El Corralito del Wanda

Así se veía en televisión a la afición extremeña en lo alto del Wanda Metropolitano. :: A.T.

El Extremadura UD nos enseña que frente a la resignación, rebelión

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El Corralito se ha convertido en un símbolo del trato que nos dan a los extremeños cuando salimos de nuestra tierra. Se pueden llenar la boca de promesas, solidaridad y comprensión por ser los últimos de la fila en todo lo tangible, o sea, económico, y los primeros en lo intangible y opinable: felicidad, bienestar natural, hospitalidad y todas esas cosas que no dan de comer, pero lo que queda a la hora de la verdad es el Corralito como síntoma de un 'apartheid' que empieza a ser doloroso.

La semana pasada les contaba cómo hemos de esperar el tren los extremeños en Atocha: un Corralito agobiante y oscuro donde pasamos frío o calor y donde miramos con envidia a los viajeros de la España Veloz, que aguardan sus trenes de alta velocidad o de buenas prestaciones en cómodos sillones, rodeados de cafeterías y atenciones.

Hoy nos vamos a alejar de la estación unos kilómetros hacia el noreste, más allá de los barrios de San Blas y Canillejas, para llegar al estadio Wanda Metropolitano, donde juegan el Atlético de Madrid y, circunstancialmente, el Rayo Majadahonda. En ese estadio disputó su partido de liga de Segunda División el Extremadura, convertido desde hace años en referencia futbolística de la región en el resto de España.

La pasión que levanta el Extremadura en Almendralejo y comarca y la magnificencia del escenario animaron a cerca de 2.000 extremeños a acudir al partido, pero se encontraron con que los colocaban en lo más alto del estadio, con mala visión y en un lugar desde el que mucho había que gritar para que sus voces de ánimo llegaran hasta sus jugadores.

Para más inri, el pasado 27 de agosto, el Mallorca había vencido 0-1 al Majadahonda en el Wanda, pero sus aficionados habían disfrutado del encuentro cerca del césped, en una ubicación lógica, cómoda y con muy buena visión. Llamaba la atención que, en un estadio capaz de albergar a 67.703 espectadores, dejaran vacíos más de 62.000 asientos (asistieron al partido 5.322 personas), sentaran a 3.000 majariegos al borde del campo y mandaran a los cerca de 2.000 almendralejenses al Corralito de gallinero.

La reacción de Manuel Franganillo, presidente del Extremadura, y de su directiva nos ha enseñado cómo debemos actuar los extremeños cada vez que nos manden a un Corralito: no resignarnos, rebelarnos, no ir a la comida de hermandad de las directivas y no acudir al palco.

El Atlético de Madrid reaccionó reubicando a la afición de Almendralejo, pero la foto, tomada del televisor durante la retransmisión del partido, muestra que, pese a la buena voluntad atlética, la grada extremeña no dejaba de ser un gallinero. Fíjense que están en un fondo, en lo más alto, con cuatro inmensos graderíos por debajo sin un solo espectador y con el 92.14% del estadio completamente vacío. La protesta surtió efecto pues el realizador de televisión, en los tiempos muertos, enfocaba la grada del Extremadura para mostrar la sinrazón de su ubicación, también se fijaba en el presidente, convertido en el héroe de la no resignación de Extremadura ante el Corralito.

Para completar la jugada, el Extremadura no solo venció, sino que goleó. Parecía como si después de cinco jornadas jugando magníficamente (únicamente no compitió de igual a igual en Oviedo, donde, cosas del fútbol, empató) y tuteando a los grandes, pero perdiendo por detalles arbitrales que olían a menosprecio y Corralito, el golpe en la mesa se hubiera trasladado al equipo, que fue tan contundente como su directiva. Moraleja: cada vez que nos encierren en un Corralito, rebelión en lugar de resignación.

 

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