dé el aire. Recordar, cada vez que me cruce con alguien, que apenas dedicamos 8 días a saludar. Hablar menos y escuchar unos cuantos meses más. No sumar una sola lágrima a los 52 días que desaprovechamos llorando. Dejar de mirar el móvil por lo menos un año, y dedicarlo a mirarte -todavía más- a ti. Reír hasta llegar a triplicar el año y 274 días que lo hacemos de media. Robar semanas de besos a los casi cinco años que estaré esperando a alguien. Calmar la prisa a lo urgente, y dársela a lo importante; y tratar de ser feliz por el camino.

Nos pasamos seis días completos de nuestra vida mirando la hora. No se que pensarán ustedes, pero creo que ha llegado el momento de tirar el reloj.