Cultura familiar y despoblación

La sociedad extremeña necesita una reformulación cerebral que limpie ese pasado de retraso endémico cultural y económico con el que nos autoflagelamos. Necesita concienciarse a sí misma de que existe potencial y capital humano para un desarrollo económico y cultural amplio si la población joven apuesta por sus pueblos

LUIS FERNANDO LÓPEZ SILVALicenciado en Pedagogía

Es evidente que la despoblación de nuestra tierra duele y preocupa a tiros y troyanos. La cantidad de debates abiertos en la sociedad respecto a esta materia así lo atestigua. Todo el mundo pone sus argumentos de por qué Extremadura se vacía cada año un poquito más. El que firma ha estado atento a casi todo lo que se publica sobre esta cuestión. Unos análisis son más acertados que otros según mi humilde opinión. No entraré aquí a discernir los que considero más o menos acertados, pues no es este el lugar, pero sí desearía aportar un nuevo punto de vista que he observado ausente en muchos de los ensayos dedicados al tema de la despoblación rural. Me refiero a una determinada cultura familiar anclada en lo más hondo del imaginario rural extremeño, consistente en la transmisión de valores negativos en torno a los pueblos. Una cultura familiar que se forjó en nuestra tierra a lo largo de todo el siglo XX y que tuvo su culmen en los años 50 y 60 cuando tantos extremeños tuvieron que emigrar en busca de oportunidades y recursos hacia las ciudades y países extranjeros. Esa sangría de población dejó un poso cultural de desaliento hacia nuestra tierra que penetró en las generaciones posteriores y aún en el presente sigue incrustado en el inconsciente del pueblo extremeño. Esa cultura se sigue transmitiendo de padres a hijos. Lo ilustro con un recuerdo: desde bien pequeñitos a los que somos de pueblo, de siempre se nos decía: ¡sed buenos estudiantes y marchaos del pueblo! ¡Aquí no hay futuro! Y qué decir de las aspiraciones de los hijos en la intimidad familiar: los mayores anhelos que los padres aguardaban para la prole eran que, cuanto antes con estudios o sin estudios, se colocaran en una buena empresa de alguna ciudad. De este modo, la sociedad extremeña, en su alto grado de conformismo, llegó a interiorizar y normalizar tanto este fenómeno, que tener un hijo en Madrid era orgullo de familia y daba hasta caché. Cuando la verdad es que este tipo de hechos eran y son un desastre social, un drama familiar y una historia más de desarraigo y desvinculación.

Este fenómeno cultural de la postración para con nuestra tierra se reproduce hoy día y ha llegado a convertirse en creencia firme, en dictamen de vida. Se nace, se crece y se pasa una juventud corta en el pueblo para después, de forma autómata, emigrar a otros lugares en busca de la realización profesional y personal. Por tanto, romper esta barrera mental y desterrar esa cultura familiar tan perniciosa es la tarea crucial a la que nos debemos los que en esta tierra aún quedamos si no queremos que, en un futuro no muy lejano, los extremeños no seamos más que una nota a pie de página de algún libro de historia.

No hay que engañar. Es evidente que la falta de oportunidades laborales es el mayor lastre al que se enfrenta la juventud de los pueblos. La ausencia de empresas que generen mano de obra, la dificultad de comenzar proyectos empresariales en zona rural debido a la exigua demanda de productos y servicios y la inestabilidad laboral son un grupo de hándicaps preocupante. Todo ello, unido a que más del 90% de los chavales que estudian ya no vuelven a su zona de origen porque, en muchos casos, su especialización académica no les permite poder trabajar en su querido pueblo o cercanías, con lo que un amplio capital humano formado en Extremadura es desaprovechado, ya que ofrece su talento y conocimientos en otras latitudes. Sin embargo, estas dificultades no han de servir de amedranto, sino que deben de servir de base para guiar las coordenadas del cambio.

La sociedad extremeña necesita una reformulación cerebral que limpie ese pasado de retraso endémico cultural y económico con el que nos autoflagelamos habitualmente. Necesita concienciarse a sí misma de que existe potencial y capital humano para un desarrollo económico y cultural amplio si la población joven apuesta por sus pueblos. Para este resurgir nos podemos acompañar de las tecnologías online, que están creando una nueva economía que da acceso a nuevos mercados y puede ofrecer servicios a nivel global desde cualquier ubicación. Y esto brinda un gran elenco de oportunidades a las zonas rurales. La política rural tiene aquí un gran trabajo que hacer, de concienciación y de acción, de implementar medidas valientes como eliminar las subvenciones improductivas y acomodaticias, apostando fuerte por la generación de tejido empresarial, por la innovación, por la formación humano-técnica y la investigación de nuevos yacimientos de negocio. Pero todo esto será imposible sin unas familias comprometidas con su tierra que transmitan a sus hijos valores positivos sobre la tierra que les vio nacer. En las familias se halla pues, la clave de bóveda para resolver parte del entramado destructivo al que se enfrenta la región extremeña con la despoblación.

 

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