¡Un cristalero en el avión!

Pasajeros del vuelo Madrid-Badajoz esperando ayer en el aeropuerto de Barajas. :: a.t./
Pasajeros del vuelo Madrid-Badajoz esperando ayer en el aeropuerto de Barajas. :: a.t.

El vuelo Madrid-Badajoz se retrasa 90 minutos por una raja en el cristal de la cabina

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Escribo esta crónica a bordo del vuelo IB-8338 de Madrid a Badajoz. En su fuselaje está escrito: Extremadura regala tiempo. Y sí, es verdad, esta región regala tiempo, pero Renfe e Iberia nos lo quitan. El avión ha salido con hora y media de retraso. ¿La causa? Una raja en el cristal de la cabina del piloto. El mal fario del tren empieza a extenderse a los aviones. El vuelo matinal del jueves Badajoz-Madrid salió tarde y de milagro por la niebla, el del viernes no pudo despegar y este de hoy lleva 90 minutos de retraso por una raja. El reactor va lleno, el avión se ha convertido en una opción razonable y empieza a convertirse en clamor la necesidad de un mecanismo que permita aterrizar y despegar con niebla en el aeropuerto pacense.

La pequeña odisea de la tarde-noche de ayer ha provocado más resignación que protestas, es lo natural en Extremadura, lo de aguantar lo llevamos en los genes. No protestamos por ser de los pocos destinos que necesitan aún de autobús para ir hasta el avión y tampoco vamos a montar un numerito por una raja de nada en la ventana del avión. Cuando llevábamos media hora sentados y ningún ruido nos animaba a pensar en un inminente despegue, el comandante nos ha informado, lo cual es de agradecer, del problema en la ventana de la cabina y nos ha prevenido: «Igual tenemos que cambiar de aparato».

A los diez minutos, tras ver a través de las ventanillas los movimientos de los 'cristaleros', el comandante ha vuelto a ser claro: «Lo sentimos, pero vamos a tener que viajar en el avión situado ahí enfrente». Así que hemos bajado las escalerillas, hemos cogido nuestro equipaje y hemos montado en el bus, pero en vez de llevarnos al avión de enfrente, ha habido cambio de planes y nos han regalado un tour por el aeropuerto para llevarnos de nuevo a la terminal.

«Tomen un café si quieren, pero no se alejen mucho porque avisaremos por megafonía», nos ha propuesto la encargada de la puerta de embarque. «¿Un café gratis?», hemos preguntado, porque sabemos por las películas que en estos casos te dan de beber y de comer para que la espera sea más agradable. Pero no, por una raja y yendo a Extremadura, el protocolo no estipula ni agua.

Y allí hemos esperado: una señora protestó en el mostrador de Iberia, pero ni caso, otros bostezábamos y todos nos consolábamos pensando que más desgracia tienen los del tren, tirados en medio del campo, y que mucho peor hubiera sido que no hubieran visto la raja y hubiéramos acabado tirados en medio del cielo. Alguno proponía que si los trenes extremeños van a llevar un mecánico, los aviones deberían tener un cristalero. Al fin, dos horas después del primer embarque, ha llegado el segundo. De nuevo la desasosegante operación de llevar en la mano la maleta, el billete y el DNI, bajar por escaleras no mecánicas, montar en el bus... En fin, como en Atocha Cercanías, pero en Barajas Cercanías. La anécdota, como hemos embarcado por una puerta donde ponía Logroño, la encargada ha bajado al bus a preguntar si había algún pasajero a La Rioja que hubiera montado por error.

De nuevo de ruta por el aeropuerto y, ¡oh sorpresa!, nos han llevado al mismo avioncino, el que llevaba pintado en el fuselaje lo de 'Extremadura regala tiempo'. La señora que recoge las maletas nos cuenta que el avión de enfrente tenía mil kilos de combustible de más y que quitárselo llevaba hora y media, así que han preferido que los cristaleros se esmeraran. Y despegamos.

El comandante ha pedido perdón y ha prometido volar deprisa para tardar 34 minutos en vez de 44, la azafata ha hecho publicidad de Monfragüe con desgana y ahora vamos dando tumbos entre las nubes porque hace mala noche y estamos a punto aterrizar. Nos han quitado tiempo y no nos han dado ni un café. Pero nos resignaremos. ¡Qué le vamos a hacer!