La dehesa de Aceituna

Félix Barroso introduce su mano en el milenario depósito del Pozo Cubito, en Aceituna. :: E.R./
Félix Barroso introduce su mano en el milenario depósito del Pozo Cubito, en Aceituna. :: E.R.

Visitamos esta sorprendente extensión de robles

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Bajamos del coche y huele intensamente a manzanilla. Nos rodea la única dehesa boyal de robles que hay en Extremadura. 800 hectáreas de este árbol sagrado que solo crece en tierras húmedas. Estamos en Aceituna y nuestro guía es una de las personas que mejor conoce estas tierras de Granadilla: el profesor y educador social del Instituto de Montehermoso Félix Barroso, a quien todos saludan por estos campos y por estos pueblos. Paramos el coche junto a una charca y un pescador de tencas grita: «Barroso, andas por los caminos más insospechados».

Desde luego, porque insospechada es esta dehesa comunal o boyal de Aceituna. A unos kilómetros de aquí, la sierra de Las Cumbres marca la orografía y el clima: hacia Montehermoso, dos grados más de temperatura, hacia Aceituna, dos grados menos, más humedad y esta dehesa espectacular, desconocida y llena de potencial turístico y humano.

La dehesa de Aceituna se salvó de milagro de la desamortización y eso ha dado la vida a este pueblo de canchaleros, que así se llaman los de Aceituna, famosos en los contornos, explica Barroso, por ser los más trabajadores y los que más aguantan en las fiestas. La semana que viene, alrededor del 18 de julio, día de Santa Marina, se celebran las fiestas patronales de Aceituna, cuando hasta los canchaleros octogenarios aguantan de farra hasta el amanecer con los amigos y unos chatos de vino.

Pero decíamos que huele a manzanilla, que corre un airecillo reconfortante en un día de mucho calor y que Félix Barroso recuerda cómo en Aceituna, una especie de consejo de ancianos repartía cada año, por San Juan, las tierras de la dehesa entre los vecinos: una parte buena para sembrar trigo, una mediana para sembrar avena y la peor para el centeno. Además, estaba el reparto equitativo de una carga de leña gorda y de leña madura.

Hoy, en el robledal inmenso de Aceituna, la ganadería es la actividad económica fundamental, aunque no se puede desdeñar el atractivo de la pesca de la tenca en sus 14 charcas. Como curiosidad, es una de las pocas dehesas boyales extremeñas donde se permite la entrada de ovejas pues es sabido que este animal, en rebaños numerosos, es muy voraz y las dehesas han de ser tan ricas y particulares como esta de Aceituna para que resistan la presencia ovina. Esa singularidad viene dada por la presencia del roble, un árbol al que no ataca la seca, implacable con las encinas.

En la dehesa de Aceituna hay un Centro de Interpretación del Roble, que se puede visitar pidiendo la llave en el pueblo. Aunque su atractivo más fascinante son los restos prehistóricos. Olía a manzanilla en medio de la dehesa cuando bajamos del viejo todoterreno de Barroso, pero más allá del aroma de las flores, lo que llama nuestra atención es un conjunto de piedras gigantescas, una de las cuales parece partida por la mitad y da nombre al conjunto: la Piedra Escachá. Es un yacimiento del periodo achelense y Barroso nos muestra piedras trabajadas de hace 130.000 años. Aquí se guarecían pastores y ganado.

A un par de kilómetros de aquí, el Pozo Cubito nos deja estupefactos: es un depósito milenario de agua fresca dentro de un canchal. Por un agujero por donde cabe un brazo, se accede al agua y se bebe con una pajita de centeno. Lo podemos hacer hoy y mil años atrás. Al lado, un chigorzo o chifardo, antiguo cobijo de pastores. Y por doquier recuerdos de la vieja ciudad de Ébura, capital de los rugones, pastores y guerreros hurdanos, que fue incendiada en una guerra, dice la leyenda que quedó como una aceituna y fue sustituida por la capital canchalera: Aceituna.

 

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