Cuestión de pájaros

Cuestión de pájaros
SALVADOR CALVO MUÑOZ

Sí fue que en un lejanísimo día del pasado deambulaban dos amigos por los aledaños de Peña Celestina y abundaba su charla en los avatares que las aventuras románticas ocasionaban en sus equilibrios emocionales. Fumaban desde aquella atalaya sobre la vega del Tormes, cuando uno de ellos oteó a lo lejos y comentó: «Me parece que lo que allí vuela es un zopilote, ¿no crees?». «No creo», comentó el otro y añadió: «¿Qué pinta un zopilote en estos pagos?». La anécdota se difuminó al instante y ambos siguieron en su barzoneo por el dorado marco universitario; dale con «que no puedo olvidarla» o con lo de «de otro, será de otro, como antes de mis besos». Nonadas de juventud.

El caso es que uno de ellos no se olvidó del zopilote y años más tarde, en forma de novelita breve, redactó aquellos avatares socio-políticos-amorosos, en los que da cuenta de las andanzas de ambos amigos en sus inicios universitarios. Mírese por dónde la novelita con el título de 'El año del zopilote' fue publicada por la Editora Regional hace ya un par de décadas, o más, tal como corren los años desconsiderados, y no hace tanto 'El País Literario' hizo una segunda edición de la susodicha novelita.

Antes de seguir con este cuento real, aclararemos que el zopilote es una especie de buitre chico característico de países tropicales, y que por azar a uno de aquellos dos amigos le pareció ver uno, cosa improbable en el escenario al que nos referimos. Dicho esto, el zopilote siguió volando, el zopilote-novela se entiende, sobre todo para regocijo de los que en algunos años fueron universitarios salmantinos y ven reflejados en la obrita los escenarios por los que discurrieron sus años de estudios, que normalmente suelen ser inolvidables.

Bien, aujourd'hui, dicen los franceses, y los de aquí traducen «a día de hoy», con lo fácil que es decir sencillamente «hoy», Eso, hoy, pasaba un servidor por una acera de Norba Caesarina, cuando se fijó en el escaparate de una librería y se acercó a ver libros, que es inercia consecuente de una costumbre inveterada, y ¡oh, sorpresa! allí vio el revoloteo del zopilote. «¿Qué librería es esta?» se dijo. ¡Cáspita! Otro pájaro: 'El Pájaro Azul'. Entró servidor en el local y se maravilló de la amena concurrencia de motivos literarios por doquier y por ende de la presencia de dicha novelita.

Habló servidor con la dama que regenta local tan bello dedicado a los libros y volvió a maravillarse de que en dicho local se celebren tertulias literario-histórico-cinematográficas. ¡Albricias! No todo será la zafia realidad que nos ofrecen esos gaznápiros de tatuajes y ruido; esas catervas de zopencos iletrados enseñoreados de los mass media y esos productos huecos de aquella pérfida logse, que el cielo confunda.

Todavía hay templos, mínimos, humildes, pero templos sí, templos de cultura, en los que se ama el libro de papel, se comentan obras de esto y aquello, se habla de cine ¡qué grande es el cine!, el joven aprende gratuitamente y el veterano ofrece su sabiduría y su experiencia, que para eso las tiene, para compartirlas.

Quiso el azar que el zopilote, pájaro tropical, inspirase una breve historia y que servidor lo encontrase precisamente en otro pájaro 'El Pájaro Azul', librería de papel, ahora que las buenas nuevas dicen que de ninguna manera decae el mercado del libro de siempre, ante el aparente acoso al que está sometido por el otro, el libro virtual. A ver si es verdad y seguimos, por mucho tiempo (no nos queda tanto) disfrutando de los libros. En este caso, gracias a los pájaros.