La cruda realidad no admite fantasías

Si desde que nuestros trenes empezaron a quedarse empantanados en medio del campo hubieran puesto en la calle a algún directivo de Renfe, otro gallo nos cantaría

TERESIANO RODRÍGUEZ NÚÑEZPeriodista

Cabe suponer que el día que la moción de censura de Pedro Sánchez al gobierno de Rajoy salió adelante hubo alegría en el PSOE, aunque esta no alcanzaría –supongo yo– el calor y la satisfacción que debió producir en el autor de la faena y su mentor. Eso explicaría la prisa que se dió en mostrar el poder que acababa de lograr, exhibiendo los signos externos del mismo, llámese Palacio de la Moncloa, coche o avión presidencial, sobre todo esto último, en un periplo que le llevara a varios países americanos, incluido –lo más de lo más– Estados Unidos y hasta el mismísimo Donald Trump. Y Cuba en proyecto, aunque no esté Fidel Castro, que es quien ponía salsa a las visitas.

Claro que todo eso no pasa de ser flor de un día: porque más pronto que tarde acaba por imponerse la cruda realidad, que no es la de los países visitados, sino la de la propia casa. Y en esas anda actualmente Pedro Sánchez. Le faltó tiempo para nombrar nuevo gobierno, no sé si porque llevaba los nombres en la cabeza desde que asumió la presidencia del PSOE, se supone que dando por sentado que sus compañeros estaban limpios de toda mácula y fuera de toda sospecha. Olvidó que otros iban a poner el foco en rincones en los que él seguramente ni había reparado, comenzando por los de su propia casa, sin percatarse de que aunque allí no se amontone la basura, siempre habrá polvo que limpiar.

Hay otra cuestión que Pedro Sánchez no ha mencionado siquiera, pero que a juzgar por lo visto hasta ahora pareciera tener clara: lo suyo era continuar en la presidencia recién alcanzada hasta agotar la legislatura. Uno pensaba, igual que otros muchos ciudadanos, que una vez aprobada la moción de censura frente a Rajoy, lo urgente era normalizar la situación y, conseguido eso, convocar elecciones generales: así lo escribí en este mismo espacio. Sin embargo, no parece que a Pedro Sánchez y a su ¿socio? Pablo Igesias le hayan tan siquiera pasado por la cabeza semejantes ideas... al menos hasta ahora: más bien al contrario. Y la pregunta es obligada: ¿está el actual gobierno presidido por Pedro Sánchez en condiciones de hacer frente, por ejemplo, al desafío soberanista catalán? El empecinamiento de Quim Torras, seguidor al pie de la letra de los argumentos independentistas y el mantra del derecho a decidir heredado de Puigdemont, debieran ser razones sobradas para que Pedro Sánchez no se arrimara tan siquiera a semejante precipicio. Si para sobrevivir hasta completar la legislatura ha de contar con apoyos externos, especialmente si se trata de los independentistas catalanes... apaga y vámonos: porque siempre le van a exigir un precio que bajo ninguna circunstancia el podría estar dispuesto a pagar.

Por si todo eso no bastaba, las prisas en nombrar gobierno fueron tales que ni tiempo se tomó para analizar o buscar referencias de quién era cada uno de los que se le ocurrieron, si no es que ya los llevaba en la cabeza. Y más tardó él en nombrarlos que la oposición en sacarle a la luz «sus vergüenzas» a cuenta de sus titulaciones, con lo que tres hubieron de abandonar y él mismo resultar cuando menos cuestionado en relación con su tesis doctoral. Pero más allá y por encima de las cuestiones formales, están los hechos y las personas. Y hay dos que tienen no poca relevancia y a lo que se está viendo, parecen ser de los más próximos al poder. Me refiero a Zapatero y a Pablo Iglesias. El primero ya dejó pruebas de su clarividencia y de sus afectos políticos bolivarianos 'versión Maduro' en su etapa de presidente del Gobierno... y no parece que haya cambiado mucho; el segundo, Pablo Iglesias... pues eso, Pablo Iglesias: ya lo irá viendo Pedro Sánchez si se empeña en agotar la legislatura.

En estas estábamos, cuando nos sale otro problema que a buena parte de los españolitos de a pie les trae bastant al fresco: qué hacemos con los huesos de Franco. Vale que los saquen de la basílica del Valle de los Caídos, aunque no sea más que por estar enterrados en un lugar demasiado preeminente. Ahora bien, que se empeñen en hacer ruido si los sitúan en la cripta de la iglesia de la Almudena, donde familiares del general tienen enterramientos, ya son ganas de hacer ruido, como si con ello fueran a conseguir que alguien no descanse en paz ni muerto. En algún lugar de un evangelio está escrito «dejad que los muertos entierren a sus muertos». Pues eso.

Y como desde aquí no vamos a arreglar los problemas de España, no está de más que echemos una ojeada sobre los propios, donde también tiene competencias Pedro Sánchez... si no es que, ocupado en tareas de altos vuelos, hubiera delegado en Pablo Iglesias las cuestiones domésticas. Aunque sea un tema manido del que me he ocupado cien veces, tengo que referirme una vez más a las comunicaciones ferroviarias o reviento. Lo sucedido en las últimas semanas, coronado con la parada obligada de un tren Talgo Badajoz-Madrid ¡porque se quedó sin gasoil! ya es el colmo. Y no es un consuelo que hayan puesto en la calle a un par de empleados. Si desde que nuestros trenes empezaron a quedarse empantanados en medio del campo hubieran puesto en la calle a algún directivo de Renfe, otro gallo nos cantaría. Quedan ya perdidas en el tiempo las promesas de Felipe González cuando se preparaban «los fastos del 92», asegurando que en cuanto las obras del AVE Madrid-Sevilla llegaran a Brazatortas se iniciaría la construcción de un ramal de las mismas características Brazatortas-Badajoz. Han pasado casi treinta años y seguimos no como entonces, sino peor. A alguien se le tendría que haber caído ya la cara de vergüenza... si la tuviera, claro. Además, mientras todo se vaya arreglando con promesas... ¿por qué preocuparse?