El deber de la capitana Rackete

Muchos creemos que la solución a la inmigración ilegal no puede ser nunca dejar morir a quienes solicitan asilo. La capitana del 'Sea Watch' ha tenido claro que debía salvar a las 42 personas que su barco había recogido en alta mar. Esa era su misión

El deber de la capitana Rackete
IRENE SÁNCHEZ CARRÓN

En estos tiempos de dificultades que vivimos nos toca asistir como espectadores forzosos a las nuevas gestas que tienen lugar en nuestro viejo Mediterráneo, ese mar en el que tantas batallas se han librado y por cuyas aguas han navegado tantos héroes y tantos villanos. Ahora, en pleno siglo XXI, cada uno tenemos nuestro papel principal o secundario en la tragedia. A cada cual le toca decidir si actúa como héroe soñador o si se sube a las tablas como villano pragmático y cruel. También el auditorio de ciudadanos europeos se divide entre los que apoyan los rescates y quienes tienen claro que esas actuaciones agravan el problema de la inmigración ilegal. Entre el blanco y el negro de las opiniones rotundas se halla el gris de la indecisión, el no ver con claridad cuáles pueden ser las soluciones al espinoso problema que se nos plantea. En todo caso, muchos creemos que la solución no puede ser nunca dejar morir a quienes solicitan asilo.

La capitana Carola Rackete ha tenido claro que debía salvar a las 42 personas que su barco había recogido en alta mar. Esa era su misión. Ese era el destino que tenía que cumplir. Por eso, pese a las prohibiciones, ha desafiado las leyes y ha decidido violar las aguas territoriales italianas. Sabía que se enfrentaba a multas, a cárcel y al posible secuestro de su embarcación. Pero las multas se pagan, de la cárcel se acaba saliendo y habrá otras embarcaciones. Pero la vida… ¿Cuánto valen más de cuarenta vidas? ¿Cuánto vale una sola vida?

Matteo Salvini también ha asumido con determinación su papel de verdugo. No le ha temblado el pulso y su mensaje ha sido claro: Italia no puede seguir acogiendo a todas las personas del otro lado del Mediterráneo que huyen de sus países, sean cuales sean sus motivos. Él conoce bien su misión: proteger las fronteras de su país. Esa es la responsabilidad que se le ha encomendado como ministro del interior.

Las fronteras de Italia lo son también de la Unión Europea, pero Italia se queja de no recibir la ayuda suficiente de sus socios. Salvini puede mirar a los ojos al resto de países y acusarles de hipocresía, esa hipocresía de las buenas intenciones y del papel mojado de los acuerdos que nunca se materializan en la acción. Adicto a las redes sociales, el político italiano vierte sin complejos sus mensajes en el flujo de información: «He escrito personalmente al ministro holandés: estoy atónito por el desinterés que tienen por un barco que lleva su bandera, y que ha sido utilizado por una ONG alemana». Amigo de los tuits contundentes, apostilla: «¿La Unión Europea quiere resolver el problema del 'Sea Watch'? Fácil. Barco holandés, ONG alemana: la mitad de los inmigrantes a Ámsterdam, la otra a Berlín».

Bien sabe Salvini a quiénes está dirigiendo sus reproches. Los gobiernos de los países del primer mundo también asumen su papel en esta tragedia. Se trata de resistir, inhibirse y mirar para otro lado el tiempo que sea preciso. Las aguas del Mediterráneo bañan costas de países del sur europeo que no interesan. Ya se sabe, son los socios 'pigs' (Portugal, Italy, Greece, Spain) que tantos fondos estructurales están costando. Y al otro lado, el dichoso Mediterráneo baña territorios que interesan todavía menos. Pobreza, conflictos, necesidades de todo tipo. ¿Qué familia bien va a querer tratar con vecinos así?

Los políticos de los países ricos europeos calculan una estrategia que les permita mantener su representación parlamentaria en un panorama cada vez más fragmentado que obliga a las alianzas. El viento de los populismos azota fuerte y las concesiones en materia de inmigración y acogida pueden pasar factura en las urnas.

Matteo Salvini sabe que se dirige a Mark Rutte, primer ministro holandés, que lleva haciendo malabarismos desde 2010 para mantenerse en el poder a base de pactos a derecha e izquierda. En marzo de este año, además, se ha producido la irrupción en el parlamento de Foro para la Democracia, con 13 escaños. Su ideario incluye medidas como la salida de Europa, el cierre de fronteras a la inmigración y la potenciación de lo genuino holandés. Su líder, Thierry Baudet, de 36 años, se doctoró con una tesis acerca de las fronteras y se muestra absolutamente convencido de las amenazas que acarrea la multiculturalidad, frente a las bondades incuestionables de preservar la esencia cultural holandesa.

Matteo Salvini sabe dónde apunta cuando se dirige a Alemania. La política de apoyo a los refugiados de Angela Merkel ya sufrió el varapalo correspondiente en las urnas en 2016.

«La situación es desesperante, estamos en una situación de dificultad, sabemos lo que arriesgamos. Pero tengo que salvarlos». Escuchado las firmes declaraciones de la capitana Carola Rackete resuenan en la memoria los versos que Walt Whitman escribiera para el asesinado Abraham Lincoln: «¡Oh, Capitán, mi Capitán! Nuestro terrible viaje ha terminado. / El barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado. / El puerto está cerca, ya oigo las campanas, a la gente exultante / mientras sus ojos siguen la firme quilla, el velero adusto y valiente». De momento, estos 42 también están a salvo.