El cura y el gañán

Lo que causa perplejidad en la guía de Colau son las recomendaciones privadas. Se recomienda, por ejemplo, a quienes paseen por Barcelona que dejen de decir «que ten por el culo» y lo sustituyan por variantes como «vete a freír espárragos»

Sacerdote portando el Santo Sacramento./
Sacerdote portando el Santo Sacramento.
IRENE SÁNCHEZ CARRÓN

MUCHOS queremos apuntarnos el tanto de ser liberales, pero qué difícil es conseguirlo en la vida real. Esto lo sabe bien cualquier padre con hijos adolescentes y cualquier profesor en contacto constante con gente joven. Más de una vez hemos sentido la punzada del fracaso cuando hemos intentado que ellos nos percibieran como progres, de mente abierta, enrollados y hasta con un puntito guay del Paraguay, términos, la mayoría, que tienen ya un sospechoso tufillo a siglo pasado y nos delatan. Por eso, lo más que hemos conseguimos en la mayoría de las ocasiones han sido sonrisas condescendientes o miradas de hartazgo. «Mamá, déjalo ya». «Papá, ya vale. No seas ridículo». O lo aceptas o sigues haciendo el ridículo, tú verás.

Reflexiono sobre los muchos significados de la palabra «liberal» al hilo de un artículo de Javier Marías que anda circulando por las redes sociales y los grupos de wasap en los últimos días. Afirma el escritor y académico que la RAE es una de las instituciones más liberales en un país profundamente antiliberal, y no le falta razón. Lo dice a raíz de una guía, otra más, que ha publicado el Ayuntamiento de Ada Colau para dar directrices acerca de cómo deben expresarse los ciudadanos y las empresas u organismos que quieran algún trato con el consistorio. El documento lleva por título 'Guía de Comunicación Inclusiva para construir un mundo más igualitario'. En los últimos años instituciones varias han promovido documentos con directrices lingüísticas y el efecto de estas políticas ya se percibe en el lenguaje académico y formal. Uno de los problemas de estas directrices es que cambian con mucha rapidez, así que lo que hace no tanto nos parecía inclusivo, ahora ya no lo es.

Las directrices y recomendaciones son oportunas y necesarias en el terreno formal y académico y, en general, quienes trabajan en estos ámbitos suelen estar bien informados. Quizá las polémicas se producen cuando no se distingue entre la formalidad y la informalidad, entre el ámbito público y el privado, entre lo culto y lo coloquial, entre lo que digo en un informe y lo que digo en un grupo de amigos, entre lo que escribo en un trabajo fin de grado y lo que le digo al oído a mi pareja. La RAE es una institución liberal porque sí recoge todos los términos y describe los usos sin imponerlos: formal, coloquial, vulgar, etc.

La guía de Colau no causa perplejidad porque se recomiende a las empresas que quieran contratar con el consistorio barcelonés que no usen términos como «mongólico», «inválido» o «ciego». Ningún consistorio contrataría o debería contratar nada con ninguna empresa que se expresara formalmente con términos no inclusivos y menos aún irrespetuosos. Muchos nos rebelaríamos contra el ayuntamiento y la empresa que así lo hiciera. Lo que causa perplejidad en la guía de Colau son las recomendaciones privadas, y aquí comienzan las sorpresas y los despropósitos. Se recomienda, por ejemplo, a quienes paseen por Barcelona que dejen de decir «que ten por el culo» y lo sustituyan por variantes como «vete a freír espárragos». Se insta a dejar de decir «voy a comprar al chino» o «al paki», y se recomienda encarecidamente el uso genérico de «tienda» para estos establecimientos. Los comentarios jocosos no se han hecho esperar: «¡Pobres espárragos!»; «Mejor cocerlos. Freír no es sano»; «¿No podré ir a un italiano? Pues imagínate a un griego…»

Contaba mi padre con mucha gracia que en los años cincuenta llegó al pueblo un sacerdote que se marcó como propósito, entre otras cosas, educar lingüísticamente a los rudos lugareños. Su objetivo principal era evitar que se oyeran por las calles de Navaconcejo exabruptos irreverentes del tipo «me cago en Dios» o «me cago en la Virgen». Al parecer, frases como estas eran habituales en una localidad por otro lado católica, apostólica y romana. El cura explicó en los sermones que así no podían expresarse los católicos y que había que reprimir los prontos y pararse un momento a pensar lo que se decía antes de decirlo. Pero como el pobre cura vio que sus sermones no calaban y sus recomendaciones no se seguían, decidió imponer multas económicas a quienes insistieran en descuidar el lenguaje. Así que, si estaba en la casa cural con las ventanas abiertas y escuchaba las frases prohibidas, salía veloz y llamaba al pobre gañán: «Eh, tú, ven para acá. Esta tarde, cuando vuelvas del campo, me traes sin falta cinco duros».

La situación mejoró bastante, porque la gente no estaba por la labor de perder sus escasos dineros. Pero sucedió un día que a uno de los paisanos se le atascó el mulo en una zanja y no había manera de sacarlo. Por casualidad, el cura andaba cerca y se prestó a ayudar. «Mulo, vamos», «venga, mulo», decía el prudente agricultor, queriendo evitar posibles sanciones. «Mulo. Vamos, mulito». Ya llevaban así un rato y el mulo no se movía. Así que el hombre, agobiado, se volvió hacia al cura y le dijo: «Padre, luego le llevo diez duros, porque como no me cague dos veces en lo que usted sabe, el mulo no sale». El cura, que también estaba sudando con el esfuerzo, miró alrededor, vio que no pasaba nadie, y consintió: «Hijo, si no puede ser de otra forma, procede».